“En Venezuela está todo mal, pero sueño con volver”: escapó por la frontera con Brasil y ahora trabaja en una cafetería de Buenos Aires

Keverlyn tiene 26 años, es de Puerto Ordaz y hace tres años decidió que en su país no tenía futuro. Hoy quiere terminar su carrera de arquitectura en Argentina, pero admite que extraña su tierra. Conmovida por la noticia de su compatriota drogada y violada en un local de Balvanera, admite haber sufrido acoso más de una vez

La presencia de los venezolanos ya es algo familiar entre nosotros.

Los identificamos por la cadencia de su acento, por su melódica manera de hablar. Y los reconocemos cuando nos traen el pedido en la bicicleta o cuando nos atienden en un negocio.

¿Cuántos hay en la Argentina?

Oficialmente, en febrero de 2021, son 213.552 los que tienen concedido el permiso de residencia regular. Aunque se estima que hay muchos más, que aún no están registrados.

Por su parte, ACNUR -la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados- dice en su página oficial:

“Las personas continúan saliendo de Venezuela para huir de la violencia, la inseguridad y las amenazas, así como la falta de alimentos, medicinas y servicios esenciales. Con más de 5 millones de venezolanos y venezolanas que se encuentran viviendo en el exterior, la gran mayoría en países de América Latina y el Caribe, esta se ha convertido en una de las principales crisis de desplazamiento del mundo.”

Y allí mismo (https://www.acnur.org/situacion-en-venezuela.html) agrega este párrafo:

“Los acontecimientos políticos, de derechos humanos y socioeconómicos que se desarrollan en Venezuela obligan a un número creciente de niños, mujeres y hombres a irse a los países vecinos y más allá. Muchos llegan asustados, cansados y en extrema necesidad de asistencia.”

La última actualización de esa página dice que hay 5.442.611 refugiados y migrantes de Venezuela por el mundo.

Una de esas personas es Keverlyn, que acaba de servirme un café cortado.

En ningún momento habla de política. No plantea posiciones ideológicas, tampoco denuncia ni acusa:

- ¿Vos sos una perseguida política?

- No, no… Yo no tenía ningún problema político en lo personal, pero no estoy de acuerdo con los que están al mando ahora… Está todo mal en Venezuela. Normalmente, los que salimos de Venezuela estamos en contra de lo que está pasando. Pero no es por una ideología política, porque sea blanco o azul. Es porque está todo mal en Venezuela. Es algo que va más allá de qué ideas tengas. No estamos bien allá, queremos estar allá pero no se puede, no funciona nada…

Le pido que me cuente cómo era un día de su vida en Venezuela:

- ¿Un día mío allá? Me levanto, no hay agua. Ok, no pasa nada, Cuando llueve juntas agua en un recipiente, está bien llenarás un envase, cuando puedas te lavas, no pasa nada… Me siento en la computadora a diseñar, pero se va la luz. Pierdo todo lo que hice toda la mañana, perdí todo lo que hice…Ok, no pasa nada. Lo vuelvo a hacer, está bien. Voy a imprimir el plano, no hay tinta en el centro comercial al que iba. No hay tinta o era muy costoso y no se consigue. Quieres usar el transporte público está todo en mal estado, deteriorado, porque no hay repuestos, entonces hay muy pocos medios de transporte que funcionen en la ciudad… Son las cinco de la tarde y ya no puedes salir porque no hay luz en los postes la calle está oscura, es peligroso Quieres hacer una comida y no consigues algunos ingredientes.

Su relato no tiene pausa. En el cálido ambiente de la cafetería bonaerense sigue dando ejemplos:

-Te enfermas y no hay la medicina que necesitas… Quieres surtir tu auto de nafta y no hay, tienes que hacer una fila de tres días, dormir ahí o la tienes que pagar en dólares Así es vivir el día a día en Venezuela. Es muy tedioso, lo que debería ser normal es muy cuesta arriba. Hay cosas que son básicas.

La dolorosa descripción de Keverlyn es contundente:

-Llegó un momento en el que querías comprar papel higiénico, no te digo de ninguna marca en especial, simplemente papel higiénico, y no había. En Venezuela llegamos a un punto que hay que tener alguna influencia para conseguir cosas como papel higiénico. Hasta ese punto llegamos en Venezuela. Llegó un momento donde no había vacunas para aplicarle a los animales y poder consumir la carne. No podías comer carne. Fue difícil vivir ese último tiempo que viví en Venezuela.

