
“Pobre hombre”, le dijeron en la justicia. “Pobre hombre”, le repitieron en la comisaría. “Pobre hombre”, le dijeron cuando fue un policía a sacarlo de su casa”. “Pobre hombre”, le insistieron cuando pidió ayuda. “Pobre hombre”, la hicieron sentir culpable de la violencia de su ex marido. “Pobre hombre” le reiteraban como si la culpable fuera ella y él la víctima.
“Pobre hombre”, minimizaban su miedo. “Pobre hombre”, era lo que tenía que escuchar cada vez que pedía protección y se la negaban. Hasta que el pobre hombre le dio cinco puñaladas. Se salvó por milagro, por la acción de su hijo y de los médicos. Pero no la salvo ni la justicia, ni la policía, ni los que tenían que salvarla. “Pobre hombre”, fue la frase que la desangró en vida.
Olga Díaz denunció a Luis Palavecino, el 2 de febrero del 2017, cuando tenía 60 años. La atendieron en la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Su ex marido se quedó en la casa y ella se tuvo que ir. Nadie la quería ayudar a volver a su hogar y no correr riesgo. Cuando volvió fue apuñalada. Ahora, con el apoyo de la Defensoría General de la Nación, logró que el Estado argentino le tenga que pedir perdón y le otorguen una reparación económica por la desprotección que casi le costó la vida.

La sentencia de Olga Díaz, ahora con 68 años, es esencial en un contexto de desprotección para las mujeres en Argentina. “Si vos me haces la denuncia yo te mato”, le dijo él. Y Olga decidió denunciar. Pero necesitaba ser protegida para que él no pudiera cumplir su amenaza. No la protegieron. La justicia la juzgó a ella. Y él la apuñaló. Cinco veces. Tenía preparada ropa para cambiarse y huir. Su hijo frenó la sangre y le salvaron la vida en un hospital público. Ahora Olga convirtió su historia en una sentencia emblemática contra el Estado argentino por exponer su vida cuando ella había solicitado ayuda.
-¿Cómo fue el proceso en el que denunciaste violencia de género?
-Fui escuchada por la oficina de violencia de género (OVD), de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, y en el momento que hice la denuncia, hace siete años, fui bien atendida, bien escuchada. Él me dijo “si vos me haces la denuncia yo te mato”. Salí para que el juzgado me diera medidas preventivas. Pero cuando llegué, lo primero que me dijeron fue “pobre hombre”. La secretaría del juzgado, a la que le dije que si él se enteraba que lo había denunciado me iba a matar, me dijo “yo lo voy a llamar. ¡Y lo llamó!
-¿En la justicia pusieron en riesgo tu vida?
-Ella lo llamó y yo le dije: “Me está sentenciado a muerte”. Y, además, me retó: “No le da cosa que usted, a los 60 años, está haciendo la denuncia y que sus nietos, el día de mañana, le recriminen que denunció al abuelo”. Y, para colmo, me quiso obligar a ir a una mediación con él. Le dije que no. Fui con mis abogadas y me dijeron: “Pensamos que exageraba por los nervios y ahora estamos escuchando lo mismo que usted”. Paso más de un mes y, recién el 24, me llamaron para ir a la policía. Necesitaba que lo saquen de la propiedad que era mía y yo me había tenido que ir de mi casa.
-¿La policía lo sacó de la casa?
-Le tuvieron lastima por la edad. Fui a la comisaría y me dijeron, de mala ganas: “Tenemos todos los patrulleros en la cancha de Argentino Juniors. Espere sentada hasta que venga un patrullero. Hay prioridad en el partido de futbol”. El 4 de marzo fue un policía y me dijo lo mismo: “Pobre hombre, me dio pena para sacarlo de la casa”. Le pregunté si le había dado las llaves y me dijo que no. Yo tuve que llamar a un cerrajero y cambiar todas las cerraduras porque al policía le dio pena verlo salir. “Pobre hombre, no tiene donde ir”, me dijo. Y le contesté: “Lo lamento, tengo que venir a vivir a mi casa”. Me trataron como a la mala de la película. Él era el que les daba lastima a todos y yo la mala que lo dejaba en la calle. El juzgado no me dio perimetral, no me dio botón antipánico. “No, señora no va a hacer falta, con este hombre”, me aseguraron.

