Jamás hubiera soportado el dolor de ver partir a sus hijos. Por eso se fue antes. Exactamente, el 25 de junio de 2015. Don Diego “Chitoro” Maradona murió a los 87 años. El 19 de noviembre de 2011 había perdido a su compañera, Doña Tota. Y con ella se había ido también parte de su vida. Pero a él todavía le quedaban algunas cosas por hacer. Sobre todo, en relación a sus nietos.
Había nacido el 12 de noviembre de 1927 en Esquina, un municipio ubicado al sudoeste de Corrientes. Su padre, Saturnino, era hijo de Victorina, una madre soltera que lavaba ropa de otros para darle de comer a él y a su hermano, en una época en la que era muy mal visto que una mujer no contara con un esposo a su lado. De ella heredó el apellido Maradona, que en caso de que algún hombre se hubiera hecho cargo de su paternidad podría haber sido cualquier otro. Pero no.
La madre de Don Diego, en tanto, fue Lucía, la anteúltima hija del matrimonio correntino compuesto por Zoilo Vallejo y Ángeles Martínez. La mujer, criada en un hogar humilde, tampoco había recibido educación formal. Así que, una vez que se casó con Saturnino, se esforzaron trabajando en el campo para poder mantener a sus tres hijos: Julían Elías, Rosa y Chitoro.

Fue también en esa tierra mesopotámica que Don Diego se econtró con su gran amor: Dalma Salvadora Franco, a quien años más tarde el mundo entero conocería como Doña Tota. Por aquel entonces, él se dedicaba a transportar pasajeros en una lancha para ganarse la vida. Pero de a poco fueron llegando los hijos y las necesidades económicas los llevaron a hacer las valijas para desembarcar en Buenos Aires, buscando un futuro mejor para la familia.
Corría el año 1955 cuando Chitoro y su esposa se instalaron en Villa Fiorito donde, con mucho sacrificio, lograron criar a sus ocho hijos: Ana María, Rita (“Kitty”), Elsa (“Lili”), María Rosa (“Mary”), Diego (“Pelusa”), Raúl (“Lalo”), Hugo (“Turco”) y Claudia (“Cali”). No imaginaban que el cuarto de sus descendientes se convertiría en un astro del fútbol a nivel mundial. Y que algún día los sacaría de la pobreza. Sin embargo, hicieron todo lo que estuvo a su alcance —y más también— para que él tuviera la posibilidad de desarrollar su talento.
“Como me siento orgulloso de mi mamá, que decía que le dolía el estómago todas las noches para que nosotros pudiéramos comer, también me siento orgulloso de mi papá, quien siempre me llevó a entrenar, pese a todas las dificultades del mundo. Había veces que tenía que ir a pedir plata para poder pagarme el colectivo para que yo pudiera entrenarme. La vida del futbolista no es fácil, lo único que cuenta es la familia”, reflexionó el Diez en una oportunidad.

No fueron tiempos fáciles. Don Diego partía todos los días de madrugada a trabajar a la fábrica de molienda de huesos Tritumol, donde ganaba apenas lo justo y necesario para sobrevivir. Y era cierto que, con tal de que la olla de comida alcanzara para sus hijos, su esposa fingía sentirse mal y se iba a dormir si probar bocado. Algo que Maradona recién advirtió al llegar a la adolescencia. “A los 13 años me di cuenta que mi vieja nunca había sufrido del estómago. Nunca tuvo dolor, siempre quiso que comiéramos nosotros”, contó.
La ilusión de que Pelusa, que se destacaba de entre sus compañeros, pudiera jugar en Primera División de Argentinos Juniors, hizo que en 1976 Chitoro se trasladara con su familia a La Paternal. Allí comenzó otra historia. Porque, desde el primer momento en que comenzó a desarrollarse como futbolista profesional, Maradona se puso como objetivo darle una vida mejor a sus padres. Y lo logró.
Fue a fines de 1978 cuando, como parte de un acuerdo por su primer contrato, Diego pudo convertirse en propietario de una vivienda que le regaló a sus padres. Denominada La Casa de D10S, el hogar que se transformó en museo está ubicado en la calle Lascano 2257. En 1981, en tanto, cuando se produjo su paso a Boca Juniors, Maradona compró el famoso chalet de Villa Devoto, ubicado en la calle José Luis Cantilo 4500, en el que Don Diego y Doña Tota vivieron hasta el final de sus días.
No obstante, cuando las penurias económicas se terminaron, comenzaron otros problemas que mantuvieron en vilo a Chitoro. Por un lado, estaban las adicciones de Maradona, que pusieron en riesgo su vida en más de una oportunidad. Y, por el otro, la negativa del astro a reconocer pública y afectivamente a algunos de sus hijos. Es que, durante muchos años, el Diez solo aceptó a Dalma y Gianinna, las “nenas” que tuvo con Claudia Villafañe. Pero despreció a Diego Jr., fruto de un amorío con la italiana Cristiana Sinagra, se negó a conocer a Jana, de su relación con Valeria Sabalain, y tardó en vincularse con Dieguito Fernando, nacido de su pareja con Verónica Ojeda, a quien abandonó estando embarazada para irse con Rocío Oliva.
Dicen que estas “desprolijidades” de su hijo le causaban una gran tristeza a Don Diego, quien nunca se negó a recibir en su casa a ningunos de los descendientes del Diez. Y que siempre abogó por tratar de que sus nietos pudieran tener una buena relación entre ellos. Porque, para él, los lazos de sangre eran sagrados. Y confiaba que, en algún momento, Maradona iba a terminar por abrazar a todos sus hijos. Algo que solo llegó a ver en parte.
A principios de junio de 2015 Chitoro fue internado en el Sanatorio Los Arcos por una infección urinaria que se complicó con problemas coronarios y respiratorios. Maradona, que en aquel momento se encontraba en Dubai, viajó especialmente para acompañarlo en sus últimos días. Sabía que la vida de su padre pendía de un hilo y no quería que le pasara lo mismo que con su madre, que había partido sin que él pudiera darle un último abrazo. Finalmente, el hombre murió tras permanecer en coma inducido, en la unidad de terapia intensiva, acompañado por su núcleo más íntimo en el que se encontraba el Diez.
Cinco años después, el 25 de noviembre del 2020, falleció Pelusa. Y, un año más tarde, el 28 de diciembre de 2021, su hermano Hugo. Dos golpes que Don Diego nunca habría podido soportar. De manera que, con su sonrisa franca y sus manos gastadas, optó por seguir velando por los suyos desde otro plano.
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