
¿Dónde están?
El rastro de la obra inédita de Walsh no se pierde en la ESMA.
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No fue ese el último destino de los papeles robados en San Vicente.
Seguir su derrotero fue una tarea compleja.
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Una reconstrucción sinuosa e incompleta.
Los sobrevivientes acreditaron haberlos visto en distintos sectores del centro clandestino: El Dorado, La Pecera y un ropero de la oficina del Sótano. Todo eso sucedió entre 1977 y 1978. En esos meses, los marinos lograron ordenar, clasificar y archivar todos los papeles de Walsh. No hay indicios de que hubieran decidido quemarlos o intentado desprenderse de ellos.
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La intención de preservarlos era evidente.
Incluso hasta hoy.
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Cada grupo de tareas tenía un archivo propio que se iba generando con la documentación robada en los operativos. Era la manera de recopilar información para poder armar el organigrama de las distintas estructuras de Montoneros. Una suerte de rompecabezas de cada ámbito de militancia.
Con ese mapa la cacería se hacía más efectiva.
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La documentación que circulaba por la ESMA era microfilmada. Una parte del trabajo se hacía dentro del centro clandestino. La otra, en las instalaciones de una productora audiovisual llamada Chroma S.A. que la Marina había montado en Besares 2025, en el barrio de Núñez. La propiedad donde funcionada la empresa estaba a nombre de Juan Héctor Ríos, una falsa identidad que usaba el teniente de fragata Jorge Radice. En ese lugar se microfilmaba sólo en la madrugada, cuando la productora no estaba en funcionamiento.
La orden había sido clara: de cada documento debían hacerse tres copias.
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Una iba a parar al archivo del Servicio de Inteligencia Naval.
El destino final de esos documentos sigue siendo un misterio, pero está claro que Radice es un personaje clave en la ruta de los papeles de Walsh. Fue un hombre de máxima confianza del almirante Emilio Eduardo Massera. Por eso, y por sus conocimientos contables, le asignaron la Tesorería del centro clandestino. Si bien nunca dejó su cargo operativo, era el encargado de las finanzas de la ESMA.
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En los primeros meses de 1979, ya con Massera fuera de la comandancia, se decidió sacar del centro clandestino toda la documentación sensible que buscaban preservar. Hacía pocos meses que lo había reemplazado el comandante Armando Lambruschini. El cambio de manos dio lugar a recelos internos.

Varias cajas repletas de papeles fueron a parar a distintos domicilios. Uno de ellos lo aportó Radice. Desde comienzos de ese año, Ruger, como lo conocían en la ESMA, puso a disposición del proyecto presidencial de Massera la casa de sus padres en la esquina de Zapiola y Jaramillo, Saavedra. Fue acondicionada para funcionar como una oficina donde un grupo de detenidos realizaba tareas de monitoreo de medios de comunicación. Los informes del clipping diario iban a parar a la otra oficina de Massera, en Cerrito 1136.
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Los prisioneros, que eran forzados a trabajar, cumplían con una rutina laboral vigilados por un primo de Radice de apellido Barletta, que hacía de guardia y vivía a metros del lugar.
Dentro de la casa, los detenidos se ubicaban en una habitación del primer piso, que tenía una mesa gigante donde apoyaban los diarios para leerlos, marcarlos y resumirlos. Podían usar el baño, la cocina y el patio, incluso algunos se quedaban a pasar la noche; pero tenían prohibido acercarse a uno de los cuartos de la planta baja, que siempre permanecía cerrado con llave.
Cambios
Visité la casa de Jaramillo y Zapiola en octubre de 2021, sobre el final de la investigación para este libro. Era una tarde soleada, calurosa.
No guardaba la esperanza de encontrar nada sino la necesidad de saber cómo era el lugar sobre el que estaba escribiendo, el lugar donde se pierde el rastro de los papeles de Walsh.
La casa había cambiado su fachada. También parte de su estructura. El color crema que tenía en los años setenta había sido reemplazado por un verde intenso. La última remodelación permitió subdividirla en tres propiedades horizontales: dos con ingreso por Zapiola, la otra —más pequeña— por Jaramillo. Fue la inmobiliaria Guidetti, la más tradicional de Saavedra, la encargada de ponerlas a la venta en 2004.
Cuando llegué a esa esquina advertí que una de las puertas estaba abierta.
Me acerqué.
Un matrimonio tomaba mate en la vereda.
Pude mirar hacia adentro y conversar con sus nuevos habitantes, que se mostraron interesados en saber por qué tomaba fotografías del frente de su casa. Les conté de mi investigación y advertí que desconocían lo que había sucedido en ese lugar hacía más de cuarenta años.
—¿Mataron a alguien acá adentro? —preguntó inquieto uno de ellos.
—Creo que no —respondí.

Los vecinos de las otras dos casas también se mostraron amables. Aunque sólo se prestaron a un diálogo telefónico.
Pude certificar que la habitación prohibida, donde los marinos habían escondido la caja con los papeles de Walsh, ya no existía. La remodelación había modificado el diseño original de la casa. El viejo garaje con entrada sobre Zapiola había sido utilizado para armar dos livings, uno para la vivienda con numeración 3696 y el otro para la del 3698.
La oficina del primer piso, donde los sometían a trabajo intelectual, estaba intacta. Aunque le habían agregado un aire acondicionado, las ventanas a la calle eran las mismas que describieron los sobrevivientes en varias entrevistas.
El patio ya no existía. Parte de su espacio había sido utilizado para ampliar los metros cubiertos.
La casa de la habitación prohibida había sido partida en tres.
Una manera de complejizar aún más la reconstrucción, pensé.
¿Quién ordenó esa reforma?
¿La casa seguía siendo propiedad del marino Radice?
¿Quién desarmó esa oficina donde sometieron a un grupo de prisioneros de la ESMA a trabajar para el proyecto presidencial de Massera?
¿Quién sacó la caja con los papeles de Walsh?
Las respuestas a todas esas preguntas permitirían acercarnos a saber qué pasó con los cuentos inéditos y con toda la documentación robada en el operativo de San Vicente.
En la casa sólo dos personas tomaron contacto con la caja: Lucy y el Pelado Diego. Nadie más. Los dos se convirtieron en los últimos testigos de un material que los marinos buscaron preservar.
Lucy no se llamaba Lucy sino Mercedes Inés Carazo. Era oficial mayor de Montoneros. Había caído el 21 de octubre de 1976 en el barrio de Caballito, cuando caminaba por la avenida La Plata hacia la calle Rosario. Fue interceptada frente a una iglesia de ladrillos rojos, a metros de un bar. Dos hombres de civil se le tiraron encima gritando que se trataba de un operativo antidrogas. Carazo no tuvo alternativas. Forcejeó hasta donde pudo y gritó desesperada su nombre y su número telefónico, pero fue en vano. La metieron en un Falcon, la esposaron, le cubrieron el rostro con una capucha y la llevaron a la ESMA. Al momento de la caída estaba en pareja con Marcelo Daniel “El Monra” Kurlat, el jefe de la Columna Norte de Montoneros.
Sobre su paso por el centro clandestino se escribieron muchas historias. Mi interés sólo se concentró en la ruta que siguieron los documentos de Walsh. Supe que el padre de Lucy era José María Carazo, un histórico secretario del referente desarrollista Rogelio Frigerio. También confirmé que, gracias a esos vínculos políticos, logró exiliarse en Perú en 1980 para iniciar una nueva vida.
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