Desde hace años, José Díaz Diez se dedica a una labor tan minuciosa como apasionante: reconstruir la historia visual de Buenos Aires a partir de imágenes antiguas. Lo que comenzó como un hobby personal -la búsqueda y recopilación de fotografías del pasado de la ciudad- se transformó en un proyecto de divulgación cultural con gran repercusión en redes sociales y un segundo libro recientemente editado.
Díaz Diez descubrió en esas imágenes lo que él mismo califica como “cosas increíbles” palacios que fueron demolidos, arroyos hoy entubados, calles que mutaron en avenidas y edificios que desaparecieron. Su sorpresa ante esos contrastes, como vecino de toda la vida de la ciudad, fue el motor de un proyecto que no solo busca conservar la memoria visual, sino también provocar reflexión sobre el urbanismo y la identidad porteña.
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La clave de su método es el recurso del “antes y después”: a cada imagen antigua le suma una foto actual tomada desde el mismo ángulo, en el mismo punto. El resultado permite observar los cambios urbanos con nitidez y evidencia la velocidad con la que Buenos Aires transformó su fisonomía. A esas comparaciones visuales les agrega datos históricos y relatos breves que contextualizan las imágenes y despiertan la curiosidad del público.
Con el tiempo, y ante la respuesta positiva de miles de seguidores, decidió compilar parte de ese archivo en su primer libro titulado Buenos Aires en el tiempo, que fue lanzado en febrero de 2022 y expone los contrastes de una ciudad en constante mutación. Pero como fue tanto el material que tuvo que dejar afuera, decidió sacar a la venta un segundo libro llamado Buenos Aires en el Tiempo 2: recorriendo los barrios a fines de abril de este año.
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Mientras el primer volumen estuvo enfocado en los lugares emblemáticos de cuatro barrios del centro porteño, el segundo libro incluye todos los barrios que habían quedado afuera del primer envío.
“La disponibilidad de material histórico también condicionó algunas las decisiones. Hay barrios para los que no existen casi fotos antiguas. Hace 100 años, tener una cámara era un lujo. Y nadie iba a sacar fotos a lugares como Villarreal, Villa Santa Rita o Villa General Mitre, salvo que hubiera un hecho noticioso”, admitió Díaz Diez al excusarse de no incluir a estros tres distritos porteños en su nuevo libro. “No encontré imágenes interesantes o con la calidad suficiente como para hacer una buena comparación”, aseguró.
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Las fuentes que nutren su archivo son múltiples: el Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional, el Museo de la Ciudad, el Museo Ferroviario y colecciones privadas. También recibe colaboraciones de seguidores que le acercan fotos familiares o de archivo: “A veces googleo un tema y aparece algo, pero en general es un trabajo muy manual”.
Más allá de la recolección del material, el proceso de recreación de las fotos implica una búsqueda de precisión notable. “Trato de sacar la imagen desde el mismo punto exacto, con el mismo encuadre. Y si en la original pasaba una señora por la esquina o había un taxi, intento replicarlo. A veces me quedo más de una hora esperando que aparezca un colectivo de la misma línea”, contó.
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En algunas imágenes incluso participa su esposa como modelo involuntaria, para emular una silueta del pasado. El objetivo es facilitar la comparación, haciendo evidente el paso del tiempo en una ciudad que cambia constantemente.
El ejercicio de superponer pasado y presente permite detectar las zonas donde la transformación fue más drástica. “Barrios como Belgrano, Palermo, Caballito y Villa Urquiza cambiaron muchísimo. Y tiene lógica: son zonas con buena conectividad, donde llegó el subte y hubo más inversión inmobiliaria. En cambio, barrios como Lugano, Mataderos, Villa Pueyrredón, Saavedra o Versalles mantienen mucho de su fisonomía original”, explicó Díaz Diez.
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En algunos distritos, el escaso cambio se debe a su desarrollo más tardío: “Saavedra, por ejemplo, se consolidó recién en los años 40 y 50. Muchas de esas casas siguen de pie, habitadas por las mismas familias hace más de 80 años”.
También influyen factores económicos y sociales. Zonas como el Abasto, La Boca o Barracas conservan su arquitectura original, no tanto por políticas de preservación, sino por la falta de inversión: “Nadie va a demoler una casa para hacer un edificio si no tiene certeza de poder venderlo después. La inseguridad también es un factor que retrasa los cambios”.
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Uno de los ejemplos más impactantes de transformación urbana que aborda el autor es el de la avenida 9 de Julio. “Demoler 30 manzanas para hacer una avenida es algo que hoy parece inimaginable. Y si sumás la 9 de Julio Sur y los accesos como la autopista 25 de Mayo, son más de 50 manzanas demolidas”, señaló.
La construcción de estas vías rápidas implicó el desarraigo de miles de familias y el cierre de comercios tradicionales. “Mucha gente me escribió contándome que los reubicaron en Lugano, lejos de sus escuelas y amigos. Fue un cambio de vida forzado”, dice. Para Díaz Diez, más allá del impacto visual, hay una pérdida patrimonial y humana que también debe contarse.
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La interacción con la gente se genera a través de su Instagram @fotos.antiguas.ba, donde acumula casi 720 mil seguidores y una gran mayoría son jóvenes que se sorprenden con nostalgia y reaccionan las imágenes comparativas que publica en su feed.
Consultado sobre los edificios que mejor conservaron su estructura, José menciona a las estaciones de tren. “En líneas como el Mitre, muchas estaciones siguen iguales que hace 80 o 90 años. Pero en otras, como el Urquiza, modernizaron todo y no queda casi nada de la estructura original”, ejemplificó.
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José Díaz Diez tiene 47 años y está en pareja con Olga Babaeva, una mujer rusa a quien conoció mientras se desempeñaba como docente y bailarín de tango. Aunque obtuvo dos títulos universitarios -uno en Administración de Empresas y otro en Comercialización-, hace 20 años que no ejerce en esos campos.
Durante dos décadas, enseñó tango en la Academia de Susana Miller, quien fue también su maestra, y por 15 años organizó una milonga de los lunes en el salón El Beso. Además, trabajó en gastronomía como encargado del restaurante del Club Hindú.
Hoy su foco está puesto en la arquitectura tradicional de Buenos Aires, en aquellos edificios que aún sobreviven gracias a su valor constructivo. Y más allá del valor estético, Díaz Diez señaló que su trabajo también tiene una función documental: “Estaría buenísimo que dentro de 30 o 50 años alguien pueda usar mis fotos para hacer lo mismo. Ojalá que no encuentren tantos cambios”.
En una ciudad donde el pasado suele ceder rápido ante el avance de las topadoras, la obra de Díaz Diez se convierte en una forma de resistencia visual. Un intento de preservar, aunque sea en imágenes, aquello que supimos ser.
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