“Si sos el chofer del interno 46 de la línea 152 necesito que sepas que la gente te ama y que hiciste muy feliz a mi hija hoy. ¡Gracias!”, decía el sentido mensaje de una mujer que compartió en su cuenta de Twitter y que acompañó con las capturas de pantalla de la conversación con su hija de 17 años que compartió la grata sorpresa que se estaba llevando mientras viajaba en la línea 152 con Rogelio López (54) al volante.
Ese mensaje pronto se volvió viral: decenas de personas comentaron que habían viajado con el “chofer copado” que canta cada una de las paradas. “Lo hago para que las personas sepan que tienen que bajar porque algunas no conocen y otras se distraen, pero como le pongo mucha alegría, parece que les gusta”, cuenta el hombre de quien en 2018 ya se había difundido un video que daba cuenta de su simpatía: “¡Mirá si todos fueran como el chófer del 152″, dijo entonces una usuaria.
“¡Yo amo mi trabajo! Y me gusta cuando llego a la parada y veo que hay gente esperando, me hace bien y quiero hacerles bien a ellos. Los saludo, les pregunto cómo están y muchos se sorprenden”, dice también sorprendido el hombre que llegó a Buenos Aires para ser docente, pero se enamoró de un 1114 y que ahora trabaja en turnos rotativos durante las madrugadas y mañanas porteñas.

La historia
Rogelio López nació en Formosa hace 54 años. Se crio junto a sus siete hermanos y sus padres en una zona campera y trabajaban en la chacra. Esos momentos los recuerda con emoción y felicidad, y sin perder la tonada formoseña pese a los casi 36 años que lleva viviendo en Buenos Aires.
Hasta “la gran ciudad” llegó a finales del año que la Selección Argentina ganó su segundo Mundial de Fútbol, tenía 19 años y todas las ganas de aprender. Quería ser profesor de Educación Física aunque también le gustaba la Biología, no estaba decidido. Pero, esos planes detrás de un escritorio cambiaron de lleno cuando fue a visitar a Martín, uno de sus hermanos.
“Él era chofer de colectivo de la línea 68 y cuando lo fui a visitar, me llevó. Era una máquina hermosa, llena de luces, perfumada. Lo miraba trabajando, veía a la gente que subía y bajaba, él le daba los boletos... ¡y me enamoré! Quise hacer los mismo. ‘¡Enseñame!’, le pedí y cuando terminaba me enseñaba a manejar en un terreno baldío”, recuerda emocionado.

Rogelio, que hasta entonces solo sabía manejar tractores, comenzó a insistir a su hermano para saber todo sobre el 11-14, el famoso modelo de colectivo Mercedes Benz de la década de 1980.
Ya con su registro profesional ingresó a la misma empresa y más tarde pasó a las 152.
“Harán 20 años que estoy acá y manejo el interno 101, ese es mi compañero”, dice denotando el gran amor por su unidad a la que luego de cada recorrido le entrega su tiempo con total esmero: la limpia, la perfuma, la pone linda para los próximos pasajeros que harán con él el recorrido de 59 paradas, desde La Boca, en la Avenida Don Pedro de Mendoza 1687, hasta Olivos, en Capitán Justo G. de Bermúdez 3318.
“El chofer buena onda”
La joven pasajera le contaba a su madre lo maravilloso del original viaje tratando además de saber quién era el hombre que manejaba, por ese día un interno diferente al suyo.

—¿Es el que canta las paradas?, por ejemplo: ‘¡Pacíficooo!’?—, la indagó la madre para chequear que fuera el mismo chofer con el que ya había viajado.
—“¡Amo que cante en las paradas, Dios! ¿Por qué nunca me lo crucé antes?—, continuaba la joven maravillada desde el chat.
Las respuestas no tardaron en llegar y el hilo de ese tuit se volvió viral logrando llegar a Pablo, el viejo de Rogelio. “Mi papá dice que gracias, que le encanta traerlos y llevarlos”, aseguró el hijo de 20 años.

“¡No esperaba tanto reconocimiento a mi trabajo! —dice tímido Rogelio— ¡Amo lo que hago! Me gusta llevar a la gente a su trabajo, a su casa, a donde sea que vaya, siempre lo sentí así”.
Para él, lo que hace no es más que ser amable y cordial, costumbres que lamente se estén perdiendo. “Lo fundamental es ser amable y respetuoso. Uno no sabe de dónde viene una persona o adónde va cuando sube al colectivo y quizás una sonrisa o buen gesto le cambia el día. ¡A mi me lo cambia!”, asegura.
Si bien su rasgos más característico es la simpatía que lleva consigo en uno de los trabajos más estresantes, Rogelio dice que “hay cosas que vienen de la crianza”.
“Mis padres me enseñaron a ser así. Mi papá era un hombre muy querido; y mi mamá era muy amable. Creo que cuando una persona trata bien a otra se hace bien a sí mismo, pero lamentablemente los buenos modales se están perdiendo, entonces un saludo sorprende, una sonrisa sorprende, ser amable en un colectivo sorprende”, lamenta y cuenta cómo comenzó a cantar las paradas.
“Había gente que me pedía que le dijera dónde tenía que bajar y otra que no, y yo me daba cuenta de que se levantaban rápido para bajar y tocaban timbre cuando notaban que se habían pasado y como uno está al servicio de la gente, que es la estrella de mis recorridas, pensé en que sería buena idea cantar las paradas para que bajen bien porque de verdad me quedaba preocupado por ellos. ‘¡Mirá si llega tarde al trabajo!’, pensaba y me angustiaba”, admite.
Desde que comenzó a manejar un colectivo, no tuvo un solo accidente de transito. Pero le tocó ser victima de un robo en los años en que el boleto se pagaba con dinero sobre la unidad.

“Me robaron dos veces, pero hace mucho, en los 90′s. Ya estaba terminando el recorrido y me robaron con un arma. La segunda vez me obligaron a apagar todas las luces del colectivo e ir fuera del recorrido y me hicieron bajar para sacar las monedas en la época de as maquinas. Pese a todo, no me pasó nada. Los chicos se ponían nerviosos, temblaban y yo les pedía que se calmen. ¿Qué iba a hacer?”, dice.
A poco del retiro, Rogelio piensa seguir disfrutando de sus viajes diarios y en horario rotativos el tiempo que queda, unos siete meses porque a los 55 se jubila, aunque por ahora no piensa en eso. “Siempre lo repito mil veces en el día: ¡amo mi trabajo! Trabajar de lo que uno ama hace que la gente nunca envejezca pro eso me mantengo joven”, finaliza entre risas.
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