
Era 1985 en Santa Fe. Marta P., una joven de 18 años, enfrentaba un embarazo que nunca había planeado. Rodeada de una familia rígida y atemorizada, la decisión de continuar con la gestación fue tan desesperada como contradictoria: primero había intentado abortar, pero en el último momento, movida por algo profundo e indefinible, decidió tener a su hijo.
Sin embargo, el entorno no la acompañó. Una vecina la conectó con una partera que prometía soluciones discretas en una clínica de Rosario y que ya tenía todo planeado para entregar al niño en adopción a un matrimonio oriundo de Funes. Por eso, le hicieron creer que el bebé había nacido muerto.
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Marta nunca cuestionó el procedimiento. Jamás imaginó que la verdad era otra y que su bebé vivía apenas a unos 40 kilómetros de su casa. Eso recién lo supo el 24 de octubre de este año, cuando un estudio de ADN confirmó que su primogénito estaba vivo y que la había buscado durante los últimos diez años.

Germán Utrera, que hoy tiene 39 años, es padre de una hija de 5 y formó su propia familia junto su mujer Luciana, nunca cuestionó su infancia y siempre tuvo palabras de amor y agradecimiento hacia sus padres adoptivos, quienes jamás le ocultaron que era “el hijo del corazón”.
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Ofelia, la mujer que lo crio y lo cuidó, enviudó cuando él tenía 8 años. “Nunca me ocultaron nada, pero como yo era muy chico no me daba cuenta de las explicaciones que ellos trataban de darme. Hasta que finalmente lo descubrí en mi adolescencia”, recordó.
“Tenía 15 años cuando, una tarde cualquiera, al ver un documental sobre el embarazo, le pregunté a mi mamá si había sido un bebé inquieto, si me movía mucho en la panza”, señaló. La respuesta no fue la que esperaba.
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“Con una mezcla de nervios y ternura, ella intentó explicarme algo que durante años había evitado decirme directamente, que no era mi mamá biológica”, dijo Germán, sobre esa revelación confusa y, a la vez, devastadora.
En ese preciso momento, las preguntas llegaron como una oleada: ¿Quién era él realmente?, ¿Dónde estaba su madre biológica?, ¿Por qué lo habían separado?. Esa revelación fue el inicio de una búsqueda, que comenzaría en su adultez, y duraría casi una década.
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La adolescencia de Germán fue como un rompecabezas en el que faltaban piezas clave. El relato de Ofelia era escaso y limitado. Cada vez que preguntaba, aparecían más incertidumbres que certezas. “Mi mamá siempre tuvo poca información. El que sabía cómo era la historia era mi papá, que ya está muerto. Por eso, muchos detalles se perdieron. Ella asegura que solo pagaron los gastos del parto de mi madre biológica, niega que haya pagado por mi adopción más allá de que era todo muy clandestino. La verdad de cómo sucedieron los hechos se la llevó mi papá a la tumba”, enfatizó.
Germán indagó en archivos, habló con antiguos vecinos y revisó documentos que apenas ofrecían respuestas. “Era como si mi historia estuviera escrita en una tinta invisible”, se lamentó, ya que sus primeros pasos en la búsqueda estuvieron marcados por el desconcierto y la frustración.
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Tras el nacimiento de Alba, su hija, algo cambió dentro de él. Mirarla le daba una especie sensación de espejo, una conexión con la vida que nunca había sentido antes. “Cuando sos padre, entendés lo que significa tener una parte de vos mismo en alguien más. Al no tener un rebote, una imagen de decir ‘soy parecido a esta persona’, esa identidad se volvió más difusa”, explicó.

La paternidad despertó en él un impulso renovado por entender su origen. La búsqueda se volvió algo más que un acto de curiosidad: se transformó en una necesidad de justicia personal. Recurrió a terapias alternativas y espirituales, como la regresión y los registros akáshicos. Sin embargo, todas estas prácticas parecían girar en círculos, sin ofrecerle respuestas concretas. Por eso decidió pedir ayuda a la ONG Nuestra Primera Página, que lo guio en su búsqueda a partir de la realización de un estudio de ADN ancestral. Ese análisis permite a una persona hallar rastros de sus antepasados.
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En 2022, la aparición de una mujer llamada María Luján en su árbol genealógico le devolvió la esperanza. Con el tiempo descubrió que se trataba de una prima hermana de su madre biológica. La mujer, siempre dispuesta a colaborar, le contó que había una parte de su familia que vivía en Rosario y la historia, entonces, tomó otro rumbo.
Tras meses de búsqueda intensa, Germán y la ONG localizaron a Marta, la prima de María Luján, quien aceptó hacerse la prueba de ADN, aunque sin entender muy bien por qué. La invadió la tristeza y la ansiedad por igual. Sabía que si los resultados cuadraban, si los detalles coincidían, podía finalmente enfrentar esa parte de su vida que quedó oculta y sin resolver.
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Marta vivía en la localidad de Acebal (en las afueras de Rosario) y tenía tres hijos: Fernanda, de 35 años que actualmente reside en Uranga, un pueblo cerca de Acebal; Franco, que tiene 30 y emigró a Portugal; y Camila, de 20 que también está instalada en ese país europeo. “Hasta ese momento, ninguno de ellos sabía sobre su doloroso pasado”, contó Germán.

Cuando llegó el resultado del ADN por mail, Germán estaba extasiado. “Immediate match. Parent-child relationship”, decía ya que el estudio fue hecho en un laboratorio de Houston, Texas, Estados Unidos. Esta frase, que aparecía destacada en un correo con un tono casi de alarma, era el anuncio de la verdad que había buscado durante tantos años. “Más abajo, otro dato terminaba de confirmar la conexión genética entre los dos. Decía ‘Centimorgans: 3.540′, una cifra que indicaba una coincidencia tan alta que no dejaba lugar a dudas. Si te da mayor a 3.000 es porque la relación es de madre e hijo”, explicó.
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Esa confirmación era nada más ni nada menos que lo que su corazón ya había comenzado a intuir desde el primer encuentro con Marta. Cuando él la llamó para darle la noticia, ella respondió con un silencio denso que contenía años de preguntas. “A mí me dijeron que había nacido muerto”, repetía entre sollozos. “No fue culpa tuya”, fue lo primero que le dijo él hasta que finalmente pudieron verse para darse un fuerte abrazo y comenzar, juntos, un proceso de sanación.
Actualmente están en contacto permanente, se encuentran a tomar mate seguido, y su hija Alba conoció a su prima, a su tía Fernanda y a su prima. Germán, por su parte, suele tener videollamadas con sus hermanos que viven en Portugal, y no descarta ir a conocerlos personalmente cuando le salgan los papeles de la ciudadanía europea.

“Así como mi hija ahora tiene tres abuelas, yo tengo dos madres y las amo a ambas. Ellas ya se conocieron y se llevan muy bien”, afirmó Germán. “No tengo nada que recriminarle a ninguna”, agregó completamente convencido de que cada una de ellas hizo lo que pudo. “Mi mamá del corazón me contó que me fue a buscar a esa clínica porque no podía tener hijos. Y a mi hermana mayor también la adoptaron de esa manera”, recordó.
La historia de Germán Utrera, un testimonio de perseverancia y de búsqueda incansable de la verdad, también sirvió como fuente de inspiración para que su hermana emprendiera el mismo camino junto a la ONG que lo ayudó a él. “Quiere encontrar a su familia biológica y la voy a ayudar en todo lo que necesite”, concluyó esperanzado. Quiere que ella pueda ser feliz como lo es él.
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