Ahora vive en Argentina, desde hace tres años. Cuando tenía 23 decidió salir de Venezuela. El cronista quiere saber -quizás igual que el lector- por qué eligió nuestro país:

-Cuando tomas la decisión de irte no es como que me voy y nada más, indagas todos los países y quizás hasta con qué familiares eres más cercano o con quienes te puedes llevar mejor o qué relación tienes con ese familiar, porque vas a vivir con esa persona…

Como ha pasado cada vez que llegaron inmigrantes a la Argentina, también los venezolanos se apoyaron en los familiares que los habían precedido:

-Tenía un primo acá que fue el primero que vino. Él es ingeniero y toca el violín. Le iba muy bien, en ambas cosas. Vivía en Belgrano. Al principio, como no lo conocían tocaba en el subte. Le daba mucha vergüenza, pero tocando ahí conoció gente y ganó dinero también y aparte consiguió trabajo en una empresa como ingeniero. Él en Venezuela no hacía nada relacionado con la ingeniería. Él fue el primero que llegó, Héctor. Luego vinieron dos primas. Una chiquita, de 18. Vino sola. Se fue a vivir a Laferrere, porque una amiga de su mamá la podía ayudar y empezó a trabajar en una peluquería. Y luego se vino otra prima, que es como mi hermana. La situación en el país estaba mal. Difícil, ya era insostenible. Entonces, pensé que si ella estaba aquí, yo me podía atrever también.

Hasta ese momento, Keverlyn trabajaba como secretaria en el consultorio de un odontólogo y estudiaba arquitectura en el Instituto Universitario Politécnico Santiago Mariño.

-¿Te recibiste allá?

-No. Llegué hasta el octavo semestre y me vine. De hecho una de las situaciones que me decidió a venir fue no poder recibirme en Venezuela. Tenía que hacer la pasantía y no conseguía obras porque justo estaban todas las guarimbas, las marchas y las protestas y muchas muertes. El país estaba como parado. A mi papá le robaron el auto, también. Él era el que me llevaba y me traía, tuve que empezar a tomar transporte público. Me agredieron una vez, me robaron, me golpearon el cuello y era de día, estaba yendo a la facultad.

Sintió temor, claro. Pero pronto iba a experimentar ese otro recelo que el poeta Daniel Salzano describe en una bellísima canción que compuso con Jairo: “Los inmigrantes sienten crecer el miedo…”

Porque la decisión de salir de Venezuela la atemorizó:

-Tenía mucho miedo. Yo nunca había vivido fuera de mi casa, siempre viví con mis padres y mi hermana, somos muy unidos, siempre me apoyé un montón en ellos.

-¿Y qué fue lo que más te costó?

-Todo. Tuve que ir a la universidad a sacar todas mis notas, y no estoy muy segura si puedo retomar allá. Yo creo que eso yo ya lo perdí. Tengo constancia de que llegué hasta cierto punto de la carrera, pero no puedo volver y continuar allá, creo que ni siquiera puedo hacer eso, porque era una universidad privada, después de cierto tiempo no puedes retomar. Ir y retirar mis notas me costó un montón, lo pensé mucho, me dolió un montón, ese día lloré mucho. Renuncié a mi trabajo me costó, pero mucho más despedirme de mi abuela. No sabía si la iba a volver a ver, tuve hacerle entender que me iba a otro país que quedaba muy lejos. Es como una niña, ¿sabes? Explicarle eso fue muy doloroso. Despedirme de mi familia fue lo que más me dolió.

Luego, había que salir de Venezuela.

Fue entonces que Keverlyn vivió una peripecia que a cada paso estuvo a punto de fracasar:

-Mis padres me dieron sus ahorros en bolívares, al cambio no era mucho, eran quinientos dólares… Para no gastar me tuve que venir por tierra desde mi casa en Puerto Ordaz hasta la frontera en un autobús… Lloré todo el camino, ocho horas, hasta un pueblo que se llama Santa Elena, frontera con Brasil.

Ese autobús, de andar tambaleante, repleto de pasajeros y equipajes, era el primer paso hacia una nueva vida. ¿Llegaría a la Argentina?

-Mi prima ya estaba acá y me esperaba. En este país no había problemas de idioma, se hablaba castellano, la universidad era gratuita… Yo ya había visto los planes de estudio de aquí y me gustaba mucho la UBA. Además me habían dicho que las cosas relacionadas con la salud también eran gratuitas.

