
Muchos murieron. La mayoría quedó como dormida. No era un estado de coma ni una muerte cerebral, era un congelamiento. Algunos los llamaban estatuas vivientes. Y así estuvieron durante décadas, hasta que un neurólogo descubrió que aún había una oportunidad para ellos, y dedicó gran parte de su vida a despertarlos. Y lo logró, en ocasiones, y el mundo entero se maravilló con el milagro (de la ciencia).
No es caprichoso el recuerdo de esta historia sino que se trata de los efectos de otra epidemia, desde cuyo surgimiento ya pasaron más de 100 años, y que tuvo efectos brutales en la humanidad.
Sucedió allá por 1920. El mundo transitaba la pandemia de la gripe, que mató a decenas de millones de personas, pero no fue suficiente y de pronto surgió otra enfermedad que se volvió epidemia: la encefalitis letárgica. Sus víctimas son difíciles de precisar, se habla de entre medio millón y un millón de personas, pero algunos registros incluso aseguran que hubo cerca de cinco millones de casos. Muchos -se estima un tercio- murieron a los pocos días de contraer la enfermedad. La mayor parte de los afectados en cambio sufrió síntomas hasta entonces desconcidos, algunos de los cuales se asimilaban a la enfermedad del parkinson. Hacia la década del 30, la enfermedad desapareció, pero sus secuelas no. ¿Por qué? Los pacientes seguían sumidos en un largo y silencioso letargo. Inmovilizaciones, conductas extrañas en los niños, ausencia completa de la persona.
Si bien su expansión se dio en la década del ’20 del siglo pasado, su aparición se remonta a unos años antes, y en un principio se la relacionaba con la gripe. Constantin von Economo (1876-1931) fue el doctor austríaco que bautizó la enfermedad. Según cuentan los registros, se enfrentó a pacientes que presentaban un extraño cuadro que comenzaba con fiebre y faringitis, los típicos síntomas de la gripe -de allí que lo relacionara- pero luego vio que derivaba en otra cosa (aunque en su momento él mismo habló de “encefalitis gripal”).

“Una muchacha de 26 años es trasladada desde una comisaría al hospital psiquiátrico. Durante dos días, se muestra desorientada, parece deambular dormida. En los corredores de la clínica se pasea con los dos ojos cerrados, como una sonámbula, y delira evocando toda clase de cosas de colores. Por la noche, bruscamente, padece un edema pulmonar, y muere”, dice un fragmento de las notas del doctor, recogido por la revista científica Investigación y Ciencia.
En 1917 la encefalitis letárgica ya era una epidemia en Austria, Francia e Inglaterra. Luego se extendería al resto de Europa y más tarde a América, hasta encontrar su pico en 1924. Claro que no era un mundo con tanto movimiento como el actual y, según se supo luego, el mayor factor de expansión de la enfermedad parece haber sido la Primera Guerra Mundial (acontentecida entre 1914 y 1918). Es que los despliegues de tropas y movimientos por todo el territorio europeo provocaron la gran mayoría de los primeros contagios. Luego comenzó a comportarse como ya sabemos que lo hace una pandemia.
La enfermedad fue tan severa y extraña que en Alemania por ejemplo se instaló un servicio médico especializado en encefalitis letárgica. Funcionaba en el Hospital Universitario de Gotinga y el responsable era el médico judío Felix Stern. Pudo llegar a descubrir una cura, pero nunca lo sabremos porque los nazis interrumpieron sus investigaciones y el doctor finalmente se suicidó en 1941. Dejó un libro sin embargo, llamado “La encefalitis epidémica”, que fue importante en los hallazgos futuros.

La historia no recuerda tanto a Stern como sí lo hace con Oliver Sacks, para muchos el neurólogo más famoso del mundo, que entra en esta historia muchos años después pero de manera definitiva. Nacido en Londres en 1933, desarrolló su carrera en Estados Unidos, pero iremos a él en un momento.
¿Por qué acabó la epidemia hacia 1933? Nadie lo sabe. Los investigadores siguieron sin embargo lidiando con los pacientes que habían quedado afectados desde el surgimiento. Muchos se enfermaron de chicos y diez, veinte o treinta años después seguían sumidos en el letargo. Según las estadísticas, de aquellos que no murieron pronto y sufrieron los efectos del letargo, apenas un tercio se recuperó con relativo éxito, otro tercio se recuperó con secuelas (rigideces, temblores, somnolencia), y el tercio murió.
En ese camino de la recuperación es que entra entonces el afamado Oliver Sacks.
Era 1966 y Oliver Sacks trabajaba en el Hospital Beth Abraham, en el Bronx, Nueva York. Muchos de sus pacientes tenían desde hacía años encefalitis letárgica. Según él mismo describió, parecían congelados, y no sabía si había alguien vivo dentro o no. Una de las primera claves le llegó luego de tocar el piano: con la música, al parecer, los pacientes demotraban algún tipo de reacción (no es casual que, años después, Sacks se estableció como uno de los mayores referentes de la músico terapia).
Sin darlos por perdidos, comenzó a tratarlos. Su historia dentro del hospital la retrató en un libro que años después llegó al cine, en 1990, con Robin Williams haciendo de Sacks y Robert De Niro en el papel de un paciente. La película se llama “Despertares” (como el libro) y describe lo que muchos consideraron un milagro.

Como parte de su trabajo, Sacks probó en las personas aletargadas un medicamento que utilizaba con su pacientes con parkinson: el L-Dopa. Quienes fueron testigos de aquella prueba no lo podían creer, y hasta el mismo Sacks diría que si no fuera por sus colegas que vieron lo mismo que él, no creería que eso pasó.
De repente, sus pacientes salían del sueño, como si la conciencia hubiera caído de pronto sobre ellos. Una paciente se puso de pie y comenzó a hablar. Otros de la nada caminaban, sonreían, dialogaban. Despertares lo muestra: Robert de Niro es un paciente completamente ausente y de un día para el otro despierta. Y se ve arrugado, adulto, escucha su voz de hombre acaso por primera vez, se hace preguntas…
“La atmósfera del pabellón en el hospital era como la de un carnaval, una fiesta. Era un sentimiento de euforia: la gente se enamoraba, quería salir y hacer cosas, explorar el mundo. De verdad había una sensación de magia y milagros... y probablemente una expectativa algo alarmante”, contó Sacks en su momento.
Como también cuenta la película, al poco tiempo el medicamento dejó de hacer efecto y los pacientes volvieron a su estado catatónico. Dejaron de hablar, de caminar, de reír. Pero tuvieron sus días, cuando nadie lo pensaba, tuvieron sus días. Fueron, de algún modo, los únicos que volvieron de aquella epidemia extraña. Y Sacks, que murió en el 2015, el único que supo que era posible.
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