
A las 17 horas del 13 de septiembre de 1955, un desconocido ciudadano, herido por un cáncer que no podía detener (y del que no hablaba), con 14 pesos en su bolsillo y portando un maletín que contenía su viejo uniforme de general de la Nación, se subía al ómnibus que lo trasladaría a la provincia de Córdoba.
Poco antes de partir, el general retirado Eduardo Ernesto Lonardi había conversado con el coronel Eduardo Señorans y éste le había sugerido postergar unos días el movimiento “para poder coordinar las pocas unidades que podían sumarse en el litoral”. Lonardi respondió que no era posible y que ya habían sido dadas las órdenes para el 16. En la estación de Once recibió las últimas novedades que le ofreció el mayor Juan Francisco Guevara.
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Todo estaba enmarcado en la incerteza: solo contaba con la determinación de la Marina y un grupo de oficiales que lo esperaban en Córdoba. Su yerno le ofreció dinero y Lonardi agradeció diciendo: “Catorce pesos me alcanzan para llegar a Córdoba. Allí, si la revolución fracasa no necesitaré dinero, y si triunfa no lo precisaré para mi regreso.”
Cuando se anunció la partida y el pasaje subía al transporte, Guevara le sugirió un santo y seña para poder sortear los retenes revolucionarios. La consiga era “Dios es justo”.
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El jueves 14, Lonardi llegó a Córdoba. Con el paso de las horas, dentro de la mayor discreción, el futuro jefe de la revolución mantendría otras reuniones con oficiales de varias guarniciones y recibiría informes. Para todos tenía la misma instrucción: “Hay que proceder, para asegurar el éxito inicial, con la máxima brutalidad.”

El viernes 15, Lonardi, después de almorzar, se trasladó a una casa en la localidad de Arguello, detrás de la Escuela de Artillería, a esperar la Hora O. Este día, cumplía 59 años. A la una de la madrugada en punto, Lonardi, Ossorio Arana, otros oficiales y algunos civiles detuvieron al director de la Escuela de Artillería, coronel Juan Bautista Turconi. A las tres de la madrugada el disparo de una bengala roja marcó el inicio del combate contra la Escuela de Infantería. Había comenzado el levantamiento castrense contra Perón.
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El mediodía del mismo 16, aparecía en escena la poderosa Flota de Mar, sublevada en Puerto Madryn, la Escuela Naval y la Flota de Ríos en la que constituiría el almirante Isaac Rojas la comandancia de la Marina de Guerra en Operaciones. El sábado 17, comenzó el levantamiento del II Ejército en San Luís y al mismo tiempo se unían a Lonardi aviadores de la Fuerza Aérea con sus máquinas Avro Lincoln.
El domingo 18, Isaac Rojas trasladó su comando al crucero 17 de Octubre y ya había ordenado “el bloqueo de todos los puertos argentinos”, según el comunicado de la Marina de Guerra. El lunes 19 se bombardeó la destilería de Mar del Plata y luego se intimó al gobierno a rendirse bajo la amenaza de bombardear la destilería de La Plata y objetivos militares de la Capital Federal.
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La respuesta del gobierno llegó a las 13, cuando el Ministro de Guerra leyó por radio un mensaje de Juan Domingo Perón al Ejército instando a una tregua para poner fin a las hostilidades: “El Ejército puede hacerse cargo de la situación, del orden, del gobierno, para buscar la pacificación de los argentinos antes que sea demasiado tarde, empleando para ello la forma más adecuada y ecuánime.” Acto seguido, el general Franklin Lucero constituyó una Junta Militar para entenderse con los rebeldes.
