
La Argentina tiene paradojas que suelen ser inexplicables. Hace pocos días se conoció la buena noticia de que el dueño de “Almacén y Bar Lavalle”, ubicado en Lavalle 1693 esquina Rodríiguez Peña, Ciudad de Buenos Aires, descubrió una placa en el frente del local para recordar que en ese solar nació y se crió el gran artista plástico Florencio Molina Campos, de cuyas pinturas gauchescas se inspiró nada menos que Walt Disney.

En otra de las paredes de su exterior, el año pasado la Legislatura de la Ciudad le rindió homenaje con otra placa.
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Sin embargo, casi en simultáneo con ambos recordatorios, la Municipalidad de Vicente López autorizó la demolición total de la casa donde vivió por varios años ubicada en la calle Gaspar Campos 226.

Allí residió el artista desde fines de los años 40 hasta la primera mitad de los 50 (en la guía telefónica de 1955 figura su nombre y dirección con el teléfono 791-7037) cuando ya se encontraba en su apogeo y eran un suceso editorial y social los famosos “Almanaques Alpargatas” con sus caricaturas de paisajes y personajes gauchescos inconfundibles.
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Ya no queda nada de aquel chalet donde imaginó parte de una producción que fue reconocida y admirada en el extranjero. “Cuando vivió en Vicente López eran tiempos en los que iba mucho a Estados Unidos donde había sido contratado y Gaspar Campos fue su domicilio en Buenos Aires, más allá de su rancho Los estribos de Moreno”, cuenta su único nieto, Gonzalo Giménez Molina.

Muy probablemente los funcionarios municipales desconozcan que allí vivió el gran pintor quien, además, compartió vecindad y medianera con puerta con otro gran artista plástico nacional como fue Cesáreo Bernaldo de Quirós. Ambos lugares forman parte de los circuitos turísticos locales. Cuenta Valeria Torres Román, integrante de la entidad Centro de Guías de Turismo de Vicente López, que “Molina Campos y Quirós fueron muy amigos, incluso fue Bernaldo quien lo convenció para que se mudase a Vicente López donde él ya vivía en lo que fueron las cabañas de la quinta Bosch, una casa con un gran jardín.
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Florencio fue un personaje único y muy divertido. En 1947 con un grupo de amigos funda en Vicente López una sociedad privada, mitad en broma y mitad en serio, que se llamó SEMOS, sus siglas eran Societarios, Entusiastas, Mutualistas, Oscurantistas y Sofisticados. Además de Quiroz lo integraban otros referentes de la época como Emilio Lazcano Tegui, el brigadier Angel María Zuluaga, José P. Barreiro, Eduardo Calcaño, Nicolás Coronado, Oliverio Girondo y Nerio Rojas”.

La municipalidad suele manejarse con fríos expedientes o prolijos diseños digitales que nada cuentan de la historia de los lugares sobre los que decide. Por eso vale que sus funcionarios sepan que Vicente López tuvo de vecino a quien fue uno de los más importantes y populares artistas argentinos del siglo pasado ampliamente reconocido por sus representaciones humorísticas y costumbristas de la vida rural y de los gauchos.
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Molina Campos tuvo un estilo único, combinaba el humor con una mirada entrañable sobre la vida del campo a través de personajes típicos como los gauchos, paisanos, caballos y escenas rurales con expresiones exageradas y simpáticas. Como técnica usaba temperas, acuarelas y óleos, con trazos simples pero expresivos y muy coloridos. Sus obras son alegres, de colores vivos y composiciones dinámicas. Con 18 millones de almanaques de 12 hojas cada uno de los que se imprimieron dos ediciones, los “Almanaques Alpargatas” lo hicieron muy popular en todo el país y hoy son amados y buscados por coleccionistas.

En 1942, Disney había contratado a Molina Campos como asesor de su equipo de dibujantes luego de que, por directiva de Roosevelt-Rockefeller y llevando a cabo la campaña de “Buenos Vecinos”, viajó a Sudamérica con su equipo de profesionales que estuvieron en Bariloche y Mendoza. En la famosa película Bambi se nota con claridad la influencia de las pinturas del artista argentino y de sus recomendaciones.
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La primera exposición de Molina Campos fue en la Sociedad Rural Argentina en 1926, a instancias de sus amigos y aprovechando que sus antepasados eran socios fundadores y él había sido empleado y en ese entonces socio. Marcelo Torcuato de Alvear, el presidente de la República Argentina de esa época, lo nombró profesor de arte del Colegio Nacional Nicolás Avellaneda después de presenciar la exposición. Entre 1928 y 1930 publicó en el diario La Razón la serie Picapiedras criollos. Y fue el 14 de marzo de 1930 cuando el ingeniero Luis Pastorino en Alpargatas S. A. desarrolla la confección del almanaque del año 1931, que consistió en doce obras gauchescas con una visión idealizada y costumbrista, las cuales tuvieron una gran difusión.

Años después, en 1937, tras obtener una beca de la Comisión Nacional de Cultura, viaja a Estados Unidos donde realiza una exposición en el English Book Shop de Nueva York. En 1946 edita “Vida gaucha”, libro de texto para estudiantes de español en Estados Unidos; y en 1950 gana el Premio Clarín, Medalla de Oro del V Salón de Dibujantes Argentinos, tiempos en los que vivía en Vicente López. En 1956 actuó en el cortometraje “Pampa mansa”, que fue presentado en el Festival de Berlín, con la presencia de Molina Campos. Falleció dos años más tarde a los 68 años.
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Molina Campos fue un agudo observador de la realidad y tenía una memoria fotográfica única. En sus dibujos siempre retrató a sus contemporáneos, dibujó a los paisanos como él los veía. Aportó una mirada social positiva de ellos dándoles protagonismo a una mayoritaria y enorme fracción de la población rural que hasta ese momento no era visibilizada en sus hábitos, tareas, juegos y costumbres. En sus pinturas aparecen detalles casi insignificantes, pero que en conjunto transmiten una valoración positiva del habitante del interior del país, del campo argentino, con una inigualable forma de expresarlo. De ahí una popularidad que perdura hasta este presente.

Probablemente desde la ventana de ese primer piso de su casa de Gaspar Campos se haya inspirado para sus trabajos al mirar los vestigios de una zona caracterizada por quintas y grandes espacios verdes con casonas. Y con ese ombú gigante de 500 años que la calle debía esquivar a escasos 15 metros de donde vivió, y que la misma municipalidad derribó sin piedad y con mucha impericia en 2018.
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¿Qué hacer con ese pasado que atañe a la historia e identidad del barrio, la ciudad y el país? En principio, conocerlo porque no se puede amar y cuidar aquello que se desconoce.
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