“La voy a contratar aunque sea mujer”: vida, obra y recuerdos de la primera profesora de química de la UBA

Rosa Muchnik de Lederkremer nació en el barrio de Boedo hace noventa años. Presume un extenso currículum y una vasta vitrina de reconocimientos. El último: la legislatura porteña la nombró personalidad destacada en el ámbito de la ciencia. Sus inicios, su historia, sus áreas de estudio y en qué y por qué todavía está trabajando

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Rosa Muchnik en su oficina
Rosa Muchnik en su oficina del tercer piso del Pabellón II de Ciudad Universitaria: "Pasé por todos los estamentos: fui auxiliar docente, ayudante primera, profesora adjunta, profesora asociada, profesora titular hasta llegar a ser profesora emérita"

Se subía al auto y manejaba desde su casa en el barrio de Almagro hasta Ciudad Universitaria, en Núñez, sobre el norte del mapa porteño. Algunos cuando la veían llegar hacían una reverencia. Como profesora emérita de la Universidad de Buenos Aires, seguía yendo todos los días de la semana a la oficina que inauguró en el tercer piso del Pabellón II, al escritorio que encargó, a la biblioteca que completó y al laboratorio que desarrolló. Tenía 88 años cuando una enfermedad infecciosa de alta transmisibilidad provocada por un virus germinado en algún experimento, brebaje o depósito chino paralizó el mundo, las economías y las movilidades.

Dejó de ir por el coronavirus. Lo que no dejó es de trabajar, de estudiar, de perfeccionarse y de asesorar. Cuando alguien le consulta cómo está o qué está haciendo, ella suele responder que está leyendo. “¿Y qué leés?”, le preguntan. “Estoy leyendo química todavía”, contesta, como si fuese una obviedad. Dice todavía porque tiene 90 años -nació el 12 de enero de 1932-, porque empezó a interesarse por las ciencias exactas cuando cursaba la secundaria en el Liceo 2, al lado del Parque Rivadavia, a fines de la década del cuarenta y porque todavía -aún asumiendo el cargo de eminencia en la materia- sigue siendo una apasionada por la química.

Rosa Muchnik de Lederkremer tiene una página de wikipedia, 1.670 resultados en Google, tres hijos, cuatro nietos, más de 200 trabajos de investigación publicados en revistas internacionales, otros tantos capítulos de libros, 25 tesis doctorales, tres de ellas premiadas y todas calificadas con sobresaliente, y una repisa cargada de condecoraciones, reconocimientos y distinciones. Para subrayar: ganó el Premio Konex Platino en 2013 y los Premios Konex 1983 y 2013. Cuando todos creían que ya no iba a recibir ningún galardón más, la legislatura de la ciudad de Buenos Aires la nombró personalidad destacada en el ámbito de la Ciencia por ser la primera mujer en ser profesora del Departamento de Química de la Universidad de Buenos Aires.

Diego Minetti, asesor del diputado
Diego Minetti, asesor del diputado Matías López, Rosa, Magalí Lederkremer (su nieta), Miguel Lederkremer (su hijo) y Matías López, diputado de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires

“Bueno, que esta sea la última”, piden en broma sus hijos Miguel y Javier. El primero es “el informático”, el segundo es “el multimedia: músico y diseñador”. El tercero, que en verdad es el primerizo, es Gerardo, el único que continuó el legado familiar: doctor en ciencias químicas, se convirtió en investigador en la Universidad de Tel Aviv. “Con uno que te salió bien te alcanzó”, la cargan sus otros hijos, que estuvieron presentes en su último nombramiento.

La entrega de la distinción coincidió con el Día Internacional de la Mujer. La recibió de manos de Matías López, diputado de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, y acompañada por su hijo Miguel y por su nieta Magalí. “Es bueno que a uno le reconozcan su trabajo, un trabajo que para mí es un hobby. Ahora estoy escribiendo reviews desde casa, conversando con la gente del instituto, sigo leyendo y aportando ideas. Tengo gente que se formó conmigo que ahora ya están de profesores. Incluso una de mis tesistas es directora del departamento, lo que me pone muy contenta. Siempre estamos intercambiando ideas porque siguen más o menos el proyecto que inicié yo: glicobiología del trypanosoma cruzi, el agente del Mal de Chagas”.

