
Mucho de los datos que figuran en la nota de Infobae (Espías, teléfonos pinchados y dos periodistas tenaces: así empezó el escándalo Watergate hace 50 años) fueron escritos, con lujo de detalles, por Bob Woodward y Carl Bernstein en su libro “All the President’s Men” (Todos los hombres del Presidente), publicado en 1974. Otros, no muchos, me fueron narrados por Bernstein durante una entrevista que tuve el placer de hacerle el 21 de diciembre de 1991, junto al colega Sergio Kiernan. Bernstein había sido convocado por la Editorial Perfil para que echara un vistazo sobre el periodismo de investigación en la Argentina y para dar algunos consejos a quien quisiera recibirlos.
Por supuesto, no me avergüenza decirlo, llevé conmigo “Todos los hombres del Presidente” en la histórica edición de 1976 que publicó en España Argos/Vergara, y que nos había caído en las manos como un bálsamo en plena dictadura. Pedí a Bernstein que lo firmara y lo hizo de buena gana, incluida una notable exageración.

Lo recuerdo como a un tipo jovial, de excelente humor, serio pero no ampuloso; consciente de la importancia que veinte años antes había tenido su investigación a dúo con Woodward, pero que no se creía para nada el papel que la fama le había puesto entre las manos. Sí valoraba la posibilidad que Watergate le había dado de alimentar con su experiencia a las nuevas generaciones de profesionales. Y también creía en las herramientas de las que el periodismo dispone a la hora de defender a las instituciones en peligro en manos de autócratas.
Nixon era uno de esos autócratas, dijo Bernstein aquel día; pero además era torpe, neurótico, extraño; era inteligente y astuto pero con una personalidad enfermiza: su peor enemigo. Había cobijado primero, y amparado después, el asalto al cuartel demócrata justo cuando las encuestas electorales lo favorecían y tenía la reelección de ese año poco menos que asegurada.

Le confié a Bernstein que, como yo era un “kennediano” fervoroso, me alegraba que Watergate hubiese contribuido a la caída de Nixon. Y, para mi sorpresa, Bernstein dijo que Nixon, tarde o temprano, iba a caer víctima de su propia personalidad, que en cambio él pensaba que el gran valor de Watergate fue haber demostrado que cuando las decisiones, las voluntades, los valores de una empresa periodística, coinciden con los de sus profesionales, el gran triunfador es, siempre, el periodismo.
Fue una valiosa lección, la primera de las que Bernstein iba a dejar ese día, coronada por una historia poco conocida. Los dos, Woodward y Bernstein, habían padecido la guerra interna en el Washington Post por hacerse con la noticia los dos “chicos” del diario, Woodward era un novato, llevaba apenas seis meses en el Post, una batalla que encabezaban, acaso en secreto, algunas de los grandes “próceres” del periódico. Sin embargo, el editor general, Ben Bradlee, los había mantenido al frente de la investigación.

Luego, algunos de los editores del diario habían advertido sobre las eventuales consecuencias de seguir adelante con la investigación: Nixon sería reelecto en noviembre y la Casa Blanca podía recortar la publicidad en el Post y en los medios que manejaba la empresa editora, incluidas las licencias de algunas emisoras radiales que les habían concedido en lo que era, hace medio siglo, el embrión de los grandes multimedios. Guerra interna y temor a posibles sanciones quedaron de lado luego de un breve diálogo entre Bradlee y la propietaria de la empresa, Katharine Graham:
-Ben, ¿nuestros chicos tienen razón?, quiso saber Graham.
-Sí, tienen razón.
-Entonces, adelante.

Por supuesto, en aquella charla porteña, rondó el fantasma de “Garganta Profunda”, el informante secreto de Woodward. Era, lo fue hasta 2005, el secreto mejor guardado de la investigación periodística. Ya no recuerdo si abordamos a “Garganta Profunda” de manera tangencial, yo no iba a cometer la torpeza de hacer una pregunta directa, o si fue Bernstein quien, con extrema habilidad, lo puso sobre la mesa antes de que llegara la pregunta directa. “Muy pocas personas conocen su identidad”, dijo. Y no dijo nada más.
Con los años, el mundo sabría que los pícaros de Woodward y Bernstein habían cifrado a “Garganta Profunda” en el título de su libro, “All the President’s Men”. “Garganta Profunda” era el número dos del FBI, Mark Felt, uno de los hombres de Nixon. El apodo le venía a Felt no sólo del tono de su voz, sino de una película pornográfica muy de moda en la época, con ciertas pretensiones, jamás alcanzadas, de crítica social, que gracias a su título evita mayores descripciones sobre su guion, bastante chusco.
Bernstein dijo aquella mañana que incluso Katharine Graham se había negado a conocer la identidad de la fuente de Woodward, que siempre que lo citaba lo hacía como “una fuente de la rama ejecutiva con acceso al Comité de Reelección del Presidente y a la Casa Blanca”. Eso es identificar a una fuente de información, sin revelar su identidad.
Sobre Graham, Bernstein contó una anécdota reveladora. Durante las primeras semanas de publicaciones del Post, y cuando el caos Watergate ya tenía fama mundial, John Mitchell, que había sido ministro de Justicia, procurador general, de Nixon y era entonces el jefe de su campaña electoral, había telefoneado al diario. Fuera de sí, había lanzado una advertencia: “¡Si siguen con eso, Katie Graham se va a aplastar las tetas con el rodillo de un lavarropas!”
Había que enterar a la dueña del Post de la amenaza. El elegido fue Bradlee, que ya había pasado por casos parecidas cuando en 1971, el Post fue censurado por Nixon por publicar los famosos “Papeles del Pentágono”. Bradlee le contó a Graham el llamado de Mitchell y, textual, el contenido de su amenaza. “Ben -dijo Graham- el Post es un diario familiar… Usted no va a publicar eso…” Y no se habló más del asunto. Sin embargo, unos días después, quienes hablaban casi a diario con Graham, Bradlee incluido, notaron que la mujer había incorporado a su pulsera un diminuto dije de oro: el rodillo de escurrir ropa de una máquina lavadora.

Después de contar algunos otros secretos sobre la fantástica cobertura del caso Watergate, Bernstein hizo una reflexión que fue también una pequeña clase de periodismo. Recordó a su colega Woodward en la Sala de Audiencias y en el momento en el que James McCord, uno de los detenidos, revela ante el juez que él trabajaba para la CIA. Y luego, entre sonrisas, Bernstein admitió que, en efecto, Watergate había revolucionado el periodismo americano y el de buena parte del mundo; había reavivado el periodismo de investigación; había impulsado a los jóvenes profesionales a encarar la profesión con más seriedad; había cambiado las relaciones del poder con la prensa, las de la Casa Blanca con los periodistas y las de los periodistas con sus fuentes.
“Fue una gran cosa -dijo- ¿Y sabés por qué empezó todo? Porque Bob estaba donde tenía que estar y dio un paso adelante para escuchar mejor”.
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