Pero faltaba bastante para alcanzar ese objetivo soñado:

-No era ningún secreto que la mayoría de los venezolanos estaban saliendo, ese camino es para ir a la frontera… En la ruta hay varias alcabalas, puestos policiales. Desde Puerto Ordaz hasta Santa Elena. En los que te bajan del autobús y te revisan y te preguntan adonde vas. Y si saben que vas a afuera, entonces tienes dólares. Y ellos te los sacan. Y no hay ley. ¿Con quién te vas a quejar que te sacaron los dólares, si ellos son la policía?. Entonces mi mamá me había cosido un bolsillo en la lycra que yo tenía debajo del jean y ahí tenía escondidos los dólares. Mi pasaporte lo tenía conmigo escondido en mi ropa, y solo tenía a mano la cédula Y cada vez que me preguntaban en cada requisa en el camino yo decía que iba a Santa Elena, a la casa de mi primo a trabajar. Y en mi maleta llevaba muy pocas cosas, casi nada. Ahí me quedé en lo de este primo, que tiene negocio allí, un almacén. Me duché, comí, y él me llevó hasta la propia frontera en un auto, veinte minutos.

En Boa Vista, Brasil, las Naciones Unidas entregan camisetas del Santos FC a chicos venezolanos refugiados. ( Pic ACNUR 2 - Allana Ferreira .jpg)
En Boa Vista, Brasil, las Naciones Unidas entregan camisetas del Santos FC a chicos venezolanos refugiados. ( Pic ACNUR 2 - Allana Ferreira .jpg)

Fue entonces que le sellaron el pasaporte, en el último puesto migratorio de Venezuela. Caminó tres cuadras por una calle de tierra y llegó a Brasil, a un pueblo llamado Boa Vista en el que la llegada de miles de venezolanos ha provocado un fenómeno social inesperado. Pese a la diferencia de idioma, la cercanía convierte a Brasil en un destino accesible para quienes salen de Venezuela. A través de ACNUR las Naciones Unidas han creado los albergues temporales Rondon 1 y Pintolândia, donde viven familias enteras. Allí acaba de concretarse un acuerdo con el Santos Fútbol Club, que ha donado indumentaria deportiva juvenil para los chicos venezolanos refugiados en Boa Vista. Y las autoridades municipales brasileñas tratan de resolver los flamantes problemas sanitarios y educativos provocados por el aluvión de nuevos pobladores.

Allí fue que Keverlyn pudo sellar su pasaporte para entrar a Brasil:

-Ese lugar estaba repleto de gente. La fila era gigante, estaban en carpas, con muchos chicos. Estuve todo el día haciendo la fila, por la cantidad de gente que había. Ahí ya no tenía cobertura, no podía hablar con mis papás ni wifi ni nada. Luego tomé un autobús hasta Manaos. Era el último colectivo del día, lo corrí, paró y lo tomé. Si no, me tenía que quedar allí, gastar plata en dormir una noche y además yo no hablo portugués. Logré subir y llegué a Manaos. Fui al aeropuerto y casi pierdo el vuelo porque el pasaje de avión tenía un error en la fecha. Tuve que cambiarlo, pagar una diferencia y recién entonces me pude sentar en el avión. Y yo nunca había viajado sola, tuve que arreglarme con todo el tema de dólares y horarios, todo era nuevo y sobre la marcha fui aprendiendo cosas. Finalmente llegué a Ezeiza, donde me estaban esperando mis primos.

Han pasado tres años. En ese período, volvió una vez a su país:

-Cuando mi papá me costeó todos los gastos, si no yo no hubiera podido venir, le prometí que yo iba a ir por mi hermana. Porque yo le dije que iba a reunir el dinero y se lo iba a devolver. Obviamente me dijo que no. Yo desde que llegué, reuní el dinero. Y el año pasado pude ir a Venezuela. Y fui de sorpresa. Sólo le conté a mi papá y a mi mamá, para que me fueran buscar al aeropuerto. Y llegué a mi casa y mi hermana no sabía. Y le había comprado su pasaje, la fui a buscar y me la traje. Me gasté más de dos mil dólares en ese viaje pero estuve sólo dos semanas.

-¿Y tu hermana ahora vive acá?

-Sí, mi hermana vive acá conmigo. Y no la busqué antes porque ella estaba en el secundario, no había terminado. Tenía que esperar que terminara. Se recibió con honores, la fui a buscar y me la traje. Ella trabaja en un bar de Olivos, el trabajo lo consiguió ella sola. Le va excelente y su plan es estudiar. Ahora está haciendo todos los trámites para sus documentos. No es un trámite imposible, un poco tediosos pero no es inaccesible. Yo ya lo tengo, hace poco me dieron el DNI.

Para este trámite contó con la ayuda de sus compatriotas residentes en la Argentina:

-Mira, nosotros somos muy unidos. De hecho conseguí este trabajo en la cafetería porque conocí a una señora que trabajaba en una tienda cercana, en Vicente López, Ella me preguntó qué necesitaba y yo le dije que un trabajo. Y ella me dijo que su hija trabaja en un café, allí hay varios venezolanos trabajando, por qué no vas… Y vine con mi CV y las chicas me ayudaron y aquí estoy. Y siempre como que nos estamos ayudando. Tenemos varias páginas en instagram y subimos las ofertas de trabajo. Igual con respecto a los documentos, siempre hay alguien que te un dato o un contacto.

