
Por quinto año consecutivo, Afganistán fue elegido el “país más triste del mundo”, de acuerdo al Informe Mundial de la Felicidad 2025 elaborado por las Naciones Unidas, que se basa en un análisis de la calidad de vida de los residentes de 147 países.
Desde la vuelta de los talibanes al poder, en agosto de 2021, la cotidianeidad en Afganistán adquirió una nueva fisonomía marcada por la vigilancia, las restricciones y la incertidumbre.
“Detrás de ese dato frío del relevamiento de ONU, de ese número que pasa desapercibido en los titulares internacionales, hay una realidad que duele, que incomoda y que, en mi caso, me marcó fuertemente”, contó a Infobae el psicólogo y fotógrafo argentino Santiago Olivera, quien decidió viajar hasta allí para documentar ese presente atravesado por la tensión y la resiliencia.

Para ingresar a Afganistán, Olivera tuvo que tramitar la VISA en Pakistán, uno de los pocos países que reconoce a los talibanes como sus nuevos gobernantes. Cruzó la frontera a pie por el histórico paso de Khyber y tras recibir la vacuna contra la polio y obtener el sello en su pasaporte, en un contexto donde el ingreso de turistas es casi inexistente, siguió su camino hacia Kabul acompañado por un guía local.
La llegada a la ciudad capital estuvo precedida por instrucciones estrictas: evitar la ropa occidental, no hablar con mujeres ni fotografiarlas, abstenerse de registrar instalaciones militares, y limitar la música a cantos religiosos.
“Las rutas estaban completamente devastadas y podían observarse aviones derribados, camiones militares incendiados, barricadas y puestos de control talibán por todos lados”, describió el fotógrafo sobre el clima de postguerra que se vive luego de que Estados Unidos decidiera abandonar el país tras 19 años de permanencia.

En su primer contacto con Kabul, Olivera notó una atmósfera de control permanente. “Me encontré con una ciudad que respiraba una tensa calma. Los talibanes, con sus armas y vestimentas tradicionales, patrullaban las calles controlando cada movimiento”, relató.
Una de sus vivencias más fuertes ocurrió cuando intentó fotografiar un edificio con una bandera talibán flameando en lo alto. La escena terminó con un grupo de hombres apuntándolo con miras láser.
“Veo cómo varios puntos verdes de un láser se movían rápidamente sobre mi cuerpo. Reconozco que en ese momento quedé congelado. Los latidos de mi corazón comenzaron a acelerarse rápidamente. Ver cómo varias miras láser me apuntaban en medio de un país como Afganistán nunca me había pasado”, recordó.

“Rápidamente retiré mi mano de la cámara y las levanté al cielo, dando a entender que comprendí el mensaje: hay escenas que no se pueden fotografiar”, agregó.
Pese al miedo inicial, Olivera se acostumbró a convivir siguiendo las reglas locales. Cada nueva ciudad requería una visita obligada a la oficina local del régimen talibán, que debía autorizar la presencia de extranjeros. Allí, funcionarios lo interrogaban sobre los motivos del viaje, pero también mostraban interés por retratarse con él. “Me sacaban fotos y me filmaban mientras me hacían una entrevista preguntándome qué trato estábamos recibiendo por parte de la gente”, precisó.
Uno de los elementos más chocantes para Olivera fue la casi total desaparición de las mujeres de los espacios públicos: “Me impactó mucho, a lo largo de todo el viaje, ver cómo la vida de las mujeres y las niñas había cambiado por completo”.

Antes del regreso talibán, las mujeres afganas trabajaban, estudiaban y participaban activamente en la vida pública. “Ahora, bajo el régimen actual, deben usar burqas que las cubren por completo y solo pueden salir acompañadas por un familiar varón”.
“Estas restricciones no solo limitaron su movilidad, sino que también causaron que muchas pierdan sus empleos y sus oportunidades educativas”, explicó Olivera, quien señaló que “las niñas solo tienen permitido asistir hasta el colegio primario”.
Gracias a sus dos profesiones, el argentino aprendió a leer los estados de ánimo en las personas, y lo hace -principalmente- a través de los ojos. “La mirada habla cuando todo lo demás calla. Es la puerta al interior, un espejo de lo que no se dice. Y es justamente esa mirada lo que hoy se les ha vetado a las mujeres afganas, invisibilizándolas, obligadas desde la estricta ley de la sharia a portar el burka. Cubiertas de pies a cabeza, privadas no solo del espacio público, sino también del derecho más íntimo: ser vistas” se lamentó.
Aún así, contó que la gente de a pie, la que carga con el peso del día a día, le ofreció sonrisas y hospitalidad. “Una paradoja brutal: en uno de los lugares más hostiles del planeta, encontré humanidad pura”, recordó.
Pero también sintió tristeza al ver a las mujeres reducidas a sombras, al ver niñas sin escuelas, madres sin voz y ciudadanas sin derechos. “Como fotógrafo, me enfrenté a un límite tan ético como político: su ausencia visual era parte del paisaje. Como psicólogo, comprendí que el daño no era solo cultural, sino emocional”, añadió sobre la tristeza que le causaban esas postales cotidianas.
Olivera contó que hace unos pocos meses, el gobierno talibán dio un paso más en la represión cotidiana al prohibir el ocio para las mujeres. “No pueden entrar a las plazas ni a los parques de diversiones. Y los viernes, el día festivo de la semana, directamente, no tienen permitido salir a la calle. Ese día quedó reservado exclusivamente para que los hombres puedan disfrutar del descanso. Ni siquiera el derecho a pasear les fue concedido. ¿Cómo se mide la felicidad si hasta el ocio —esa forma simple de alegría y libertad— se transforma en delito?”, se preguntó frente a esas medidas extremas.

En contraposición a lo que ocurre con ellas, Olivera vio a los hombres disfrutar. “Los vi jugar, reír, compartir charlas en los parques, abrazarse. Vi felicidad masculina en un país que decidió repartir la dicha con brutal desigualdad. Y eso, quizás, es lo más devastador de todo: descubrir que la felicidad existe, pero no para todos”, ejemplificó.
“Entendí entonces que la falta de felicidad no se mide en carcajadas ni en eslogans. Se mide en silencios, en ausencias, en el pan que no alcanza, en la ayuda que no llega, en el miedo que se respira como aire. Afganistán es el país menos feliz del mundo, pero también es un país que resiste, incluso en las ruinas”, reflexionó Olivera tras recorrer durante 15 días sus calles. “En mi viaje vi más que miseria: vi dignidad, vi valentía, vi esperanza en medio del colapso”, remarcó.

Al regresar a su hogar, en el barrio porteño de Coghlan, sus familiares, amigos y vecinos le preguntaron si había valido la pena el viaje. “Mi respuesta fue ‘si’, porque una vez que caminás por Kabul, Herat o Kandahar, ya no podés leer una estadística sin pensar en los rostros que hay detrás. Y porque la felicidad, entendí, no es solo una emoción: es un derecho. Uno que hoy, millones de afganos tienen prohibido hasta imaginar”, enfatizó.
A Olivera, cada momento en Afganistán le recordó la capacidad humana para resurgir a pesar de las adversidades. “Me llevé conmigo no solo recuerdos, sino también profunda admiración por el espíritu indomable del pueblo afgano y una renovada convicción de que, a pesar de todo, la esperanza puede florecer incluso en los lugares más oscuros”, concluyó.
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