
El viernes 11 de junio, a eso de las quince y treinta, dos aviones Harrier se acercaron en vuelo rasante desde el sur, pasando por sobre las posiciones del Batallón de Infantería de Marina 5 y lanzaron sendas bombas sobre el cuartel de Moody Brook. Con el alma oprimida vi salir la ambulancia del hospital hacia el ex-cuartel de Royal Marines. Fue la ocasión en que murieron tres soldados, entre ellos Carlos Mosto.
Con mi camarógrafo Lamela habíamos filmado a ese conscripto en la misa del 25 de abril y asimismo en el acto del 25 de mayo. Y ahora habíamos grabado asimismo su muerte...
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En ese ataque también murieron los conscriptos Rodríguez e Indino. A Mosto, particularmente querido por todos, le decían “el curita”. Era un verdadero santo que cuidaba, curaba, protegía y catequizaba a sus compñaeros, como si fueran sus hermanos menores, ya que él, estudiante de medicina, era de una clase más antigua. No le tocaba ir a Malvinas, pero se acercó al cuartel cuando sus camaradas estaban por partir, y al ver aterrado a uno de ellos, se ofreció generosamente para reemplazarlo.

Su jefe, el mayor José Rodolfo Baneta, sale del cuartel malherido y conmocionado por las explosiones. Está cubierto de escombros y blanco como la cal. Acto seguido le informan que tres de sus hombres perecieron. ¡A él, que había prometido a sus subalternos llevarlos a todos de vuelta con vida!
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En ese momento Baneta ve al capellán José Fernández yendo camino a las posiciones del Regimiento 7, y le grita: “Cura, tu Dios es un !#%&”. El sacerdote se acerca a Baneta y le inquiere: “Mi mayor, ¿por qué me dice eso?”.
El oficial está fuera de sí: “Se lo digo, porque estaba con ellos en la misma posición y a mí me deja vivo. Y a ellos, que eran unos ángeles, se los lleva. ¿Por qué no me llevó a mí y los dejó a ellos?”.
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Y el cura le responde: “Es muy sencillo; se los llevó a ellos, porque eran unos ángeles, y lo deja a usted, que es el verdadero !#%&, para que siga sufriendo”.
Y continua caminando impertérrito hacia la otra posición. Baneta se queda sin habla. Tiempo después, me confiaba: “Ese curita, pero curita con mayúsculas, tenía razón! ¿Quién era yo para juzgar al Tata Dios? Con sus dichos, me puso en situación nuevamente”.
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Al día de hoy, cada vez que Baneta se acuerda de sus tres ángeles, se le llenan los ojos de lágrimas.
Uno de esos ángeles, Carlos Mosto, merece capítulo aparte. Tenía los ojos verdes y el pelo muy rubio. Flaco y alto, con sus veintitrés años acababa de terminar el servicio militar, que había hecho con prórroga por estudios. Cursaba medicina en la Universidad Nacional de La Plata y marchó a la guerra sin que nadie lo obligara.
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El cuartel de Moody Brook, era permanentemente bombardeado por ser el puesto comando del general Jofre… pero el “Caballo” Jofre vivía a salvo en el pueblo, en vez de estar con sus hombres. Y entre todos los estoicos conscriptos del estoico mayor Baneta, destinados allí, este muchacho de Gualeguaychú se destacaba por su prestancia, simpatía y abnegación. Siempre trataba de ayudar a otros soldados, aunque no fueran de su unidad: se empeñaba en levantarles el ánimo, hacerles curaciones, pasarles café, alimentos; muchas veces sin siquiera conocerlos y sin obligación alguna, tan solo para hacerlos sentir mejor.
También se destacaba por su religiosidad. Bastaba que el padre Fernández pasara por las inmediaciones del cuartel, para que Mosto y su grupo lo instaran a rezar allí un rosario. “Me daban fuerza ellos a mí, más que yo a ellos”, me confiaba el capellán.
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Siempre de buen talante, Mosto, empero, sabía que estaba signado, que iba a morir. Después de la guerra quise conocer a su madre, cuya entereza me sorprendió y conmovió. No había en ella resentimiento alguno. Le pregunté si tuvo sentido la muerte de Carlitos, y me respondió sin hesitar:
–Por la Patria y por Cristo bien valía la pena morir. Yo respeto su decisión, él fue como voluntario y murió por su ideal. Todos tenemos que creer eso: que las Malvinas son nuestras. Y estando nuestros caídos allá, con más razón.
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Elsa de Mosto me mostró las cartas que le escribía su hijo desde el frente, y me señaló: “En todas ellas yo podía leer, entre líneas, que él se estaba despidiendo, que nos estaba preparando para su muerte y nos dejaba su testamento”.
Carlitos escribía: “Vieja, no reces por mí, porque yo estoy con Dios; rezá por las madres y las novias inglesas, que nunca van a ver llegar a sus hijos y sus novios... Yo, cuando llegué acá, me puse en las manos de Dios y que se hiciera en mi la voluntad de Él, no la mía. Lo único que yo le pedí fue que le enseñara a mis viejos a vivir sin mí... Estoy muy orgulloso de estar acá, estoy orgulloso de mi jefe, el mayor Baneta, orgulloso de ser de los primeros en ver un 25 de mayo flamear mi bandera en las islas; nunca la había visto tan linda, como la veía ahora... Mami, estoy de guardia, escribiéndote desde un manantial de una belleza incomparable y pienso: ¿por qué no podemos vivir en amor?... Mirá, tengo un francotirador, que cada vez que salgo, me tira. No le he visto la cara y no se la quiero ver. Porque no quiero odiar a nadie. Los hombres no saben vivir sin odiar, no saben vivir en el amor. Pedile a Dios que los ilumine... Viejo, no rezongues por la plata, seguí ayudando a Cáritas, que es lo único que te va a dejar algo valioso... Ayer recibí el Evangelio que les había pedido, ahora soy feliz porque estoy completo. Tengo la Palabra y se las leo a mis camaradas... Doy gracias a Dios de ser como soy y poder levantar a mis compañeros... Recen para que esto se termine, porque yo veo las cosas mal”.
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El 7 de junio habló por teléfono a casa. Sus últimas palabras fueron: “Mami, estén siempre unidos y recen mucho”. El 11 lo mataron.
Carlitos despreciaba el peligro, no escondía la cabeza. Una vez más, haciendo caso omiso de la alerta roja y de las órdenes de Baneta, había ido a llevar café caliente a un pozo de zorro. Y fue en ese momento que lo sorprendieron los Harrier.
El testamento del soldado Carlos Mosto trasciende a su familia; apunta en realidad a todos los argentinos de hombría de bien. Sus cartas impresionan, además, por su similitud con la del teniente Estévez: los dos hablan de la alegría de morir por la Patria, de la entrega de sus vidas a Dios, de vivir en el amor; los dos vuelven sus corazones a la familia pidiendo por su unidad, orgullosos “de ser como soy” y agradecidos de ser soldados, porque les ha permitido la experiencia única de ver flamear la bandera de la patria en Malvinas.
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