
Sonia de Francisco es consciente de que su tiempo es un bien finito. Tal es así que lo exprime al máximo: se despierta a las 5 de la mañana religiosamente y desayuna mientras contempla un silencio que le entrega un escenario propicio para la lectura. Más tarde se prepara para ir a La Cabaña del Bosque, la casa de té más emblemática de Mar del Plata, una de sus tantas creaciones, en donde pasa tantas horas que su hermana debe llamar al lugar para pedirle que se vaya a su casa.
Hace 36 años, dentro del Bosque Peralta Ramos, la mujer decidió convertir la casa que habitaba junto al médico Coco Morán, su marido, en un espacio que nació para que las niñas y los niños que vacacionaban en la reserva natural tuviesen un sitio en donde leer y merendar.
La mujer pasaba sus tardes sentada junto a ellos, entre ilustraciones y hojas en blanco para vestir, rodeados de porciones de torta y bizcochuelos que eran parte de la experiencia. Aquello no era un taller; Sonia no cobraba por hacerlo. Su único propósito era fomentar la lectura conjugada con la naturaleza. Todo era por amor al arte.
Sonia nació en 1947 en Mar del Plata pero transcurrió gran parte de su infancia en La Dulce (oficialmente conocido como Nicanor Olivera), un pueblo perteneciente al partido de Necochea, en el cual vivieron sus abuelos españoles. “Una comunidad muy particular en la que tuve contacto con la naturaleza, la cual me dio una característica que no perdí nunca más: la fe. La misma fe que siente una persona que espera que una semilla dé sus frutos”, explica a Infobae.

“Todos los meses, una vez por lo menos, íbamos hasta allá. Tengo muchos recuerdos propios, porque era muy solitaria por aquellos años. Era una lectora ferviente y me encantaba estar debajo de los árboles leyendo. Me gustaba encontrar las razones de las cosas, las cuales me llevaban a tener muchos interrogantes”, revela.
Su padre era submarinista y su madre una ama de casa dedicada a la familia. Sonia estudió Filosofía y Letras en la Universidad Católica Argentina de Mar del Plata pero no se recibió. “Todo el mundo de los libros pero visto desde el otro lado. Me ayudó mucho mi formación literaria. Pero en un momento me di cuenta de que no quería eso. Y justo en mi barrio se había credo la primera biblioteca de un sistema municipal que hoy subsiste. Por aquel entonces tenía 19 años y el ingreso a la municipalidad era por sistema público. Finalmente entré y con los años culminé siendo la directora de ese sistema”.
Fue la primera encargada de la división de bibliotecas municipales de la ciudad, creada en 1974. También fue artífice de que muchas de ellas vieran la luz en La Feliz. Entre tantas, las municipales que aún hoy persisten instaladas en las principales plazas y la instalación de octava Biblioteca Depositaria de las Naciones Unidas.

En los 80, junto a su marido también fundó “La Cuadrada”, una casona convertida en centro cultural, la cual cerró sus puertas en 2013. “Siempre fui una activista cultural. Cuando vendimos esa propiedad decidí utilizar el dinero para un gusto personal. Un intercambio de bibliotecarios entre Mar del Plata y Barcelona. No fue un negocio, no gané plata, pero me fue maravillosamente bien”, dice Sonia, quien durante varios meses del año se radica en España por este tipo de iniciativas.
La Cabaña del Bosque: un ícono marplatense
Cuando se traspasa el arco de la reserva forestal -ubicada en Don Arturo y Los Cedros- y se transitan los 400 metros hasta su ingreso, un portón de madera anuncia la casa de té. A sus costados, el verde follaje envuelve el camino hacia la escalera y también esconde un estanque con peces, mesas y sillas alrededor.
Sonia, presidenta de las Mujeres Empresarias de Mar del Plata, administra este sitio único junto a su hermana: “No es sólo un lugar para desayunar o merendar, este es un espacio cultural”, remarca.

“Cuando me casé con Coco ya teníamos esta casa. Una propiedad familiar. Desde muy chica me gustaron los espacios abiertos, con mucho protagonismo natural. Luego nos fuimos de acá y veníamos los fines de semana. Allí empecé a hacer eso con los chicos. Le avisaba a un vecino, le avisaba a otro... Este bosque lo conozco como la palma de mi mano”, rememora.
Y continúa: “Era una placer para mí, porque una biblioteca podía estar debajo de un árbol. Y esta era mi casa, nosotros la transformamos, le cambiamos la energía a este lugar. Pasó a ser un centro dinámico de cultura. Hoy leo que hay inmobiliarias que intentar alquilar una casa y ponen: ‘A cinco cuadras de la casa de té'. Este año lo descubrí y me emocionó”.
“La gastronomía fue un acompañamiento. Lo primero que hicimos fue diseñar actividades: musicales, teatrales, lectura. Como expresé anteriormente: este sitio es un centro cultural. Este año no pudimos hacerlo por una cuestión de protocolos, pero lo hubiésemos realizado”, indica Sonia.

El ritmo de la casa de té es el que ella impone: no hay gritos, sobran sonrisas y todo es abundante. Sonia camina y observa entre las mesas. Desde allí es capaz de pedir que a un chico le llenen la taza con chocolate o que a una mujer le regalen la porción de torta que iba a escoger en un principio y luego no lo hizo.
“He concebido que este sea un lugar en donde la gente haga lo que quiera. Y si no logro el cometido de que estén contentos, no sirve. Por eso si a alguien algo no le gusta ni muerta se lo cobraría”, sostiene Sonia.

“Muchas veces intentaron comprar este lugar, pero nunca me pusieron un número sobre la mesa porque desde el vamos dije que no. Sí han intentado con el tema de las franquicias, pero no me interesó”, manifiesta Sonia.
Y concluye: “No sé lo que haré de acá en adelante. Quizá lo próximo que vaya a hacer va a reflejar más mi tiempo actual que el anterior. Esto es multicultural y de acá probablemente me vaya antes. Lo físico es una circunstancia. No lo que uno es o hace. Yo voy a seguir radicada en Argentina, siempre pensando en cómo beneficiar a mi país”.
Fotos: Christian Heit
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