
No quieren que las tomen por locas y no aparentan estar locas. No reciben a Infobae con aullidos ni lágrimas por Taylor Swift. No buscan alimentar -aunque ya se mostraron por TV- hipérboles mediáticas en torno de la “locura swiftie”. Parecen, más bien, una patrulla enfocada en organizarse para una misión ardua pero placentera: ver lo más cerca posible a la estrella pop que más admiran, Taylor Swift -que ayer agotó las entradas para tres River-, o a la que más admiran junto con Harry Styles y Louis Tomlinson. Es cierto: el dato de que acampan desde la semana pasada en la calle para las noches de The Eras Tour, el 9, 10 y 11 de noviembre en el Monumental, suena un poco excesivo: les queda por delante un fragmento de otoño, el invierno entero, gran parte de la primavera, los partidos de River, las elecciones presidenciales; en fin, la eternidad que puede significar cinco meses en la Argentina.
Las carpas de las chicas -casi no hay muchachos en el operativo- son cuatro y están numeradas de acuerdo al orden de llegada. El miércoles 31 de mayo se instaló la número 1 en Av. Figueroa Alcorta al 7300, junto a la reja de entrada del Club Hípico Argentino, lindante con el estadio de River. El viernes 2 de junio, detrás de la 1, se ubicaron la 2 y la 3; el sábado 3, en el último lugar de la fila, la 4, en donde ahora hay una chica trabajando a distancia: “home office”, nos dicen sus compañeras, aunque bien podrían haber dicho “carpa office”. Un escollo a sortear: ahora no cuentan, como sí contaron durante el campamento de espera de Harry Styles (para los shows de diciembre del año pasado), con el wifi de River, aunque no quieren ahondar en el tema. “En el caso de Harry estuvimos más tiempo acampando acá: seis meses; de hecho, muchas nos hicimos amigas durante esa espera”, nos cuenta Maia, de 24 años, integrante y aparente líder de la carpa 1.
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Después nos explica que el grupo de su carpa -en la que están por incorporar un colchón doble, para atenuar los efectos del cemento debajo de las caderas y costillas- está constituido por... cincuenta personas. Esperen: no se trata de una carpa circense ni de una lata de sardinas marca Swift, Taylor Swift. “Somos cincuenta chicas que vamos rotando. Manejamos todo desde una planilla Excel. Nos organizamos de acuerdo a las obligaciones de cada una: trabajo, estudio; en general somos cuatro o cinco en cada carpa. Hasta ahora, yo fui la que se quedó más tiempo de corrido: dos días. Y ayer hice guardia de 24. Venimos entrenadas de los recitales de Harry (Styles) y de Coldplay”, explica Maia, que está en el tramo final de la carrera de Medicina y acaso de ahí tomó la expresión “guardia de 24″.
Las chicas aseguran que los partidos de River no las complican (el primero con ellas a 100 metros, el sábado pasado, tuvo que ser suspendido por la muerte de un simpatizante), que los hinchas son respetuosos (“Por acá se entra a un sector cheto, gente que no te molesta”), que la policía las custodia aunque no haya un acuerdo oficial al respecto (“No pedimos permiso para instalarnos; simplemente lo hicimos, porque ya nos conocen”). Usan el baño en una estación de servicio que está enfrente o de un restaurante en el que las obligan a consumir. Algunos empleados del club les calientan agua para el mate. No se cocinan con garrafitas. Llevan la comida desde sus casas o piden delivery. ¿Cómo? Sí, vía aplicaciones. “Ya saben dónde estamos -asegura Julieta, de 22 años, que también estudia Medicina y trabaja de extraccionista (de sangre)-. Yo escribo la dirección del Club Hípico y pongo “Frente a la Universidad Di Tella, Departamento Carpa 1″. Al rato llegan los pedidos en moto o bicicleta”.
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Juran que no pasan frío, que tienen buenas bolsas de dormir, frazadas y aislantes, que las carpas -sobre todo la 1- es noble, que el calor humano siempre funciona. Hubo, admiten, algunos chispazos intercarpas, por diferencias en los criterios organizativos. Los solucionaron por la vía diplomática porque no querían la intervención de la policía ni complicaciones que pusieran en riesgo la estadía. “No hablamos de política ni de religión, porque dividen”, nos aclara Sofía, de la carpa 2, 21 años, estudiante incipiente de Física, que ayer tuvo una entrevista de trabajo por zoom desde su carpa. Ella también es veterana del acampe de medio año por Harry; la carpa 2, admite, está menos equipada que la 1. Pero su grupo, de cuarenta personas, “lo está solucionando”.

El grupo de la carpa 2 se armó vía Twitter y redes sociales. En todos los casos -vamos a decir dos obviedades- las acampantes tienen entradas para el campo (sería absurdo pasar cinco meses a la intemperie teniendo una ubicación determinada) y son fanáticas de ciertas estrellas pop, aunque, como ya lo explicamos, no quieren caer en los clichés de las groupies. Juran que aún no saben en qué hotel va a estar Taylor Swift: arriesgan uno, pero adelantan que no piensan ir. “Eso es al pedo. Va muchísima gente y a lo sumo los artistas te saludan con la manito. Esto de las carpas tiene, en cambio, un sentido práctico: estar lo más cerca posible del escenario”, explica Maia, que atesora entradas para los tres shows. “Me ayudaron mucho mis amigas para conseguirlas. Tengo campo delantero para los dos primeros shows; y campo trasero para el tercero, ahí cambio la perspectiva”.
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Las demás tienen sus entradas, pero no se conforman. Quieren estar, como Maia, en los tres shows. Si tienen que recurrir al mercado blue, están dispuestas a hacerlo, pero no informan más que eso: el tema es tabú. De cualquier forma, hay que reconocer que son hábiles o afortunadas, o ambas cosas: ayer hubo nada menos que 3 millones de fanáticos formando fila virtual de All Access para intentar comprar las últimas entradas.

La ausencia casi total de varones en el campamento/toldería Taylor Swift no sólo se explica desde los gustos o disgustos musicales. “Hay chicas que quieren tener su intimidad y que no se complique la convivencia. Acá tenemos normas, como dormirnos a las 22 o por lo menos no hacer ruido desde esa hora”, aseguran. Según ellas, el grupo actual no va a crecer exponencialmente: arriesgan que, cuando falte un mes para el primer recital, las carpas no superarán la decena o la docena. “Ya lo vimos en el caso de Harry. Todo el mundo cae en los últimos días. En el caso de Harry, dos semanas antes había una cola hasta avenida Monroe”.
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Al final, repiten que la experiencia del acampe de meses es compleja desde lo organizativo (“Hay chicas que no cumplen con los relevos”) pero muy disfrutable (“Vamos conociéndonos y formando una especie de comunidad”). No quieren un exceso de exposición mediática, porque la aparición en TV hizo que se acercaran demasiados curiosos y que se escribieran notas en las que ellas se percibieron un poco estereotipadas. “Queremos dar una imagen cuerda”, dice Maia. Y agrega: “La verdad es que estoy mejor acá que en mi casa”. Dentro de una eternidad de cinco meses, llegarán sus tres noches soñadas.
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