En el consultorio, Santiago Braverman se mueve con precisión. Fuera de él, su vida es más sencilla, anclada en los valores que heredó de su familia. “Vengo de una familia de odontólogos”, comenta con orgullo en una entrevista del ciclo La Escalada de Infobae. Su padre le transmitió el amor por la profesión y una ética de trabajo inquebrantable. “Él empezó desde abajo. Trabajaba en una fiambrería mientras estudiaba odontología. Siempre nos enseñó que, con esfuerzo y dedicación, todo es posible”, explica.
Santiago creció en Villa Crespo, un barrio en donde los vecinos se conocían. Allí, entre los pacientes que llegaban al pequeño consultorio familiar, aprendió la técnica dental y el arte de escuchar y cuidar a las personas. “Iba todos los días después del colegio, me sentaba a ver cómo trabajaba mi viejo. Para mí era fascinante”, recuerda.
En el consultorio de Braverman hay una regla de oro: el trabajo habla por sí solo. Marcelo Tinelli, Bizarrap, Duki, Mauricio Macri, Lali Espósito y hasta Diego Maradona confiadoron sus dientes al odontólogo que, a pesar de su popularidad, insiste: “Quiero que me elijan porque soy un buen dentista, no porque atendí a Duki o Tinelli”.
En 1997, Santiago dio su primer paso en el negocio familiar, enfrentándose a la presión de mantener el estándar que su padre había establecido. “Mi primera anestesia fue con un paciente que me dijo: ‘Mirá que tu viejo no me hace doler’”, recuerda entre risas, consciente del esfuerzo que implicaba estar a la altura de las expectativas.

Tinelli y la revolución del consultorio
Todo cambió en 1994, cuando Marcelo Tinelli cruzó la puerta del consultorio. Fue una recomendación, casi casual, de una alumna de su padre en la facultad. “Mi viejo lo atendió primero, y Marcelo quedó contento. Después, con el tiempo, empecé a atenderlo yo, y ahí quedó”, relata. Desde entonces, el consultorio se convirtió en una parada obligatoria para figuras de renombre. Las paredes cuentan su historia: fotos con Charly García, Batistuta, Lali, Bizarrap y muchos otros adornan el espacio, testigos silenciosos de una carrera que supo equilibrar técnica, carisma y discreción.
Braverman no ve la odontología como un simple trabajo técnico. “No es solo arreglar un diente; es preocuparse por el paciente”, dice. Y esa filosofía se refleja en su enfoque hacia la estética dental. Para él, una sonrisa perfecta no debería parecer fabricada. “Es lindo que te digan ‘qué linda sonrisa que tenés’, y no ‘qué linda sonrisa, ¿quién te la hizo?’”, explica, marcando la delgada línea entre lo natural y lo artificial.
En tiempos donde la estética dental roza la obsesión, Santiago mantiene su postura firme frente a las demandas excesivas. “Hay pacientes que quieren los dientes color inodoro”, bromea, refiriéndose al blanco extremo que algunos consideran ideal. “Yo puedo aconsejar, pero hasta un punto. Mi objetivo es lograr sonrisas que luzcan naturales y saludables”.

La clave está en la prevención
Detrás de los reflectores y los flashes de Instagram, Braverman insiste en un mensaje crucial: el cuidado dental empieza en casa. “La mejor prevención es el cepillo de dientes. Tres veces al día, durante al menos tres minutos”, dice, añadiendo un dato impactante: el promedio de cepillado diario apenas alcanza los 15 segundos.
Para él, el futuro de la odontología está en educar a la gente sobre la importancia de prevenir problemas antes de que ocurran. “En Suiza, la Facultad de Odontología está cerrando por la prevención. Ese es el camino que deberíamos seguir”, concluye con esperanza.
Aunque atiende a celebridades y maneja una agenda que muchos considerarían abrumadora, Santiago valora los pequeños placeres de la vida cotidiana. Es un apasionado del fútbol y, cuando tiene tiempo libre, no duda en ponerse la camiseta de su equipo para ver un partido en casa o en la cancha. “Soy fanático de Boca. Si no tengo pacientes, ahí estoy, con mi hijo o con amigos, disfrutando del fútbol”, confiesa con una sonrisa.
En casa, es esposo y padre. Santiago encuentra equilibrio en su familia, que para él es un refugio de normalidad en medio de una carrera tan expuesta. Aunque prefiere mantener su vida privada lejos de los reflectores. “Mis hijos me enseñan cada día a ver el mundo de otra manera. Son mi motor, los que me empujan a seguir creciendo”, dice.

Pasión por la enseñanza
Braverman perfecciona las sonrisas de sus pacientes y también inspirar a otros odontólogos. Da charlas en facultades y conferencias, compartiendo no solo su técnica, sino también su filosofía de trabajo. “Siempre les digo que la odontología no es solo arreglar dientes; es tratar con personas. Tenés que empatizar, entender lo que quieren y lo que necesitan”, explica.
Sus alumnos y colegas lo describen como alguien accesible, siempre dispuesto a compartir sus conocimientos y a romper la barrera del prestigio que lo rodea. “La humildad es clave. Nunca olvides de dónde venís, porque eso te mantiene con los pies en la tierra”, aconseja.
Aunque su apellido ya está ligado a la odontología por varias generaciones, Santiago no busca que sus hijos sigan su mismo camino. “Lo que quiero es que encuentren su pasión, como yo encontré la mía. Si eligen ser odontólogos, genial, pero quiero que lo hagan porque realmente les gusta, no por tradición”, dice.
Su visión para el futuro de su profesión está clara: mejorar la prevención dental en la sociedad y hacer que el acceso a una odontología de calidad sea más equitativo. “La sonrisa de alguien puede cambiar su vida, pero no debería depender de cuánto dinero tiene para cuidarse”, concluye.
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