
En Pinamar hay alrededor de 400 vendedores ambulantes que poseen el permiso para trabajar en los 22 kilómetros de playa del distrito. Muy posiblemente ninguno como Aarón Almaraz.
Desde hace unos días este joven de 26 años es una figura que adquirió cierta popularidad en las playas de Ostende, donde todos los días trabaja vendiendo choclos. Se hizo conocido entre los que veranean por la zona a raíz de un “regalo” que le realiza a cada cliente, siempre que lo acepten: resulta que es freestyler y sus choclos, además de sal y manteca, vienen acompañados de improvisaciones.
La combinación está siendo todo un éxito, según asegura: “No es por agrandarme, pero me está yendo bien. A la gente le encanta el freestyle y vendo más por eso. Les llama la atención que un choclero haga rap”, dice en diálogo con a Infobae.
Mientras trabaja sobre la arena, Aarón cuenta su historia. Nació en Villa Soldati y durante su infancia y hasta la adultez vivió de mudanza en mudanza, pasando por Villa Lugano, Ezpeleta, Quilmes, Rafael Castillo y alguna que otra ciudad que no recuerda. Desde julio pasado vive Pinamar: “Vine a trabajar en construcción”. Empezó en albañilería con su padrastro hace cuatro años. Previamente, había sido empleado de una empresa dedicada al reacondicionamiento de equipos decodificadores.
En el medio comenzó a inmiscuirse de a poco en el mundo del rap, lo que -junto con su primer empleo- le comenzó a torcer el rumbo de su vida. “La verdad que en un momento no iba por buen camino. No es que robaba, pero era vago y me metía en problemas ajenos. Y el freestyle me ayudó a no volver a las esquinas de las villas. Como en Soldati no había muchos pibes que rapeaban, me iba a Caballito, a Paternal, a Colegiales. Nunca me pareció bueno ni malo el rap, pero simplemente en las villas no había mucho, por eso me fui alejando de a poco”, recuerda.

Pese a sus habilidades, Aarón no se considera rapero. “Porque no sé mucho de rap. Lo que hago es freestyle, que significa estilo libre y que es el arte de improvisar con rima”, explica. En la actualidad, suele reunirse con otros jóvenes con los que comparte la afición en Pinamar y piensa en participar en grandes competencias: “Seguro voy a ir a todas las que tenga cerca, siempre que no vayan en contra del horario de los días de iglesia y de trabajo”.
Para eso trata de mejorar día a día mediante la lectura. “Es primordial. En los primeros siete meses me leí fácil cinco o seis libros de todos estilos: de poesía para tener rimas y de grandes sucesos de la historia para tener acotes (explica que son hechos históricos y conocidos ‘para que te lo griten’, como algún suceso de fútbol)”.
La vida lo encuentra hoy trabajando en la playa, con un carro pintado de amarillo y blanco que pertenece a su suegro. Sus días comienzan bien temprano: “Me levanto tipo 5.30 o 6 de la mañana y oro (soy creyente en Dios). A eso de las 7 o 7.30 desayunamos con mi novia (Florencia) y ella se va al trabajo. Después pelamos con mi suegro entre 200 y 300 choclos”, dice. Llega a la playa cerca de las 11, se da un chapuzón en el mar y no se va hasta no vender todo o, en su defecto, hasta la caída del sol. Siempre con improvisaciones de por medio.

La clave para atraer clientes, señala, es hacer rimas al paso: “Por ejemplo, cuando va una pareja de la mano, les digo: ‘Choclo hermana, choclo hermano, ideal para estar en la playa de la mano’. O cuando están con un perro, les digo: ‘Choclo del carrito de hierro, compre para usted, su pareja o su perro’”.
A cada cliente que le acepte un free le pide el género que prefiera: “Soy muy versátil: lo puedo hacer en trap, en rap, en reggaeton, en reggae, en dembow, en RKT. Hasta en rock me pidieron. Tengo bases y le mando en cualquier género”. Los chicos aceptan encantados; los más grandes, en cambio, lo miran con desconcierto: “A ellos les digo que es como una payada con género de música urbana”.
La iniciativa lo llevó a viralizarse en las redes sociales. “En Pinamar hay un choclero que si le comprás un choclo, se tira un freestyle”, fue uno de los comentarios que circuló en Twitter. Aarón nunca los leyó porque no tiene cuenta en esa red social, aunque desde su entorno le habían hecho alguna mención al respecto. Antes de finalizar la charla, pidió leerlos. La repercusión lo puso feliz.
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