
El 19 de mayo, a sabiendas de que se avecinaba el desembarco inglés en la isla Soledad (ocurrió dos días después) los generales Mario Benjamín Menéndez y Omar Parada enviaron al grueso de la Compañía de Comandos 601 a la isla Gran Malvina. ¿Por qué y para qué? Supuestamente porque al norte de Howard el radar Rasit había detectado movimientos sospechosos, que nunca se comprobaron. Los comandos del mayor Mario Castagneto estaban furiosos. “Nos mandaron a correr sombras”, me decía el entonces teniente primero Sergio Fernández. “Éramos la reserva para actuar en el momento del desembarco. Estábamos preparados para atacar a los británicos ni bien pisaran tierra. Y nos rifaron”.
Ya los habían rifado en una ocasión anterior, cuando Menéndez los obligó a custodiar su puesto de comando -distrayéndolos de sus misiones específicas- ante rumores de un golpe de mano inglés, que nunca ocurrió.
Frustrado por haber perdido la oportunidad de llevar a los hombres de su sección al combate, el Gallego Fernández no imaginaba que se iba a destacar por un hecho único en la historia militar argentina.
Durante tres años, desde el 79, había sido jefe del curso de lanzamisiles portátiles Blow Pipe, de fabricación británica. Una suerte de bazuca modernizada, de tres kilómetros de alcance, que dispara un misil de 14 kilos, a velocidad Mach 1, guiado manualmente después de los 400 metros, con lo cual no se lo puede interferir con contramedidas electrónicas, ni con chaff.

Cuando Castagneto tiene la idea de crear una Sección de Emboscada Antiaérea, manda a Fernández para que hable con el general Oscar Jofre en Stanley House, la casa de gobierno. En Malvinas el Ejército tenía tan sólo tres unidades de lanzamiento y seis misiles, en tanto que en el continente había 20 y 120 respectivamente. Se imponía traer ese armamento al campo de batalla. Pero al Caballo Jofre no le interesó la iniciativa: “No, es mucho problema, nos arreglamos con lo que hay”.
El 21 de mayo se apostaron con sus Blow Pipe cerca del puesto comando del Regimiento 5 de Infantería, en Puerto Howard, rebautizado Yapeyú, el capitán Ricardo Frecha, el Gallego Fernández y el cabo primero Jorge Martínez. Y muy pronto, a unos cuatro kilómetros de distancia, avistan un Sea Lynx.
―¿Qué sentiste en ese momento?
―El adrenalinómetro se puso en rojo…
Pero el helicóptero no se acercó lo suficiente. Poco después, Fernández divisó un avión a reacción. Su reloj marcaba las diez menos cinco. La mira del Blow Pipe, de diez aumentos, no se prestaba a error: era la silueta inconfundible de un Harrier.
Frecha autoriza el tiro. El avión venía frontal sobre el agua y como los comandos se habían ubicado sobre una elevación, estaban parejos en altitud. Fernández decide tirarle desde lo más lejos posible, antes que descargue sus bombas. Pero de repente el Harrier quiebra la trayectoria sobre su derecha, hace un giro sobre las lomas y se pierde: los misiles no lo alcanzan.
Los comandos recargan y casi inmediatamente ven aparecer desde el sur lo que creyeron era un segundo Harrier; años después comprobaron que se trataba del mismo. Ahí Fernández decide cambiar de criterio: lo dejará acercar lo más posible.
―Eso implicaba mayor riesgo…
―A esa altura uno ya estaba jugado y sin fichas. El miedo aparece el algún momento de reflexión, no cuando estás enfocado.
―Y vos lo estabas.
―Lo único que tenía en la cabeza era: “¡Hijo de puta, te la voy a poner en el blanco del ojo!”
Cuando la máquina se empezó a colocar transversal, el Gallego disparó. Un segundo después, ante los ojos del comando, el avión caía en vivo y en directo, hecho una bola de humo y de fuego. Esos ojos también advirtieron el paracaídas desplegado del piloto.
―¿Qué te pasó por dentro?
―Estaba feliz por haber hecho bolsa al avión y doblemente feliz porque el inglés se había eyectado. Yo sólo buscaba neutralizar al Harrier.

Una balacera espectacular acompañó la explosión del cazabombardero: los efectivos del Regimiento 5 le tiraban con ametralladoras, fusiles y hasta pistolas.
Todo sucedió a una velocidad vertiginosa. Del disparo al impacto, pasaron menos de dos segundos. Del impacto a la eyección, menos de cinco.
El piloto Jeff Glover cayó al agua a unos 1800 metros de donde estaban los apuntadores de Blow Pipe: ahora urgía evitar que se ahogara. Corriendo, trotando, caminando por un terreno desconocido, sorteando los campos minados argentinos, frenados por el peso de sus fusiles y cargadores, los comandos se dirigieron al lugar. Demoraron unos 45 minutos en llegar, pero -de purísima casualidad- el único bote de todo Puerto Yapeyú estaba amarrado justo frente al lugar en que cayó Glover. Y el cabo primero Eduardo Ibarra, del Regimiento 5, viendo que el piloto flotaba moviendo un solo brazo, embarcó en él con un soldado para recuperarlo.
En la playa lo esperaban los comandos. Fernández le tendió la mano a Glover para ayudarlo a bajar y al verlo morado de frío, lo abrigó con su campera de duvet. En el puesto principal de socorro, adonde lo llevó en su moto el comando-médico Llanos para ser atendido, el piloto británico no se quedó atrás en materia de caballerosidad. Al enterarse que se necesitaba sangre para un soldado herido del 5, ofreció la suya.

Al día siguiente, un helicóptero lo evacuó de la Gran Malvina. Fernández se acercó a despedirlo.
―Soy el que te derribó.
―Me place estar vivo.
―A mi también que lo estés.
Tras varios intentos fallidos, recién en el 2016 volvieron a encontrarse. Glover formaba parte de la tripulación VIP de un jerarca de Medio Oriente que había llegado a Buenos Aires de incógnito.

Un desayuno de cuatro horas en el Hotel Alvear sirvió para reconstruir minuciosamente lo que había acontecido aquel 21 de mayo en Puerto Yapeyú. En una reunión subsiguiente, en La Biela, se sumó el comando Llanos. Aclararon algunos tantos. “Sentí un bang grande, pero el ruido de armas portátiles se percibe como un granizo, y no experimenté eso”, comentó entre otras cosas Glover.
―Pero, Gallego, y emocionalmente, ¿cómo fue ese reencuentro?
―Fuerte. Era el abrazo que nos teníamos que dar dos tipos que casi nos matamos entre nosotros. Y si Dios quiso que sobreviviéramos, fue para que seamos mejores.
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