Marcha de los venezolanos en Buenos Aires, por la denuncia de la violación de una joven. 2 (Imagen Cadena TVV)
Marcha de los venezolanos en Buenos Aires, por la denuncia de la violación de una joven. 2 (Imagen Cadena TVV)

El nefasto episodio de la chica que denunció haber sido abusada en la calle Paso también demostró la unión de los venezolanos en la Argentina:

-El día de la marcha estuve trabajando, pero si hubiese tenido libre hubiera asistido. Lo que le pasó a esa chica le pudo haber pasado a cualquiera, yo tengo a mi hermana conmigo, también tengo primas, así que es algo que no hay que pasar por alto. La marcha que se hizo fue noticia en muchos países, así que sirvió de mucho.

La propia Keverlyn tuvo que enfrentar situaciones riesgosas

-A mí me han pasado cosas, también. Mi relación con los argentinos es muy buena, porque me respetan y me valoran. Pero me han pasado cosas malas, que no me habían ocurrido en Venezuela. En una oportunidad iba por la avenida Centenario cerca de la estación San Isidro y me persiguió un auto que venia a contramano. Y justo llegó la policía porque lo habían visto por las cámaras que circulaba en sentido contrario. Y en otra oportunidad un hombre joven se bajó de un auto y me corrió varias cuadras.

Esos ocurrió hace tiempo. Ahora se siente más protegida, porque está en pareja:

-Él se llama Daniel y también es venezolano, de Caracas… Nos conocimos aquí, a través de amigos comunes… Como yo soy de una provincia, en Venezuela difícilmente nos hubiéramos encontrado…

Lo mismo que tantas parejas de españoles o de italianos que llegaron a la Argentina en el siglo pasado, los inmigrantes venezolanos construyen nuevos lazos afectivos, entre sí y muy lejos de su tierra. Igual que nuestros abuelos, estos refugiados del siglo XXI dejan casa, recuerdos, amigos y sabores. Es el precio que pagan, en procura de construir una nueva vida:

-Sí, es un costo espiritual muy alto… A mí me rompió todo cuando me vine, me destrozó… Me preguntaba por qué, por qué a mí por qué me tocó todo esto a mí… Me dolió un montón alejarme de mi familia… Discutí con Dios, me peleé con Dios un tiempo… Y bueno, ahora entiendo que fue necesario quizás… Que ahora soy una chica más fuerte, que tengo otro punto de vista, que puedo… Así que quizás tuvo que ser así… quizás necesitaba eso y bueno espiritualmente como que me conocí un poco más Me sentí un poco más completa, más centrada, mejor… Una versión mejor de mí…

Le pregunto cuáles son sus planes ahora:

-Hasta hace poco mi objetivo era traer a mi hermana, Ya está aquí, ahora lo que quiero es recibirme de arquitecta en la UBA.

-¿Qué es lo que más te gusta de Argentina?

-De Argentina me encanta lo bien planificada que está la ciudad… Tengo tres años viviendo aquí y aún me sorprende lo bien organizado que está el transporte público. Me encanta que le den protagonismo a las áreas verdes, al igual que las edificaciones que en su mayoría respetan el diseño de su antigüedad… Esa estética me deslumbra siempre en las calles de Buenos Aires…

-¿Y lo menos te gusta?

-Me parece que hay dos Argentinas totalmente diferentes, la de las provincias y la de Buenos Aires. Yo soy del interior de Venezuela y pasa lo mismo… Soy de Puerto Ordaz, donde además hace mucho calor siempre, por eso no estoy acostumbrada al frío… ¡El primer invierno aquí me enfermé!… Y lo que definitivamente no me agrada es la inflación, la economía varía de manera brusca… Y es muy difícil optar por un trabajo en blanco

Mi pocillo de café ya está vacío. La última pregunta provoca una respuesta cargada de nostalgia y de esperanza:

-¿Volverías a Venezuela?

-Sí, volvería… porque extraño un montón, todo… Somos diferentes… Nos sentimos muy bien aquí nosotros, ustedes nos han aceptado muy bien acá, pero no soy de aquí yo. Soy de allá. Y me encantaría vivir en Venezuela, pero que todo funcione. Yo invertiría en mi país. Me encantaría recibirme y llegar a invertir, llegar a construir, para que todo mejore allá.

Aquellos inmigrantes de hace 100 años también soñaban con volver a su tierra. No pudieron hacerlo y se quedaron aquí para siempre.

Pero esa fue otra historia.

La de hoy todavía está por escribirse.

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