La nota de Perón era ambigua, confusa, y no estaba claro que constituía una renuncia (que debería haber sido presentada al Congreso de la Nación). Desde Córdoba, Lonardi le escribió a Lucero: “En nombre de los Jefes de las Fuerzas Armadas de la revolución triunfante comunico al Señor Ministro que es condición previa para aceptar (una) tregua la inmediata renuncia de su cargo del Señor Presidente de la Nación.” Perón, durante una reunión con la Junta Militar –llevada a cabo en la residencia de la avenida Libertador, a las 22 horas- había intentado reafirmar su autoridad. Negó que su nota fuera una renuncia y les dijo a los generales que ellos se ocuparan de lo militar porque “para las cuestiones políticas estoy yo, no se preocupen”. Horas más tarde, el general Ángel Manni le dijo por teléfono que se aceptaba su renuncia y le dio un consejo: “Ponga distancia cuanto antes”.
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El 20 los diarios anunciaban que Perón había renunciado. El mismo día por la noche, Lonardi, urgido por la situación, decretó que asumía “el Gobierno Provisional de la República con las facultades establecidas en la Constitución vigente y con el título de Presidente Provisional de la Nación”. Entre su viaje a Córdoba y su asunción como Presidente Provisional de la Nación solo habían transcurrido siete días. Aquello que debía durar varios meses apenas se prolongó una semana. El gobierno de Perón se cayó cual castillo de arena al menor empellón.
Ahora, el ex Presidente de la Nación preparaba su largo viaje al exilio. Él pensaba que no duraría mucho su permanencia en el exterior pero lo cierto es que hubo de esperar casi dos décadas. No le creyó a Raúl Bustos Fierro cuando éste le dijo que el largo exilio sería “de imprevisible duración”.
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Perón: -Largo, bueno, ¿cuánto de largo?
Bustos Fierro: -Largo de años mi General, muchos años, acaso para nosotros de toda la vida. Sólo Dios sabe si algún día veremos nuevamente la tierra natal.
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El viernes 23, miles de argentinos salieron a las calles a vitorear a Lonardi y Rojas. El jefe de la revolución aterrizó en Aeroparque y junto con los generales Justo León Bengoa y Julio Lagos se desplazaron hasta la Plaza de Mayo, donde eran esperados por decenas de miles de ciudadanos. Durante el trayecto hacia la Casa de Gobierno, Lonardi le ofreció a Bengoa el cargo de Ministro de Ejército y le dijo: “Quiero que lo designe comandante en Jefe del Ejército al general Lagos aquí presente y jefe del Estado Mayor al general Pedro Eugenio Aramburu”.
El jefe triunfante ignoraba por cierto un intercambio de palabras de horas antes entre Bengoa y Aramburu. Resulta que Bengoa se había hecho cargo de la Policía Federal y, en calidad de tal, mandó buscar a un grupo de militares que habían fracasado en el noreste y se mantenían cercanos a Paso de los Libres durante los enfrentamientos castrenses. Uno de esos oficiales era Aramburu.
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Según relató Bengoa en la intimidad, el 23 a la madrugada, le comentó que iba a recibir a Lonardi en Aeroparque y le pidió que lo acompañara. “Yo no voy a ir”, le dijo Aramburu y agregó: “¿Quién es Lonardi? ¿Por qué está mandando y tomando medidas, quién le ha dicho que sea el Presidente de la República?”. Bengoa, sin alterarse, le comentó que no podía haber discusión al respecto porque “es el vencedor en este momento; a algunos les ha ido mal, como le ha ido a usted a pesar de que ha actuado, le tocó a Lonardi bailar con la más fea y ha tenido éxito. ¿Cómo no va a ir usted? Me parece que no es lo que corresponde.”
Aramburu le dijo: “Acá somos varios generales los que hemos actuado, además en todo caso cuando venga Lonardi nos juntamos en una mesa en la Casa de Gobierno y ahí entramos a discutir qué es lo que hay que hacer y cómo se arreglan las cosas y en última instancia quién se va a hacer cargo de esto.” Bengoa volvió a responderle, diciendo que el tema “está liquidado, acá hay una cabeza que las circunstancias han impuesto, por mérito propio incluso, de manera que yo creo que esto que usted plantea no corresponde”. Finalmente, Aramburu aceptó ir al Aeroparque y Bengoa lo lleva en su automóvil.