Antes de orientar su investigación hacia el Mal de Chagas, tuvo que ser mujer en una Argentina de la década del cincuenta. Mientras advertía que la Química tenía más salida laboral en comparación a las otras ciencias exactas que le gustaban, el 9 de septiembre de 1947 se sancionaba la Ley 13.010 que estableció el voto femenino obligatorio en todo el país. Ya habían pasado más de sesenta años desde que Cecilia Grierson se convirtiera en la primera médica argentina, tras graduarse en la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA, cuando las clases de sus profesores en química en la secundaria contribuyeron a orientar su vocación.

Rosa junto a una de
Rosa junto a una de sus tesistas, Laura Bertello. "Aparte de los diarios, leo libros y trabajos de química porque la química es apasionante. No es una ciencia fría. Tiene contacto con la sociedad, con el hombre", dice

Hizo la carrera universitaria de 1948 a 1953. Eran pocas mujeres en la cursada. Prefería especializarse en química orgánica pero el departamento se había quedado acéfalo y no había ningún profesor que pudiera dirigir su tesis: por razones políticas había emigrado a una empresa privada. El profesor de microbiología, materia con la que se graduó, le sugirió que realizara su investigación en los laboratorios de Obras Sanitarias de la Nación en Palermo con el doctor Osvaldo Peso. Su trabajo consistió en la determinación de vitamina B12 por un método microbiológico en barros cloacales. La defendió en el Departamento de Química Biológica en 1956 con calificación sobresaliente: le demandó solo dos años porque no debía cursar materias aparte y porque había programado la dinámica familiar para que resultara.

“Mi hija se recibió de doctora en química”, decía orgullosa su mamá, Soulamit (Zulema, argentinizado) Ravitz. A veces, por celos o micromachismos de época, le decían que eso no la convertía en una doctora de verdad. En el ‘56 dirigió su carrera profesional hacia la química orgánica. El doctor Jorge Deferrari, que había regresado a la universidad tras la autodenominada Revolución Libertadora del 16 de septiembre de 1955, precisaba auxiliares docentes: convocó a un concurso interno para ocupar el cargo, dado que por entonces no existía la figura de concursos regulares en las facultades.

Se presentaron cuatro hombres y yo, la única mujer. El jefe de la cátedra, el que nos entrevistó, leyó mis antecedentes. Yo tenía muy buen promedio y ya había hecho la tesis. ‘La voy a contratar aunque sea mujer’, me dijo, medio en broma, medio en serio. Así que te digo: mirá cómo evolucionamos. Gracias a Dios evolucionamos bastante en materia de género”, dice por teléfono desde su casa en Almagro, desde donde asegura que hoy en las aulas, en la docencia y en la industria hay más químicas que químicos.

Es hija de Miguel y
Es hija de Miguel y de Zulema, dos inmigrantes ucranianos que llegaron al país en la década del veinte escapando de las persecuciones a judíos. Ella nació el 12 de enero de 1932

Asegura no haber sufrido discriminación en el ámbito universitario, académico, laboral. Asumió, casi sin cuestionarse, las imposiciones culturales de época. La desigualdad de género queda solapada y traducida en su autoexigencia. “No percibí ningún recelo o juzgamiento por ser mujer. Pero era muy autoexigente. Sabía que una mujer tiene que trabajar y cumplir más que un hombre para no recibir críticas. Era así. En esa época para que te reconocieran tenías que trabajar el doble que un hombre”.

Fue previsora: intentó esquivar las ocupaciones familiares “reservadas” para las mujeres. Programó su vida para combinar su carrera profesional con su rol de madre. En su primer año como estudiante se puso de novio con Jehoszua Lederkremer. Cursaron y se recibieron a la par. Programaron que primero realizaría la tesis ella y después él. Se complementaron: coordinaron tiempos de estudio, ocio, familia y hogar. “No es incompatible seguir una carrera y tener una familia. Para eso hay que tener un buen compañero y dejar las cosas claras de antemano: yo quería seguir mi vocación”, dice.

