Dicen que en la casa de Cantilo 4575 habita un fantasma. Allí, donde vivió Diego Armando Maradona, y luego Don Diego y Doña Tota -los tres que miraron desde el cielo levantar la tercera Copa del Mundo argentina a Lionel-, aseguran que un espíritu travieso y juguetón transita por las cuatro habitaciones del primer piso, baja por escalera de mosaico y azulejos amarillos, pasa por la barra del bar semicircular, llega al living en desnivel, saluda a la Virgen de Luján que hallaron en una caja los nuevos dueños y le rezó el plantel del ‘86 en México, a la réplica de la Copa del Mundo y pica para el jardín, la enorme piscina con forma de riñón y llega hasta la parrilla. Está dando la vuelta olímpica, seguro.
Hoy, 18 de diciembre, el fantasma tuvo que apelar a todas sus gambetas. A todos los sortilegios. A todo el poder de su magia. La casa pareció un estadio. En la puerta hasta había policía, y se franqueó la entrada a cuentagotas. No obstante, el lugar estuvo repleto. Hubo tres pantallas gigantes -dos adentro y una afuera, en el patio-, tres livings debajo de gazebos donde se enciman los amigos del nuevo dueño de casa, curiosos y ex jugadores de fútbol como Juan Ignacio Mercier, Sebastián Torrico y Clemente Rodríguez.
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Está el césped sintético que cubre el patio y tuvo un motivo para ser colocado: en 1983, Maradona sufrió una fractura de tobillo en España, cuando jugaba en el Barcelona, producto de un golpe criminal de Andoni Goicochea. Su preparación se trasladó a esta casa, y pusieron la alfombra verde para que comenzara los ejercicios de recuperación.
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En la previa se pasaron los goles de Diego y Lionel. Y se cantó. Hubo trompetas, cuatro bombos con la imagen de Diego, de Messi, del escudo de la AFA, de Boca. A pesar del calor, los bombos empezaron a sonar temprano. Se encendieron bengalas de humo azul y los primeros atrevidos se lanzaron de cabeza a la pileta. El “Tano”, de la hinchada de Boca, llevó la voz cantante. “Vinimos desde el partido pasado contra Croacia. Terminó y el dueño me dijo ‘Tano, venite con más bombos y más trompetas’”. Para él, estar aquí viendo esta final es “un sueño cumplido en vida. Por mi edad vi campeón al Diego, lo vi volver a Boca, retirarse en Boca. Y estar en la casa de él… no lo puedo creer. Ya el partido pasado lloré mucho cuando terminó, mi hijo se llama Diego Armando, tiene 17 años y es una locura estar acá. Hoy jugamos con 12, estoy convencido que Diego nos dio una mano”.
Desde el fondo llega un olor particular. Argentino. Bien criollo. Tres amigos del dueño, Nicolás, Javier y Gonzalo, asan 250 kilos de carne: ojo de bife y vacío. Lo hacen “de onda”, dicen, no se cobra nada allí. Todo es esperanza. Pero los estómagos estuvieron cerrados hasta después de los penales. No fue así con las gargantas.
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El dueño de la casa es Ariel García, empresario. Está eufórico, emocionado. “Esto es una fiesta, me hace recordar al ‘86, al ‘90″, cuenta entre abrazos. “A Diego lo conocí pero de lejos, lo veía. Fue el que más alegrías le dio a los argentinos” y hoy le toca a Messi”.
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La historia de cómo se hizo propietario de esta mansión de Villa Devoto roza lo increíble. “Fue muy loco. Estaba en casa, en pantalón corto, en patas, me pongo a leer el diario y decía que hacía un año y pico estaba a la venta y como no había compradores la iba a compar una constructora para demolerla y hacer un edificio. Pensé ‘no puede ser’... Era como tirar abajo la casa de San Martín o Belgrano... Lo llamé a un amigo, le pedí el teléfono de Adrián Mercado, que me lo confirmó, me dijo ‘y pero ninguno pone la plata’. Le dije ‘dame 15 minutos que voy y la seño’. Le mangueé a un amigo 50 mil dólares en billetes de 100, fui y la señé. Me la entregaron antes del segundo partido, la abrí y seguimos…”. El precio final fue de 900 mil dólares.
Con él está Marcela Vozza, su esposa, sus hijos Nicolás (20) Alma 12 Mora 10 y sus sobrinas. Marcela era vecina, conoció a Maradona. “Él de joven siempre iba al club All Boys, donde lo conocía mucha gente, mi papá fue diariero de toda la vida de Jonte y Bermúdez, pasaba con la Ferrari por Segurola, donde estaba mi casa, paraba y saludaba. En el ‘86 yo tenía seis años, mi papá me trajo a festejar. Era una emoción, era el Diego”. Y cuenta los motivos íntimos que llevaron al matrimonio a abrir la casa. “Nosotros el 12 de noviembre tuvimos un accidente con uno de nuestros hijos, Nico. Le desfiguraron el rostro en un boliche, perdió la visión del ojo izquierdo. El día que nos entregaron las llaves, vinimos después de un control que le hicieron. Nico salió al parque y sonrió por primera vez. Hasta ese momento no había visto el Mundial. Y por eso se decidió abrir la casa y hacer esto”.
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¿Qué harán después con el inmueble? Aún no saben. “Esta casa va a quedar intacta, ya veremos qué hacer, si un museo, si un hotel…”, cuenta Marcela.
Hay un vecino, Manuel, que llora, que nunca pudo entrar acá. “Lo que hicieron estos muchachos de corazón, es lo que vale. Y espero que lo valoren y nunca dañen esta casa, que nadie ni siquiera apague un pucho en el piso”
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Con el pitazo inicial del juez polaco el nerviosismo se apoderó del lugar. Después, el partido se vio como en cualquier casa de la Argentina. Con alegría al principio, con zambullidas en la pileta en los goles, con cantos, con gritos, con euforia. Y con alguna lágrima de zozobra y tensión cuando Francia empató en apenas dos últimos cuando faltaban diez. Igual fue el alargue: el desahogo cuando parecía que la historia de México ‘86 se repetía dio lugar a la angustia. Y en los penales, cuando las manos del Dibu Martínez se hicieron más grandes que el arco, se desató el festejo definitivo.
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La Copa dejó el altar del living y empezó a pasar de mano en mano. La pileta fue la pila bautismal de los más chicos, que ni habían nacido la última vez que Argentina gritó campeón, en el ‘86, de la mano de Maradona.
Dicen que en la casa de Cantilo 4575, en el barrio de Villa Devoto, habita un fantasma. Y dicen que hoy está feliz. ¡Fua, el Diego!
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