
La expansión de la frontera agropecuaria está causando un impacto de características catastróficas en el ecosistema y la vida de las comunidades indígenas de la Argentina, particularmente por el proceso de deforestación que, por ejemplo, en la Región del Chaco Seco, en el norte del país, pone a ese territorio como el segundo afectado en cantidad de hectáreas de toda Sudamérica, después del Amazonas.
Este proceso se aceleró de manera ostensible en los últimos años, durante los cuales el porcentaje anual de pérdida de bosque nativo –respecto del total de bosque nativo remanente– aumentó en todo el territorio nacional de un 0,34% anual en 2015 a un 0,42% en 2018, lo que equivale a una superficie desmontadas de 183.368 hectáreas.
Un muy reciente estudio realizado por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Desarrollo (APCD) ubica a la Argentina “entre los diez países con mayor pérdida neta de bosques en el mundo durante el período 2000-2015”. También señala que desde la sanción de la Ley de Bosques Nativos, en 2007, la pérdida de superficie boscosa en el decenio 2008-2018 fue de aproximadamente 2,8 millones de hectáreas.
Más de 100.000 hectáreas en un año
Durante el último año, la situación en la región llegó a un pico aún más alarmante: “Este proceso continuó su deterioro en el año 2019, en el que se registraron 102.023 hectáreas deforestadas, totalizándose la suma de 6.011.867 hectáreas de bosques desmontados en el Chaco Seco para el período 1996 a 2019. Es decir, 60.118,67 kilómetros cuadrados, una superficie equivalente a casi tres veces la provincia de Tucumán”, grafica el estudio de APCD.
La ecorregión del Chaco Seco abarca Chaco, Santiago del Estero, Formosa, norte de Santa Fe, Córdoba y San Luis, oeste de Salta, Tucumán, La Rioja y Catamarca, y el oeste de Corrientes.

En el mismo sentido, el último informe del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible titulado “Causas e impactos de la deforestación de los bosques nativos de Argentina y propuestas de desarrollo alternativas”, señala que “desde el año 2016 la deforestación provocó, además, el desplazamiento de comunidades que desarrollaban su economía y cultura en base al bosque nativo, suponiendo así un proceso de concentración de la tierra y riqueza acompañado por una homogeneización de la producción en base a los monocultivos y la pérdida de generación de servicios ambientales forestales”.
El impacto social
Migraciones forzadas, pérdida de identidad individual y colectiva, desarraigo histórico y espiritual, aumento de la inequidad y de la pobreza son algunos de los efectos que la deforestación desenfrenada provoca en los habitantes de las zonas afectadas, principalmente en las comunidades indígenas.
“La destrucción del ambiente natural que suponen los bosques nativos tiene graves consecuencias para las poblaciones locales, compuestas principalmente por pueblos indígenas, familias campesinas y pequeños productores. Debido a la destrucción de su entorno, estos sectores muchas veces se ven forzados a desplazarse a grandes centros urbanos, aumentando así la concentración inequitativa de la población, los índices de pobreza y la pérdida de saberes culturales que hacen a una sociedad más diversa, justa e inclusiva”, explica a Infobae el veterinario Pablo Chianetta, uno de los autores del estudio.
En el lugar de las poblaciones desplazadas o afectadas por la deforestación y la expansión de la frontera agropecuaria se produce la aparición de nuevos actores económicos y rurales con una concepción totalmente diferente de la tierra y su relación con la vida humana. Se pasa así, de una visión de intercambio mutuamente enriquecedor de los sujetos con el entorno a una visión meramente extractiva, un verdadero saqueo de la riqueza que encierra la tierra.
“Los nuevos actores rurales que surgen luego del proceso de deforestación y reconversión de las tierras para fines de explotación agroganadera traen consigo otros criterios valorativos sobre la región, que se expresan, centralmente, en una visión reducida a lo meramente productivo. De esta manera, el ambiente se convierte solamente en un dispensario de recursos económicos que es preciso explotar con la mayor celeridad posible, sin tener en cuenta otras dimensiones que se juegan en el territorio”, describe el informe.
El caso de Formosa
El feroz avance de la frontera agropecuaria en Formosa no sólo se mide en hectáreas sino también en vidas. “Es un fenómeno que parece imparable y que afecta tanto al ecosistema como a la vida de las comunidades indígenas de todo el Chaco Argentino Paraguayo, ya que han perdido casi totalmente la posibilidad de cazar, melear (recoger miel) y pescar que han sido sus formas de subsistencia durante siglos. Y eso, finalmente, atenta contra los elementos y valores sobre los cuales se sustenta el ser indígena”, dice Chianetta a Infobae.
Si se sobrevolara el territorio formoseño el paisaje se podría describir como una enorme extensión de campos desmontados, de tierras rojizas, limitados por alambrados, entre los que subsisten, aquí y allá unas islas verdosas de bosques.

En algunas de esas islas todavía tratan de sobrevivir según sus costumbres ancestrales, diversas comunidades indígenas de las etnias wichí, qom, pilagá y nivaclé. De acuerdo con su cultura de cazadores y recolectores, durante siglos estas comunidades vivieron desplazándose por sus territorios ancestrales, según el ritmo que imponían las estaciones del año y la existencia de alimentos. Durante el verano, en las épocas de crecidas de los ríos se alejaban de sus márgenes y se asentaban en territorios interiores, mientras que en tiempos de bajantes, en los inviernos, se acercaban de nuevo cerca de las aguas para subsistir fundamentalmente de la pesca.
Pequeños productores y pobreza
Las comunidades indígenas no son el único colectivo afectado por el proceso de deforestación. En las últimas décadas, la expansión de la frontera agropecuaria afectó de manera regresiva a la diversificación productiva y, consecuentemente, a la posibilidad de supervivencia de los pequeños productores agropecuarios que históricamente tenían sus emprendimientos en las zonas deforestadas.

El informe de APCD detallar que “en el período 1988-2002, los pequeños productores agropecuarios vieron caer sus explotaciones en un 26%, porcentaje que asciende al 48% si se considera el período 1988-2018. Esto equivale a decir que casi la mitad de los pequeños productores ha desaparecido en sólo 30 años, llevando a una mayor concentración de la riqueza y aumento de las desigualdades”.
Así, la expansión irracional de la frontera agropecuaria, con la consecuente destrucción de los bosques nativos no sólo usurpa territorios a las comunidades que los habitaban desde hace siglos sino que también mata. A la tierra y a la gente.
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