Tuvieron a Gerardo, su primer hijo, después de que ella terminara la tesis. Era un proceso de investigación ad honorem que le demandaba ocho horas diarias de estudio. La tomaron para ser auxiliar docente en el Departamento de Química Orgánica: la paga era baja y la carga semanal solo de doce horas. Al año, en 1958, se articuló la “dedicación exclusiva”, un programa de beneficios para que los docentes además de dar clases dediquen su tiempo a desarrollar investigaciones. Rosa empezó a trabajar con el doctor Deferrari en uno de los pocos departamentos sudamericanos que para entonces analizaba los hidratos de carbono. Su primera investigación: la estructura de los polisacáridos que hay en los hongos de los árboles coihues del sur del país.

"No hay una vacuna para
"No hay una vacuna para el Mal de Chagas así que se sigue investigando. En los últimos años se vio que es muy importante la parte de azúcares unidos a proteínas en la membrana. Uno trata de encontrar inhibidores de esa interacción. Todavía no se termina", reconoce

En 1962, en la primera saga de las becas externas entregadas por el CONICET, obtuvo la oportunidad de estudiar en la Universidad Estatal de Ohio, con el reconocido científico Melville Wolfram. Hacia allí fueron junto a su marido, que la acompañaba sin un trabajo asignado, y su hijo de cuatro años. Cursó un posdoctorado en el que tres mujeres compartían espacio con otros treinta hombres. Estuvieron hasta 1965: se volvieron porque ella había considerado suficiente la estadía. Quería tener otros hijos y criarlos en Argentina.

Volvió al país e inició los trámites para ingresar a la Carrera del Investigador, que recién pudo acceder dos años después, en 1967. Para aquel entonces su segundo hijo, Miguel, ya había cumplido su primer año y ella alcanzaba la gesta que sería reconocida por la Legislatura de su ciudad 55 años después: ganar el concurso regular de profesora adjunta en química orgánica, lo que la convirtió en la primera mujer nombrada profesora en el Departamento de Química de la Universidad de Buenos Aires.

Javier, su tercer hijo, nació en 1972. Ella seguía trabajando los hidratos de carbono. Dos años después, le tocó a ella acompañar una aventura laboral de su esposo. El destino: San Pablo, Brasil. Ofreció sus conocimientos en la Universidad Federal de San Pablo. Su petición escaló hasta dar con el doctor Walter Colli, quien había detectado la primera glicoproteína en el parásito trypanosoma cruzi, el agente del Mal de Chagas. Él necesitaba un químico especialista en hidratos de carbono. A mediados de la década del setenta y en Brasil, en un laboratorio nutrido por biólogos y médicos, Rosa Muchnik encontró el área de estudio donde anclaría su vasta carrera.

"Habría un 10% de mujeres
"Habría un 10% de mujeres en mi clase. No éramos muchas. Ahora hay más mujeres que hombres en el departamento como docentes, profesores, docentes auxiliares, jefes de trabajos prácticos. En este momento somos más las mujeres", agrega

Trypanosoma cruzi, Mal de Chagas, vinchuca. A sus 90 años, aún estudia, investiga y trabaja para concebir una vacuna que neutralice al parásito que se transmite a través de las heces de la vinchuca. “Me interesó mucho porque es una enfermedad común en Brasil y Argentina. La vinchuca es una cuestión cultural en el norte del país, donde la gente vive en casas con techos de pajas y casi conviven con estos insectos. Las investigaciones casi nunca se terminan: una cosa trae a la otra. Todavía no hay algo definitivo para una vacuna y es difícil presagiar cuándo podremos llegar a eso. Hay medicamentos pero tienen bastante efectos secundarios en la parte aguda de la enfermedad. No estaría mal encontrar algo mejor…”.

Por eso, cuando la gente le pregunta cómo está o qué está haciendo, seguirá respondiendo “estoy leyendo química todavía”.

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