
—Le afané las llaves del auto a mi viejo.
Marcela tiene sesenta años y no hay picardía en su mirada, apenas tristeza. “Ya no sé qué hace —me dice—, imposible que se deje cuidar”. Su papá tiene casi noventa y es parte de la primera ola de la nueva longevidad que no solo quiere vivir más, sino también mejor. Madres octogenarias en aplicaciones de citas, de viaje en un crucero con un desconocido, o en Tilcara con sus amigas. Madres que se niegan absolutamente a convivir con una cuidadora.
“No hay ninguna posibilidad, ¿se entiende? Hace años que decidí que no iba a convivir más con un tipo, mirá si me van a meter a una mina. La casa es mía, el silencio y el desorden son míos”, dice Marta. Todas la amamos y estallamos en carcajadas, hasta que comprendemos la desolación de nuestra amiga, que teme que le pase algo a la noche cuando está sola. “Ya no puede, chicas, ya no puede”.
Madres y padres decididos a vivir su autonomía. ¿Alguien piensa en esos hijos?
La nueva longevidad llegó cuando todavía no existen los espacios ni los recursos para vivir esa nueva vejez activa, potente (¡y larguísima!). No hay manuales ni sistemas de cuidado.
La Generación X tiene que inventar cómo cuidar a los boomers mientras piensa en su propia vejez, que ya está comenzando.
Crecimos con llaves al cuello, entre padres ocupados, madres decididas y televisores encendidos. Ahora nos toca cuidar a esos mismos padres, los indestructibles, que todavía opinan fuerte y no aceptan que necesitan ayuda. “No soy viejo, solo estoy cansado”, dicen, como Homero Simpson cuando se duerme en medio del trabajo. Mientras tanto, nosotras googleamos “síntomas de demencia” en secreto. Y pensamos, como Lisa, al mirarnos al espejo: “No estoy envejeciendo, me estoy poniendo interesante”.
La nueva longevidad llegó con fuerza, pero los modelos de cuidado siguen anclados en una idea de vejez pasiva, frágil, casi infantilizada. El modelo familiar —pensado para una etapa final corta y dependiente— no sabe qué hacer con esta generación de personas mayores activas, autónomas, deseantes, que no quieren ni jubilación emocional ni encierro asistencial.

Mientras la ciencia habla de healthspan y del alargamiento de la vida saludable, las estructuras de cuidado siguen ofreciendo respuestas del siglo pasado: geriátricos, cuidados domiciliarios paternalistas o soluciones que presuponen inmovilidad. Joseph Rose se preguntaba hace ya muchos años en The Longevity Revolution por qué alguien podía suponer que la generación que había inventado el rock, luchado contra la guerra de Vietnam y masificado la píldora y la minifalda iba a dejar pasivamente que la encerraran en una casa de retiro cuando llegara a vieja. Y tenía razón.
Pero la autopercepción de la vejez para quienes la transitan cambió mucho más drásticamente que la percepción social y los modelos públicos o privados que deberían acompañarla. Los cuidados hoy necesitan transformarse en redes colaborativas, adaptadas a personas que hacen yoga, usan apps, aman, viajan, trabajan, militan y, a veces, también necesitan ayuda. No se trata solo de sumar años, sino de inventar nuevas formas de estar acompañados sin perder libertad.
Cuidar ya no puede ser sinónimo de controlar. Hoy, cuidar es ofrecer herramientas para seguir eligiendo. Cuidar, como dice Michael Douglas en The Kominsky Method, “es amarle, incluso cuando te dan ganas de matarlo”.
La psicoanalista Laura Gutman lo sintetiza así: “La autonomía no se negocia”. Esa es la nueva consigna. Y en ese no-negocio estamos todos atrapados: hijos que organizan turnos médicos, padres que escapan del control como si fuera un campo minado, y una sociedad que todavía cree que envejecer es lo mismo que retirarse.
Una autonomía que tiene sus riesgos. Evelyn sorprendió a todos en el almuerzo familiar del domingo: “Tengo novio”. Unas semanas después, sus hijos tuvieron que rescatarla cuando ya estaba a punto de entregarle a ese recién llegado todos sus ahorros.
La neuropsicóloga Lynda Gratton escribió que “la longevidad trae consigo una paradoja: más tiempo para vivir, pero menos estructuras que sostengan esa vida extendida”. Y ahí está el punto. Nuestros viejos viven más, pero las redes de cuidado siguen atadas a un modelo de abuelo en pantuflas, esperando la novela. Y, en lo posible, de la mano de la abuela. O cuidando a los nietos. Cuando ya no pueden más, al geriátrico.
Hace poco, en una reunión de amigas, una dijo: “Mi mamá se fracturó, la fuimos a cuidar y nos terminó haciendo las compras a todos”. Claro. La idea de fragilidad no les cuadra. Y no es solo negación: es identidad. Nadie les enseñó a envejecer siendo activos. Tampoco a nosotros nos enseñaron a cuidar sin invadir.

Tal vez por eso los nuevos modelos de cohousing y redes de cuidado compartido suenan tan bien. Porque proponen otra cosa: no tutelar, sino acompañar. No reemplazar, sino estar.
Mientras tanto, seguimos bailando este lento con nuestros padres. Un poco queriendo protegerlos, un poco rogando que no se caigan, un poco necesitando que nos digan qué hacer con nuestras propias vidas. Porque, seamos sinceras, todavía hay días en los que desearíamos que mamá nos peine la raya al costado y nos diga que todo va a estar bien.
Y ojo, que nos entendemos. La nueva longevidad dice que podés llegar a los noventa con ganas de hacer pádel, viajar a Islandia y tener Tinder Gold. Pero el cuerpo, la memoria y el sistema de salud no siempre acompañan. Y ahí estamos nosotras, gestionando el dilema: ¿cómo se cuida a alguien que no quiere ser cuidado? ¿Cómo vamos a querer nosotras ser cuidadas?
Porque, la verdad, eso es lo que estamos disputando. Aunque nos neguemos a decirlo, incluso a pensarlo, sabemos que por más yoga, pilates y alimentación saludable, en algún momento alguien va a decir: “Ya no puede vivir sola”. Y queremos estar preparadas para ese momento.
Ahí es donde se cerrará el círculo de la revolución de la filiación, que es tal vez el fenómeno más desafiante de las últimas décadas. Fuimos la primera generación que crio a sus hijos e hijas en libertad, sin sentido de propiedad, respetando su autonomía y sus derechos. Y seremos la primera generación que transite su vejez reclamando y construyendo lo mismo para sí.
Empezar a pensar desde ahora en el cohousing para vivir con amigas, en los cuidados comunitarios, en la red, en los lazos, como alternativa a los modelos tradicionales, es parte de esa conversación. Espacios para estar activas y disfrutar del ocio. Pero, en el medio, todavía tenemos que cuidar a nuestros padres con esa filosofía, aunque sin esos recursos.
Somos la generación sándwich, claro. Hijas de boomers, madres de centennials, y con un grupo de WhatsApp lleno de memes de osteopenia. Nos toca cuidar a padres que aún cocinan y se indignan con la política. Padres que no quieren bastones, ni rampas, ni “esa mierda de pastillas para la presión”. Padres que se niegan a dejar el volante, aunque confunden la bocina con el limpiaparabrisas. A los que hay que robarles la llave, como hace mi amiga Marcela.
Y lo peor es que nos parece bien, porque queremos que todo eso y todavía más nos pase a nosotras.
Que si vamos a vivir cien años, no podemos pasarnos los últimos treinta encerradas y aburridas.
*La autora es periodista, escritora y autora del libro “La Revolución de las Viejas”
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