-¿Qué hacías frente a estas respuestas que intentaban culpabilizarte?
-Yo tenía que trabajar y hacer mi vida. No podía tomar un auto todos los días. Era como si yo fuera la culpable de la situación. El 24 de marzo, con mis hijos, decidimos dejarle todas las cosas que había dejado en la casa, sus pertenencias de albañilería (para que trabajara) y ropa. Un vecino se ofreció a alcanzarle los bolsos. Me acuerdo de estar preparando todo y, después, me desperté el 7 de abril en el hospital.
-¿Cómo te despertaste en el hospital?
-No recuerdo nada. Los médicos me preguntaron cómo estaba. Les preguntaba con señas, porque tenía una traqueotomía, que me había pasado. Me cuentan y me arranco los cables en estado de shock. Hasta el día de hoy no recuerdo. Se lo que paso por las declaraciones del juicio. Era como leer la historia de otra persona.
-¿Cómo fue el ataque que te dejo en el hospital?
-Me agarró del pelo, me puso un arma blanca en un seno, en el brazo, en la espalda y en el cuello. Tengo cinco marcas, la mas grave fue la del cuello. Intento quitarme la vida. Me tuvieron que hacer una operación que duro desde las 11 de la mañana hasta las 7 de la tarde. Fue una restauración para salvarme. Doy gracias a Dios.
-¿Te podría haber matado?
-Un vecino le dijo a mi hijo “tu mama ya no tiene pulso, no va a llegar al hospital”. Soy una sobreviviente. Doy gracias a Dios y que puso unos médicos especiales en mi camino. Tenía un tajo profundo pero el médico, Sergio Lepoivre, del Hospital Pirovano, era cirujano plástico y no se notan tanto. Él estaba solo los viernes en la guardia y justo estaba ese día.

-¿Cómo te enteraste de la dimensión del ataque?
-Se que estaba en la puerta de casa con el vecino para que le entregue lo que le correspondía, con mi hijo y él aparece de la nada, me tomó del pelo y me clavó el cuchillo en el cuello. Un médico vecino de casa se cruzó para auxiliarme. Mi hijo me puso trapos para pararme la hemorragia hasta que llegó el SAME.
-¿Tu hijo tuvo que defenderte de su padre?
-Esteban tiene 40 años y vive en Estados Unidos. Es mi príncipe valiente, él vio todo y agarró al padre para que no me siga atacando. Lo intentó lastimar, solo le hizo un raspón. Cuando se vio acorralado por los gritos de los vecinos se escapó. A la fiscal, en el juicio, le dijo que no se podía acordar. Pero la persona que sale a comprar el pan no va con un arma blanca. Y él había puesto ropa para cambiarse.
-¿Estaba planificado?
-Si, un vecino que lo siguió avisó que se cambió la ropa, por una vestimenta de otro color, e iba por colectora. Lastimó a cuatro policías (una policía mujer y tres varones) y no se dejó arrestar.

-¿Cuándo fue el juicio?
-Fue muy rápido. Empezó el 22 de noviembre del 2017 y el 6 de diciembre del 2017 ya estaba la sentencia a 20 años de prisión. Ahora está preso y se le negó todo lo que pidió.
-¿Por qué seguiste luchando después de la sentencia?
-Una siente que todos te miran y tiene sensación de culpa. Cuando terminó el juicio le hablé a la defensora general y le dije “No puede ser que las mujeres no seamos escuchadas y terminemos siendo las malas. Quiero un cambio”. Le hicimos juntas un juicio al Estado.
-¿Cuál es el objetivo del juicio a la justicia?
-Yo quería que las mujeres seamos escuchadas y acompañadas y que los jueces tengan buena prácticas y que no te digan “tengo mamá y tengo hermana”. No es por mí, lo hago por mis hijas, por mis nietas y por todas las mujeres. Uno está cansado de escuchar que nos callan. Recibo las disculpas del Estado porque no escucharon a muchas a las que hoy les llevan flores o las historias terminan mal y las encuentran asesinadas en un descampado. No quiero escuchar más eso. Se que es difícil cambiar la mentalidad de los violentos que son piscopatas disfrazados de dulzura.

-¿Cómo son las amenazas?
-Cuando una está en una situación difícil y quiere salir te dicen “si me dejas te mato”, “si me denuncias te mato”. “si me denuncias empiezo a ventilar cosas”. Una manera de tapar la situación es haciendo callar a las mujeres para siempre. Hay que unir y levantar la voz de las mujeres. Tenemos derecho a ser libres y vivir sin temor.
-¿Qué significa para vos este pedido de perdón?
-Yo pedí el acompañamiento a las mujer que está sufriendo este tipo de violencias y amenazas. Hay que acompañarlas y escucharlas. Le pedí al Presidente de la Corte Suprema, Horacio Rosatti, que me recibió, que construyan refugios y que haya jueces en la OVD para que una no tenga que estar esperando que juzgado te va a tocar.
-¿Qué pensas de la situación actual en relación a la protección a las víctimas de violencia de género en Argentina?
-Hay que seguir en esta lucha porque no se puede volver para atrás con las cosas ganadas. Es como volver a la edad de piedra donde no somos escuchadas. Tenemos que avanzar y unirnos.
-¿Qué esperas para el futuro de las mujeres?
-Acepto las disculpas por las jóvenes. Mi generación se fue acostumbrando a eso porque lo vivieron abuelas y madres. Vamos con la carga de “es lo que toca”. Se transmite de generación en generación y ya no queremos transmitirle eso a las hijas y a las nietas.
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