
La diferencia entre un héroe y un cobarde, es un paso al costado. La historia de Rafael Molini viene a ilustrar este aserto. Tanto en lo general, como en lo individual.
Durante la guerra de Malvinas, algunos almirantes argentinos, para frustración de la mayor parte de su oficialidad, decidieron no empeñar en combate a los buques de guerra. El pretexto era: “Si los aventuramos en alta mar, los ingleses los van a hundir, como al crucero Belgrano”. ¿Perdón?¿Para qué sirve entonces tener una flota de guerra, si no es para que sea hundida en defensa de la Patria luchando contra el agresor extranjero? ¿Para que después se herrumbre y se vaya a pique sin pena ni gloria como aconteció con la fragata misilística Santísima Trinidad en el año 2013? ¿Para que luego sea desguazada? Con ese criterio los aviadores navales, los Crippa, Arca, Sylvester, Philippi, podían haber objetado: “No salimos porque nos van a derribar los aviones”. Y sin embargo salieron, y dañaron a la armada británica, y se cubrieron de honor.
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Amén de atacar la flota invasora cara a cara, como se ordenó hacer el 1 y 2 de mayo (pero inmediatamente se dio marcha atrás), había otras posibilidades, en vez de quedarse de brazos cruzados patrullando la costa argentina. Desde ubicar las lanchas rápidas, la Intrépida y la Indómita, en el estrecho de San Carlos (que ni siquiera fue minado por esos mismos almirantes), hasta encallar nuestras fragatas misilísticas en Malvinas, con lo cual los Sea Harrier no hubieran podido acercarse, so pena de ser automáticamente abatidos.
En setiembre de 1854, durante el conflicto de Crimea contra Inglaterra, Francia, Turquía y Cerdeña, al almirantazgo ruso hundió frente a Sebastopol varias decenas de buques, entre ellos fragatas de guerra, para impedir el ingreso de la armada enemiga a la bahía, y con sus tripulaciones formó 22 batallones que combatieron en tierra. Como se ve, los almirantes del Zar Nicolás I no titubearon en sacrificar la flota, en vez de condenarla a la pasividad.
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Pero todo esto es historia contrafáctica. La fáctica es que el honor de los “barqueros” fue salvado por los más débiles, que demostraron una guapeza admirable: las embarcaciones mercantes desarmadas, muchas de ellas verdaderas cáscaras de nuez.
Una de las más gloriosas, sin duda, fue el Forrest, de apenas 250 toneladas de desplazamiento, comandado por el teniente de navío Rafael Molini. El nombre de esa embarcación muy rápidamente se convirtió en leyenda. En las islas no pasaba ni una semana sin que alguien me contara enfervorizado: “¡Viste lo que hizo el Forrest esta vez!”
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Se podría decir: ¡Qué es lo que no hizo! Esa embarcación-orquesta rescató náufragos, remolcó otras naves, exploró en aguas dominadas por los ingleses, trajo apoyo y alivio a las distintas guarniciones argentinas en Malvinas e incluso se convirtió en una suerte de kamikaze al actuar como cortina acústica antitorpedos. Molini colgó cadenas a babor y estribor, puso en marcha todos los motores y ordenó a sus tripulantes que golpearan el casco para atraer los eventuales torpedos que los ingleses podrían lanzar contra el buque argentino que estaba minando las aguas en las afueras de Puerto Argentino.
En materia de estratagemas cabe recordar otra del Forrest. Estaba pintado de rojo y blanco pero, al volver de uno de sus audaces periplos por aguas asoladas por los ingleses, el comandante Molini previno por radio a nuestro Apostadero Naval: “Antes yo era de River y ahora soy árbitro”. ¿Qué significaba el acertijo? Para confundirse con la noche, Molini había pintado el barco de negro y lo anunciaba críptica y prudentemente para evitar que la propia tropa fuera a dispararle.
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Molini también se ofreció a participar, con los comandos de Castagneto y Rico, en un ataque contra el enemigo que estaba desembarcando el 8 de junio en Bahía Agradable, una de las tantas iniciativas frustradas por la superioridad indolente y temerosa.

Y si un día se escribiera un libro sobre las madres de los combatientes, la del temerario Molini, quien lo formara en el patriotismo y la fe, merecería unos párrafos. Cuando este oficial llama a sus familiares para despedirse antes de ir a Malvinas, su esposa y su padre le recomiendan, con voz grave, que se cuide. Su mamá en cambio... Pero dejaré que lo cuente él: “Cuando le pasaron el teléfono a mi madre, rompió todos los esquemas. La vieja –que era muy católica, muy creyente– estaba eufórica. O sea: yo estaba con una incertidumbre tremenda, imaginaba todo oscuro, negro como un infierno. Y me encuentro con que mi madre estaba entusiasmada. Yo no entendía nada. Y ella me dice: ‘¡Qué orgullosos que estamos de que vayas a la guerra! Vas a ser el único representante de la familia. ¡Dale con todo a los ingleses!’ Fue una arenga!”.
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Y, por cierto, Molini cumplió con la admonición materna.
El 1º de mayo el Forrest se hallaba fondeado en la caleta Riñón cuando fue atacado por un helicóptero artillado enemigo Sea Lynx produciéndole daños en la banda de babor. Sin hesitar, Molini enfiló decididamente su embarcación en dirección al atacante, y cuando se acercó a unos cien metros, ordenó a la tripulación hacer fuego con los fusiles FAL, único armamento con que contaba.
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Mientras el Forrest trataba de aproximarse, el helicóptero aparecía y desaparecía detrás de los accidentes del terreno, abriendo fuego todo el tiempo. En cierto momento, el Sea Lynx se asomó por el costado de un islote y quedó a ras del agua para facilitar la puntería de su ametralladorista. Lejos de amilanarse, Molini ordenó acelerar la navegación para embestir a la aeronave, mientras sus hombres seguían accionando sus fusiles. El piloto británico tuvo un momento de perplejidad, no podía creer lo que hacían los argentinos. Esa indecisión le jugó una mala pasada, ya que el fuego de fusiles impactó en la máquina, que se tambaleó visiblemente y comenzó a despedir humo de su turbina.
Poco antes de ser embestido por el Forrest, el helicóptero alcanzó a alzarse y huir hasta el islote cercano, donde aterrizó con evidentes desperfectos. Pero no conforme con haber puesto en fuga al atacante, Molini siguió navegando en su dirección. Al mismo tiempo que transmitía a Puerto Argentino por radio lo que estaba pasando.
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Su frase va a quedar en la historia: “¡El helo se retira averiado, me destaco en su persecución!”. Al ver esto, el piloto del helicóptero británico despegó bruscamente y desapareció dejando una estela de humo. Fue, de hecho, el primer combate aeronaval –y victorioso- de la guerra de Malvinas.
Molini no dió un paso al costado.
Platón sostenía que cada cien personas nace un héroe. Rafael Molini es uno.
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