
Los astronautas rusos Vladímir Dzhánibekov y Víktor Savinykh viajaron hasta la estación espacial Salyut 7. Cuando llegaron, se sorprendieron. Nunca habían vivido algo así. Cada superficie de la estación espacial estaba cubierta de escarcha. Los cables rígidos como ramas secas. Instrumentos bloqueados por el hielo. Agua congelada dentro de las tuberías. Un cadáver orbital girando sin control a más de 350 kilómetros sobre la Tierra. Y los dos hombres estaban solos frente a ese desastre. En ese momento, cruzaron sus ojos claros a los que les notaba el nerviosismo aún detrás de los cascos. Ninguna nave había intentado jamás algo así: revivir un satélite muerto en pleno espacio. En la base de control en Tierra, nadie podía ayudarlos. Ni con órdenes ni con cálculos. Lo que hicieran allí arriba, lo harían con sus propias manos.
“Es como entrar a una casa abandonada en el Ártico”, murmuró Savinykh, frotándose las manos dentro de los gruesos guantes térmicos. Pero antes de siquiera pisar la estación, habían superado un infierno.
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Está lloviendo estrellas
Per la aventura rusa ocurrida en febrero de 1991 tiene su vinculación con Argentina. Es que en una clara noche de verano de ese mes, más precisamente el 7 de febrero, extractos de la estación espacial cayeron desde el espacio y se desintegraron en el cielo en todo el país, desde la Cordillera de los Andes hasta Chubut y la Mesopotamia. Lo que se vio desde las provincias argentinas fue como una lluvia de estrellas fugaces. Momento ideal para que miles de testigos pudieran pedir algún deseo. El pedazo más grande cayó sobre el patio de una casa en Capitán Bermúdez, Santa Fe.

El astrónomo y matemático Guillermo Goldes estaba en el observatorio entrerriano Oro Verde la noche de la lluvia de estrellas. “El brillo iba creciendo. Al mirar, quedé atónito. Un enorme enjambre de cuerpos incandescentes surcaba el cielo. Se desplazaba de oeste a este, en forma casi paralela al horizonte. Miles de fragmentos se desprendían e incineraban en la atmósfera. Cada uno de ellos se apartaba del cuerpo principal, se consumía en llamaradas y finalmente desaparecía de la vista”, escribió en una nota que lleva su firma en el sitio Unciencia.
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“Pasaron apenas cinco minutos desde aquellos colosales fuegos de artificio hasta que los teléfonos comenzaron a sonar. Muchos cordobeses, santafesinos y entrerrianos habían compartido el espectáculo y querían saber qué había ocurrido. Sentí alivio, no había sido el único testigo del trágico último acto en la historia de este singular artefacto”, prosigue el relato de Goldes en la publicación realizada en 2016.
Una nave ciega en la oscuridad
Desde mediados de la década del 80, Salyut 7 estaba incomunicada. Un fallo eléctrico la había dejado sin energía. La Unión Soviética la daba por perdida. Pero no podían permitir que un módulo orbital soviético vagara muerto en el espacio. Si los estadounidenses lo alcanzaban, podrían analizar su tecnología, desmontarla y robar sus secretos.
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Entonces el Kremlin ordenó la misión de los dos astronautas. El 6 de junio de 1985, Soyuz T-13 despegó. En el asiento del comandante, Vladímir Dzhánibekov, un cosmonauta con experiencia en acoplamientos manuales. A su lado, Víktor Savinykh, un ingeniero que entendía los sistemas de la estación mejor que nadie.

Mientras volaban hacia Salyut 7, desde la Tierra les llegaban advertencias frías como una bala en la sien: “Si la nave queda sin energía, no podrán volver. Si los sistemas eléctricos colapsan, podrían quedar atrapados. Si no logran acoplarse, morirán en órbita”.
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Al acercarse a Salyut 7, la nave Soyuz intentó iniciar el sistema de acoplamiento, pero no hubo respuesta. Era como acercarse a un gigante dormido sin manera de despertarlo. Dzhánibekov se hizo cargo.
Se apoyó en un rudimentario telémetro láser y en su propio pulso. A más de 28.000 km/h, controló la nave manualmente para alinearla. Cada giro del timón de control significaba una diferencia entre la vida y la muerte.
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A un kilómetro de distancia, miró a Savinykh:
—¿Preparado?
Savinykh tragó saliva y asintió.
Poco a poco, como un cirujano sosteniendo un bisturí sobre la piel de un paciente, Dzhánibekov acercó la Soyuz hasta tocar el puerto de acoplamiento de Salyut 7. Cuando abrieron la escotilla, el aliento se les convirtió en niebla. El termómetro marcaba -10°C. El agua dentro de las tuberías, congelada. Salyut 7 era una morgue espacial.
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Operativo rescate
—Si no restauramos la energía pronto, estamos acabados —dijo Savinykh.

El problema era claro: sin calor, agua y oxígeno reciclado, no durarían mucho. Intentaron transferir electricidad desde la Soyuz, pero era una apuesta peligrosa. Un cortocircuito podría drenar las baterías de la nave y dejarlos atrapados en el espacio.
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Así que fueron directamente al corazón del problema. Los paneles solares de la estación no cargaban las baterías porque un sensor defectuoso indicaba, erróneamente, que ya estaban llenas. El sistema nunca se reiniciaba. Era un error simple, pero letal. La solución era hackear la estación desde dentro.
Cortaron la conexión del sensor defectuoso y forzaron la carga directa desde los paneles solares. Luego, movieron manualmente toda la estación para alinearla con el Sol y absorber la energía que necesitaban. Horas después hubo una chispa de vida. Los paneles solares comenzaron a recoger luz. La energía fluyó a los sistemas básicos. Salyut 7 despertaba.
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Después, arreglaron las tuberías y descongelaron el agua. Diez días después, la estación funcionaba normalmente. Desde la Tierra, los ingenieros aplaudieron y gritaron. Habían resucitado un muerto. Pero aún quedaban problemas.

Una estación fantasma
A pesar del éxito, Salyut 7 no sería la misma. Algunos sistemas jamás se recuperaron completamente. El frío había dañado componentes vitales. Dzhánibekov y Savinykh se quedaron en la estación meses, reemplazando partes y asegurándose de que fuera habitable otra vez.
El 23 de junio de 1985, la nave de carga Progress 24 llegó con baterías nuevas, agua y alimentos. Los cosmonautas habían logrado lo imposible.
El gobierno soviético, usualmente hermético sobre sus fracasos espaciales, hizo pública la hazaña. Querían que el mundo supiera que sus cosmonautas podían reparar estaciones en órbita.
Que, si alguna vez alguien quedaba varado en el espacio, la URSS tenía un plan de rescate. Pero con el tiempo, Salyut 7 fue retirada. En 1991, cayó a la Tierra y se desintegró en la atmósfera. Gran parte de los metales cayeron en suelo argentino. Esa fue la noche del 7 de febrero en que el cielo se iluminó en muchas partes de Argentina.
Décadas después, Rusia convirtió la misión en cine. La película Salyut 7 (2017) dramatizó el evento con exageraciones espectaculares. Un cosmonauta viendo ángeles, un aterrizaje de emergencia imposible, una conspiración estadounidense para robar la estación. Pero la verdad era suficiente por sí sola.
Dos hombres volaron a un lugar donde nadie podía ayudarlos. Llegaron a una estación helada, una cápsula de muerte flotante. Y la devolvieron a la vida. Sin efectos especiales. Sin guión. Solo con valentía y ciencia.
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