
Después de diez años en pareja -con muchas sospechas atravesadas, intuiciones que dolían más por no tener nombre que por lo que insinuaban-, finalmente hace dos años él se lo reconoció: le había sido infiel.
Desde entonces, me cuenta ella, dejó de amarlo. Sin embargo, nunca se lo dijo. Pelean, discuten, ella cada tanto saca las uñas y acusa, amenaza, pero jamás le confesó que ya no lo ama. Dice que no quiere herirlo, que esa es una verdad demasiado dolorosa para ponerla en palabras. Que no quiere hacerle el mismo daño que él le hizo a ella.
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Pero entonces uno empieza a preguntarse si eso es cuidado o castigo. Si ese silencio, que parece proteger, en realidad no encierra una venganza disfrazada. Porque hay formas de castigar que no necesitan gritos. A veces la herida más profunda no se hace con palabras duras, sino con una indiferencia sostenida, con el vacío disfrazado de compañía.
Historias como esta me hacen pensar: ¿es la infidelidad una razón suficiente para dejar de amar? ¿O puede ser una de esas pruebas inevitables que, si se atraviesan con honestidad y trabajo, incluso pueden fortalecer el vínculo?
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La infidelidad toca fibras primarias: la herida narcisista, la humillación, el miedo al abandono. Y duele. Duele profundo. Pero el amor real, el que madura, no siempre muere con una traición. A veces sobrevive, se transforma, se reconstruye. Y otras veces ya estaba muerto antes.
Porque lo que termina de romper no siempre es el acto en sí. A menudo, el amor se va deshilachando mucho antes: en los silencios incómodos, en las miradas que ya no se buscan, en las distancias que se instalan mientras se sigue compartiendo la cama. La infidelidad llega como un desenlace, no como la causa.
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Ella dice que no puede decirle que dejó de amarlo desde que escuchó su confesión. Como si el silencio fuera una forma de cuidado. Pero… ¿a quién cuida realmente cuando calla? ¿A él… o a ella misma? Callar puede ser una forma de evitar el dolor inmediato, sí. Pero también puede convertirse en un modo sutil de prolongarlo. Para ambos.
Y él, ¿por qué se queda? ¿Se queda por amor o por culpa? Porque siente que debe compensar. Porque no tiene el coraje de enfrentar lo que ya no existe. O porque de verdad la ama pero no sabe cómo reparar lo que parece irreparable.
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Cuando hay una infidelidad reconocida pero no elaborada, la pareja suele entrar en una zona gris. Se instala un pacto silencioso: uno se siente en deuda y el otro administra la condena. Se crea una especie de equilibrio tóxico donde ninguno habla del verdadero problema, pero ambos pagan su precio.
Y así, el vínculo deja de ser un espacio de encuentro y se transforma en un escenario de roles fijos: uno es el culpable, el otro la víctima. Uno hace penitencia, el otro retiene el poder. Pero el amor —el de verdad— no se sostiene en esas asimetrías. Porque no se puede amar a quien se le debe. Ni ser amado por quien se considera superior.
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Decir no siempre destruye. A veces, decir es lo único que puede salvar. Salvarse. Salvar al otro. Salvar la dignidad de ambos. Porque quedarse en una relación donde ya no hay amor es, muchas veces, más cruel que irse.
Y entonces la pregunta verdadera no es si la infidelidad es motivo para dejar de amar. La pregunta es: ¿qué hacemos con la verdad cuando llega? ¿La usamos para cerrar lo que ya no es… o como una oportunidad para reencender lo que todavía podría ser?
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¿Y vos qué harías?
* Juan Tonelli es speaker y escritor. El texto es parte del libro “Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar”. www.youtube.com/juantonelli
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