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Adiós a mi perrita Lola, hasta que volvamos a vernos

La conmovedora despedida a quien fue la compañera de vida del autor y de María durante dieciséis años, nueve meses y seis días. Y la promesa del dulce reencuentro al que Lola llegará “como siempre, el mentón un poco bajo, la mirada hacia lo alto, la cola flameando feliz al viento”

Perrita Lola de Alberto Amato
Lola, cuando era joven y orgullosa, en la playa que tanto amaba
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No volveré a oírte ladrar. No volveré a verte dormir, ni a escucharte soñar con suaves quejidos y unas intensas sacudidas de cola. ¿Con qué soñabas, Lola? ¿Praderas, conejos, el asado en la casita del mar? No volveré a sentir tu aliento suave y tus dientes certeros tomar con delicada precisión el bocado de mi mano. No volverás a mirarme con tus grandes ojos marrones, limpios de presentimientos y de nubes…

Nos regalaste dieciséis años, nueve meses y seis días. Lo que duró tu vida. Creo que subestimamos un poco tu increíble astucia para meterte en nuestros corazones. En estos días, María dijo que ocupabas un espacio físico en nuestro interior; que tu partida dejó al descubierto esa parte vulnerable de nuestro cuerpo; y que allí fue donde taladró el dolor, que se ensaña y no cesa. Miguel, desde España, nos dijo que era tu mirada la que nos traspasaba. Y vos que parecías tan inocente.

Ahora somos nosotros los que te soñamos, Lola; te sentimos regresar de tus correrías, tibia y graciosa, en busca de una caricia, de un mimo, de la célebre rascadita de pescuezo-cómo-me-gusta-eso. Nunca pediste más. Nunca pediste nada. A estas paredes llegamos todos juntos: nosotros recién mudados, vos recién nacida. Esta fue tu casa, pero vos la hiciste nuestro hogar, le pusiste alma, voz y sentido y la dejaste en sombras con tu partida.

Hemos apagado la leve luz que dejábamos encendida para que alumbrara tus furtivos paseos nocturnales; hemos intentado llenar los huecos que dejaste y sólo logramos hacerlos más amplios, más hondos. Hemos guardado la toalla de secarte las gotas y el malhumor de los días de lluvia, hemos recogido el cuenco celeste que calmaba tu voracidad, hemos recogido tus espartanas pertenencias: la manta que ya no te abrigará este invierno, tu cepillo de dar brillo a tu pelo de tres colores, tu pretal, tu correa. Qué pocas cosas, Lola. Qué poco precisaste para que te imagináramos eterna.

Te vi crecer, te vi vivir, te vi morir. ¿Nos escuchaste Lola en tu último minuto? ¿Nos oíste decirte gracias por tanto mientras te invadía el sueño? ¿Supiste cuánto te íbamos a extrañar? ¿Te quisimos lo suficiente, perrita? Es verdad que te perdimos para siempre. Pero también es verdad que nunca serás parte de nuestro pasado. Siempre estarás a nuestro lado, siempre serás nuestro sostén, nuestro pedacito de mañana. Tus cenizas, Lola, por ejemplo, que es lo único de nosotros que se parece a la eternidad, descansarán ahora entre mis libros, no muy lejos de los objetos que recuerdan a John Kennedy, de quien te hablé tantas veces, aunque creo que vos te aburrías un poquito.

Perrita Lola de Alberto Amato
Alberto Amato y Lola, felices en un día de playa

Tengo algo para confesarte. Hace unas horas nomás, pasé casi distraído frente a tu camita que todavía dejamos, eso sí, en el rincón que te permitía vigilar la casa, nuestros pasos y el correr del día. Vi la leve oquedad que había dejado en ella tu cuerpo de soñar praderas y la suave hondura donde apoyabas tu cabeza. Y me pregunté, todo sucedió en un segundo, por cual rincón de la casa andarías, para recordar de inmediato, un latigazo, que estabas muerta.

Sin embargo, seguías allí, perrita, en el molde de tu ausencia.

Y allí seguirás, Lola, en el molde que tu ternura, tu tozudez y tu mirada limpia y buena urdió en nuestros corazones. En el de María, con quien tanto se comprendieron, pienso aún que ustedes hablaban en secreto, y en este corazón un poco ajado ya, que a lo largo de más de siete décadas vislumbró unas cuantas cosas, pero no puede ahora abarcar este dolido desconcierto.

Si algo de todo lo que nos contaron cuando éramos chicos es verdad Lola, y algo de todo lo que nos contaron cuando éramos chicos tiene que ser verdad, más temprano que tarde volveremos a vernos. Si ese día llega, con esa extraña intuición que te hacía saber unos minutos antes que yo llegaba a casa, serás la primera en enterarte. Vendrás a mí como siempre, el mentón un poco bajo, la mirada hacia lo alto, la cola flameando feliz al viento. Entonces hablaremos y nos acercaremos a la verdad.

Hasta que ese día llegue, Lola, perrita querida, gracias por tanto.

Descansa en paz. Fuiste una gran persona.

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