
La novela de Alejandro Dumas, inspirada en la vida de una cortesana de vida licenciosa en la París de 1840, que en la ficción tomó el nombre Margarita Gautier —una mujer que terminó sucumbiendo víctima de la tuberculosis—, fue un éxito y tuvo un alto impacto. Verdi compondría la ópera La Traviata (La Extraviada) y hubo películas adaptadas. Fue una historia tan popular entonces que en la sociedad porteña, cuando se hablaba de alguien había contraído tuberculosis —una enfermedad estigmatizante— decían que tenía la Dama de las Camelias.
Era una dolencia implacable que entonces no tenía cura y fueron muchos los médicos que dedicaron sus vidas a investigarla y combatirla. Uno de ellos fue el doctor Enrique Tornú.
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A pesar de su juventud, era un profesional avanzado para la época. Había nacido el 1 de septiembre de 1865, estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires y luego ingresó a la facultad de medicina de la UBA y a la par trabajaba en el Instituto Geográfico.
Cuando había cumplido tres años de estudios, viajó a Francia, ya que fue empleado como segundo secretario en la legación argentina que funcionaba en París. Allí continuó sus estudios en la facultad de medicina de Burdeos.
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En Europa se interiorizó de una cuestión que sería su norte en su corta vida: la lucha contra la tuberculosis. Allí escribió trabajos sobre “Profilaxia de la tuberculosis” y “Tratamiento de la peritonitis tuberculosa”, entre otros.
En sus prácticas en el Hospital San Andrés de Burdeos, trabajó junto a Albert Pitres, un profesor de anatomía, patología e histología, quien además era un reconocido neuropsiquiatra.
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Aún siendo estudiante fue ayudante en la cátedra de anatomía topográfica en la facultad de medicina de esa ciudad y, gracias a sus investigaciones, fue aceptado como miembro en la Sociedad de Anatomía de París.
El 24 de marzo de 1893 se graduó de médico con una tesis que mereció el premio Godard.
Médico rural
Andrés Vaccarezza era un italiano que había llegado a la Argentina por 1848, terminó comprando campos en la zona que hoy es el partido de Alberti y es conocido por ser el introductor de las ovejas sajonas. Hombre culto, las primeras instituciones educativas, culturales y religiosas funcionaron en el casco de su estancia y aún se recuerdan esos ocho días con sus ocho noches, que pasó a la historia local como “la gran polvareda”, en el que una implacable sequía hizo que una continua nube de polvo levantada por los vientos que corrían libres ya que no existían montes en la zona, no dejasen ver el paisaje, según contaron a Infobae desde la Secretaría de Gestión Cultural y Promoción del Patrimonio de dicho municipio.
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Vacarezza conoció a Elías Tornú, ingeniero del Ferrocarril Oeste, que estaba trabajando en el tendido de vías y en la construcción de estaciones. En la casa de Vacarezza fue donde por un tiempo vivió el joven Enrique, donde se desempeñó como médico rural. Aún estaba fresco el recuerdo de la epidemia del cólera en la zona. Su paso por el lugar fue casi circunstancial, ya que el médico tenía otras preocupaciones en mente.
Se estableció en la ciudad de Buenos Aires, donde fue jefe de clínica en el servicio de ginecología del entones Hospital San Roque, hoy Ramos Mejía, y también trabajó en el Hospital Francés.
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Entre el 1 de julio de 1898 y el 15 de abril de 1900, en su calidad de delegado honorario en Córdoba del Departamento Nacional de Higiene, se ocupó en recorrer la provincia desde Capilla del Monte pasando por diversas localidades hasta Ascochinga a fin de localizar los mejores lugares donde tratar a los enfermos por tuberculosis. su labor fue destacada por los principales diarios del país.
Tornú, en consonancia con las ideas en boga en Europa, consideraba que el clima jugaba un rol importante en el tratamiento de la enfermedad. Muchas veces durmiendo a la intemperie o en carpa, estudió distintas localidades de la provincia mediterránea con el fin de instalar sanatorios especializados.
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A su regreso, compiló sus experiencias en tres trabajos: Climatología médica de las sierras de Córdoba; La cura de altitud y Apuntes sobre tuberculosis y sanatorios.
Sus estudios e investigaciones contribuyeron para que el 24 de junio de 1900 en el hermoso valle cordobés de Punilla se levantase el Hospital Colonia de Santa María, dedicado al tratamiento de tuberculosos. Al frente del proyecto estuvo el tisiólogo Fermín Rodríguez. Dicho establecimiento nación como una “estación climateríca” y en 1968 se reconvirtió en un hospital psiquiátrico.
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Por lo general, a los pacientes se los enviaban a distintos lugares, pero no se tomaban las medidas higiénicas y de tratamiento adecuadas. Por eso se consideró que un punto clave en la lucha contra esta enfermedad era la conformación de una institución acorde. Estuvo entre los impulsores de la creación de la Liga Argentina contra la Tuberculosis, fundada el 11 de mayo de 1901, en una ciudad donde vivían 850 mil personas y la mortalidad era de 192 cada cien mil habitantes. En ese instituto, Tornú fue uno de los vocales.

Comenzó a funcionar en el Departamento Nacional de Higiene y lo hacía duras penas con subsidios que siempre eran insuficientes. Sin embargo, su tarea trascendió las fronteras y su labor fue imitada en diversos países de América y Europa.
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El “médico apóstol”, se lo llamaba, se había enfermado. Y el 23 de agosto de 1901 se quitó la vida, un año después de la muerte de su padre. Tenía 35 años. Estaba casado con Martina Ojeda y tenía tres hijas: María Martina, María Celia y Enriqueta. El médico Benjamín Solari despidió sus restos en el cementerio de la Recoleta.
El 8 de octubre de 1904 se inauguró un sanatorio, iluminado a gas, dedicado al tratamiento de enfermos de tuberculosis. Habilitado al servicio en marzo del año siguiente, su primer director fue el doctor Emilio Coni, destacado profesional en la lucha contra esta enfermedad. Por un pedido de la Liga Argentina contra la Tuberculosis el establecimiento pasó a llamarse “Enrique Tornú”. Era el único establecimiento en la ciudad dedicado específicamente a la atención de tuberculosos. Muchos continuarían la obra de Tornú y de tantos médicos para erradicar una enfermedad que fue un verdadero flagelo, al punto que nadie se animaba a llamarla por su nombre.
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