
En el norte de Mozambique se vive una catástrofe social y humanitaria. La irrupción del grupo terrorista Estado Islámico de Mozambique en la provincia de Cabo Delgado ya causó alrededor de 5 mil muertos y 700 mil desplazados desde que el horror comenzó en 2017, según informó Naciones Unidas.
Ya hace 24 años que ese país tocó el alma de un sacerdote católico argentino, el padre Juan Gabriel Arias. En el año 2000 llegó por primera vez a ese país africano de 27 millones de habitantes, de los que un 35% es católico y un 30% musulmán, aunque estos son mayoría en el norte. Primero hizo viajes esporádicos. Y desde el 2015, tiene una presencia permanente en la Misión San Benedicto de Magundze, a 240 kilómetros de Maputo, la capital, y a 35 kilómetros de Xai Xai, la capital de la provincia de Gaza.
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Una de las primeras cosas que hizo fue pintar de celeste y blanco su parroquia, donde también llevó una imagen de la Virgen de Luján. Con espíritu emprendedor, comenzó a cambiar la realidad de su congregación: construye casas de material y pozos de agua, está erigiendo una maternidad. Su última acción fue conectar con una empresa argentina, The Future Co., que desarrolló, en una zona rural, aislada del mundo, un proyecto que incluye dar agua, electricidad, conectividad, tecnología, deportes, escuela y hospital a toda una comunidad. Como explica, “es el primero que hacen, gratis, para mostrar. Luego le venderán el proyecto a gobiernos, ONG, fundaciones…”. No es todo: desde hace un tiempo también envía jóvenes de su comunidad a estudiar a la Universidad Católica Argentina, aunque últimamente se le hace muy caro: cada visado cuesta mil dólares. Y recorre las 44 parroquias de la misión -la más lejana a 90 kilómetros- en una camioneta blanca que consiguió gracias a una donación del Papa Francisco. Allá lo llaman, en lengua shangan, “Mofundis Joao” o “Mofundis shtsongu”, que significa “Padre del pueblo”.
Todo esto que construyó paso a paso, puede estar amenazado en poco tiempo. A pesar que la provincia donde se encuentra Arias está al sur, a unos 2000 kilómetros del corazón del conflicto, cuenta que hay “tristeza y temor” por lo que podría suceder en el futuro. Mientras se recupera de una cirugía de espalda que le practicaron hace tres semanas por una infección, le cuenta a Infobae que la situación en el norte del país “está mucho peor de lo que dice la ONU”.
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“Esto comenzó en 2017 con mucha fuerza. Luego intervino el gobierno de Ruanda y otros países cercanos a Mozambique y se replegaron un poco. Pero ahora volvió”, comenta. El cura argentino describe que Cabo Delgado, la zona donde por ahora se mueve la organización terrorista, “es la región más rica del país. Tiene gas, minerales preciosos, diamantes, petróleos. La empresa Total (de capitales franceses) trabaja allí en un yacimiento de gas que, dicen, es el tercero más grande del mundo”.
Un problema que tienen el resto de los mozambicanos es la poca información que reciben sobre los ataques. “El gobierno minimiza la situación, como hizo al principio. Dicen ‘ahora no es grave, no es para tanto’. Pero las noticias que llegan son terribles. Casi no salen en los noticieros locales, pero sí circulan por internet. Si algo así sucediera en Argentina, estaría las 24 horas en pantalla. Yo, por ejemplo, tengo un joven de la parroquia que está luchando allá con el ejército, pero la están pasando mal, porque son fuerzas armadas poco equipadas, con mínima preparación. Además, las fuerzas de Ruanda se replegaron, igual que las del SADC, la unión de países del África Subsahariana, en especial Sudáfrica, que no están tan activos”, cuenta. A mediados de febrero, por ejemplo, 25 militares fueron asesinados en un ataque de Estado Islámico en la localidad de Mucojo. La lucha recrudeció luego de la muerte, en 2023, del líder local de Estado Islámico, Bonomade Machude Omar.
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Sobre el enemigo al que se enfrentan, señala el cura que “no son musulmanes normales, con los que tenemos una convivencia fantástica. Ellos tampoco los reconocen como propios. Son fundamentalistas islámicos que llegaron desde otros países, algunos dicen que de Tanzania. Y como aquí la situación económica es mala, también contratan jóvenes locales como soldados o raptan gente”.
Cuando llegan a alguna población, explica Arias, “hacen cosas terribles. Al entrar a un pueblo a matar, primero buscan a los cristianos. Y de inmediato van donde está la parroquia católica, destruyen el templo y las casas de los curas, todo. Muchos sacerdotes se fueron, entre otras cosas por pedido del obispo, para no exponer a la gente. Porque donde el cura se queda, la gente no se mueve. Los curas extranjeros que se quedaron en esa provincia tienen que firmar una carta al obispo, donde expresan que se quedan por libre voluntad y que no aceptan que se pague un rescate si los raptan. Porque sucedió hace unos años que secuestraron a una monja italiana y la Iglesia pagó un rescate. La consecuencia fue que acusaron a la Iglesia de apoyar a los terroristas, aunque hubo asesinato de monjas. Es una situación complicada, están en aldeas que no tienen seguridad, nada…”.Según Arias, todas las iglesias de la provincia de Cabo Delgado fueron destruidas.
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Hasta el momento, dice, el Estado Islámico de Mozambique (al que al principio llamaban Al Shabad) no comunicó un objetivo explícito, aunque algunas publicaciones hablan de erradicar a los cristianos para que sólo habiten musulmanes. Para Arias, “hay teorías. La principal es que buscan crear una gran nación islámica con Mozambique y países vecinos con ejércitos débiles. Las pocas veces que publicaron videos dicen que irán contra los herejes. También se especula que detrás puede estar el tráfico de drogas, por eso tomaron islas y controlan el paso de los barcos”.
En la actualidad, la ONU hace esfuerzos para paliar la situación de los desplazados, que se agolpan en provincias vecinas, como . Según Naciones Unidas, necesitarían 400 millones de dólares para ayudar a los desplazados de Mozambique, y sólo han recibido compromisos por el 5% de esa cifra, como admitió Robert Piper, el asesor especial sobre desplazados internos del Secretario General de la ONU, António Guterres. Arias ve la situación con cierto escepticismo: “es imposible dar de comer a 700 mil personas de golpe”.
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