
Ese 14 de noviembre, día de calor sofocante en Ayohuma, una meseta que en quechua significa “cabeza de muerto”, fue la perdición para “La Negra” Remedios, a la que los soldados llamaban cariñosamente “tía María”. Herida, fue una de los 500 prisioneros de los realistas.
El enemigo no tendría ninguna compasión con esta mujer de la que se ignora la fecha exacta de su nacimiento, que habría ocurrido entre 1766 y 1768 en la ciudad de Buenos Aires. Lo que sí queda claro es que su existencia estuvo marcada por las guerras. Primero, dicen que ayudó a echar a los ingleses en 1807 y cuando el 7 de julio de 1810 partió desde los cuarteles del Retiro el Ejército Auxiliador, ella fue de la partida. Tenía sus razones: iban su marido y sus dos hijos, uno de ellos adoptado.
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Estuvo en la División de Bernardo de Anzoátegui, capitán de la 6ª Compañía del Batallón de Artillería Volante. Este oficial recordaría cómo María -“parda” o “morena” para los registros militares- cuidaba de los soldados, suboficiales y oficiales, les lavaba la ropa y atendía sus heridas.
Cuando el ejército arribó a Potosí, estuvo a las órdenes del veterano coronel José Bonifacio Bolaños. Allí recibió su primera paga, 20 nacionales. Cuando ocurrió la derrota de Huaqui el 20 de junio de 1811, bajó a Jujuy.

Resulta difícil determinar las circunstancias de la muerte de su esposo y de sus hijos. Ella continuó en el ejército, y cuando participó del Exodo Jujeño, ya era conocida por todos como “la tía María”.
Belgrano le negó su solicitud de atender a los heridos en la batalla de Tucumán. El creador de la bandera no quería saber nada con mujeres en los campos de batalla.
No se dio por vencida, y se las ingenió para colarse primero en la retaguardia y luego en el campo de batalla cumpliendo su cometido. Belgrano, sorprendido por su heroísmo y arrojo, terminó por ceder, la nombró capitana y de ahí en más sería la única mujer que podía seguirlo en el combate. Fue una de las mujeres a las que se le pagarían sueldo de oficial. Otra fue Manuela Pedraza, “la tucumanesa”, por su desempeño durante las invasiones inglesas, lo que le valió ser ascendida a alférez con goce de sueldo.

Del Valle también estuvo en Vilcapugio, y en Ayohuma, el tucumano Gregorio Aráoz de Lamadrid se admiró al verla, junto a otras dos mujeres, llevando sobre sus cabezas cántaros con agua fresca, ignorando el intenso cañoneo.
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Herida de bala, cayó prisionera. Aún cautiva no se mantuvo quieta. Asistió a los maltrechos prisioneros patriotas, y a algunos los ayudó a escaparse. Fue castigada por orden de los jefes Joaquín de la Pezuela, Juan Ramírez Orozco y Miguel Tacón a ser azotada durante nueve días. Estuvo siete veces a punto de ser fusilada.
Un día logró fugarse. Ya no estaba Belgrano así que buscó a Martín Miguel de Güemes.
Fue cuando se le perdió el rastro.
Años después fue descubierta en la ciudad de Buenos Aires. Pedía limosna en la puerta de las iglesias y frente al Cabildo. Vivía en las afueras y algunos la llamaban “la capitana”. Fue el veterano general Juan José Viamonte, en ese momento diputado, quien la descubrió en ese estado. La mujer había ido a verlo a su domicilio en busca de ayuda, pero el militar, sin saber quién era, se había hecho negar.

Viamonte llevó su caso a la Sala de Representantes. “Ella tiene derecho a la gratitud argentina, y es ahora que lo reclama por su infelicidad”, decían. Había logrado que la representase Manuel Rico, un militar veterano del Ejército del Norte. Había pedido, sin suerte, una compensación de seis mil pesos, contando las actualizaciones desde la disolución del ejército del norte.
Pobre Remedios. Había sido víctima de los españoles, luego del olvido y la esperaba un enemigo aún más implacable, la burocracia.
En 1826 comenzaron las gestiones para otorgarle una pensión. El 24 de marzo de 1827 el ministro de Guerra mandó su expediente a la Sala de Representantes, para que resolviese qué hacer. Su pedido ingresó el 25 de septiembre pero recién se discutiría el 18 de julio del año siguiente. A través de los testimonios de Viamonte, Gregorio Aráoz de Lamadrid, de Tomás de Anchorena -quien fue secretario de Manuel Belgrano en el norte- y de Hipólito Videla, quien estuvo prisionero junto a ella, todos conocieron su historia y se asombraron de sus cicatrices, además de las marcas de los azotes que había recibido de los españoles. “Seis cicatrices feroces de bala y sable. Su caro esposo, un hijo y un entenado que han expirado en las filas de los libres”.

Propusieron llamarla “Madre de la Patria”. Por unanimidad se le otorgó un sueldo correspondiente al de capitán de infantería, a pagar desde el 15 de marzo de 1827, que es cuando había iniciado el largo trámite burocrático ante las autoridades. La Sala de Representantes también dispuso que se publicase su biografía en los diarios y se le erigiese un monumento.
Nada de esto se cumpliría. Y la paga la recibiría salteada.
Sería Juan Manuel de Rosas quien el 16 de abril de 1835 la efectivizó como sargento mayor y se aseguró que recibiese sus sueldos como correspondía. En agradecimiento, ella le pidió permiso e incorporó Rosas a su apellido.
Su necrológica se resumió en un registro del ejército, fechado el 8 de noviembre de 1847: “Baja. El mayor de Caballería Doña Remedios Rosas falleció”.
Una calle, pegada a la autopista Perito Moreno, cerca del Parque Avellaneda y un par de escuelas, en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires llevan su nombre. Desde el 2013, el 8 de noviembre es el día del afroargentino y de la cultura afro, en homenaje a la “Tía María”, que se la jugó entera en los tiempos en que la Patria nacía.
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