Al momento de asumir como Presidente Provisional, Lonardi leyó un discurso a la multitud volviendo a repetir la consigna de Justo José de Urquiza tras la batalla de Caseros (1852): “Ni vencedores ni vencidos”. Su primer decreto presidencial fue designar al contralmirante Isaac Francisco y Rojas como vicepresidente de la Nación.
Cuando el general Eduardo Lonardi se hizo cargo del poder la propia revolución que él había llevado a la victoria se instaló en la Casa Rosada corroída por el germen de las contradicciones que no la dejaría aposentarse en el poder. Si, el jefe revolucionario imaginaba noventa días de combates para derrocar a Juan Domingo Perón, él, apenas, se mantuvo cincuenta días en la Presidencia de la Nación. Las propias pasiones desatadas antes y después del 23 de septiembre lo tumbaron.

El mismo día que asumió, durante un almuerzo que se sirvió en el crucero ARA General Belgrano, la esposa de Lonardi escucho decir al general Pedro Eugenio Aramburu: “Ésta ha sido una revolución sin Jefe”.
Mercedes Villada Achával se lo comentó más tarde a su marido, mereciendo como toda respuesta que Aramburu se expresaba así porque no había podido vislumbrar “el éxito de un movimiento que él podía haber encabezado”. Para algunos de los nuevos funcionarios o colaboradores, Lonardi tendría que limitarse a tomar el poder y después se decidiría quién iba a encabezar el gobierno de facto. Esta concepción solo conducía a Montevideo 1053, el domicilio de Aramburu.
Tras las designaciones en el gabinete ministerial y de asesores presidenciales, el almirante Teodoro Hartung fue quien mejor expresó la profundidad de la división entre quienes declamaban “ni vencedores ni vencidos” y los que habían llegado para hacer una “revolución”. El Ministro de Marina anotó en su diario: “Tanto Mario Amadeo como los hermanos Villada Achával, el mismo Lonardi y los nazis infiltrados en el gobierno respiraron satisfechos cuando supieron que Perón estaba a salvo en Paraguay. Con esta operación empezaron las diferencias de criterio en la conducción política del gobierno. Pronto se vio claramente que los nacionalistas, no pensaban romper la estructura totalitaria creada por Perón, sino utilizarla cambiando las cabezas dirigentes, pero siguiendo la línea dictatorial impuesta.”

La opinión del alto jefe naval fue escrita el 3 de octubre de 1955, el mismo día que Perón viajo a Paraguay. El 5 de octubre, mientras el canciller Mario Amadeo se ocupaba de los asuntos con el exterior, desconocía que ese mismo día, a las 11 de la mañana, avanzaban hacia el despacho presidencial del general Lonardi los dirigentes conservadores Rodolfo Corominas Segura, Adolfo A. Vicchi, Eduardo Augusto García y Vicente Solano Lima.
Cuenta Eduardo A. García, en su libro “Yo fui testigo”, que cuando entraban al despacho observó a Vicente Solano Lima que “se detenía en la puerta”. Entonces le preguntó:
-¿Qué le pasa? El Presidente espera…
-No sé para qué vengo a esta entrevista. Esto no durará ni dos meses, contesto Lima.

El 9 de noviembre era relevado el Ministro de Guerra, general Justo León Bengoa (lo reemplazo Arturo Osorio Arana); Juan Carlos Goyeneche (Secretario de Prensa) había sido detenido y la Junta Consultiva Nacional, más la Corte Suprema de Justicia de la Nación, condicionaban a Lonardi con sus renuncias.
A las 10 de la mañana del domingo 13, los ministros militares llegaron a la residencia de Olivos y Osorio Arana, su compañero en la Escuela de Artillería, le exigió su dimisión:
-Señor General: debo manifestarle, en nombre de las Fuerzas Armadas, que ha perdido su confianza y exigen su renuncia. Otorgan solo cinco minutos para presentarla.”
Lonardi se negó a presentar una carta de renuncia escrita.
Esa tarde asumía como presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu.
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