La noche del jueves 10 de diciembre se encendió la primera vela. La noche del jueves 18, ocho días después, concluye la celebración con el encendido de la última de un candelabro de ocho brazos. La ceremonia ocurre en jornadas nocturnas cuando la luz ilumina y vence la oscuridad y cada día se prenda una nueva vela porque, como dice Isaac Sacca, Gran Rabino de la Comunidad Sefaradí de Buenos Aires y presidente de la Organización Judía Mundial Menora, “la graduación supone un mensaje: las cosas se logran de a poco, no se puede iluminar de golpe todo”.
Es una de las enseñanzas de Janucá, una de las fiestas más emblemáticas de la religión judía. Su origen se remonta a la posterioridad de la muerte de Alejandro Magno: sus generales sucesores -consignó Sacca- gobernaron infundiendo la cultura basada en el regocijo del cuerpo y lo material por sobre toda clase de valor moral y ético. Pretendieron inculcar el “helenismo” como cultura única. “A diferencia de las naciones del mundo que aceptaron con gratificación la nueva cultura, el Pueblo de Israel no se asimilaba; los judíos eran muy obstinados en sus creencias”, escribió el rabino.
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Esa rebelión fue el núcleo de la gesta. Eran un grupo de personas dispuestas a sostener su tradición, su cultura y su soberanía: pelearon y recuperaron lo que eran. “Como símbolo de esa recuperación entraron al Gran Templo de Jerusalén y volvieron a inaugurarlo, porque durante una etapa determinada las autoridades prohibieron las prácticas de los hebreos que vivían en esa tierra. No querían abandonar sus tradiciones y menos en sus propias tierras, por eso reinauguraron el templo luego de haberse rebelado”. La dinastía de los Jashmonaim duró 200 años: en homenaje a la reapertura del templo se prendió la Menorá, el candelabro, en una celebración de Janucá, cuyo significado representa la inauguración.

El trasfondo de la fiesta es un tributo al respeto por las tradiciones, los pensamientos y las ideas. “Cuando alguien quiere imponer su idea por la fuerza no debemos claudicar y someternos. Cada ser humano tiene que hacer un aporte a la humanidad, no podemos unificar las ideas. Eso sería un sacrilegio. Cada pueblo, cada pueblo, cada idea, siempre y cuando respete al prójimo y la diversidad, es bienvenida para la construcción de una sociedad más sana. Janucá es la fiesta que celebra la diversidad. No buscaba una idea unánime que englobe a todas las personas”, expresó Isaac Sacca.
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El rabino reparó en una característica de las celebraciones del calendario judío: son eternas. Esa condición permite que en cada era cada generación pueda asignarle un significado nuevo. Este 2020, un año atípico, no deja indiferente a las fiestas religiosas. Sacca abordó el espíritu del Janucá bajo el matiz de la pandemia: “Estamos viviendo una pandemia de coronavirus que cambió las estructuras de la sociedad. Nos enfrentamos ante una adversidad nunca antes vista. Necesitamos una inspiración, un modelo que nos diga cómo actuar ante la adversidad. Y acá nos encontramos con los Jashmonaim, los hombres de la epopeya de Janucá. Eran un grupo pequeño de personas sin entrenamiento militar y político, que se encontraron en una situación de adversidad: querían quitarles su cultura. Ellos dijeron ¿qué hacemos, nos callamos, nos sometemos o hacemos lo que podemos hacer?”.
¿Y qué hicieron? “Lo que pudieron hacer -respondió-. Al pueblo judío eso le quedó impregnado en su conciencia: hacer lo que se puede hacer y no quejarse. No sirve quejarse, autocompadecerse no es provechoso ni redituable. Este mensaje cobra significación en un pueblo que fue muy perseguido a lo largo de la historia. El mensaje de Janucá es vital para la supervivencia del pueblo de Israel”.
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El rabino contó que el festejo se manifiesta encendiendo las velas durante los ocho días que duró el milagro. “En aquellas históricas jornadas, cuando los judíos retoman el Templo y lo van a consagrar a Dios, después de haber sido profanado por Antíoco Epifanes, se encuentran con que no había aceite puro suficiente para encender la Menorá, ya que hacía falta un aceite procesado de una manera determinada, de acuerdo con las normas bíblicas, y ese proceso duraba ocho días”, escribió en un artículo publicado en Infobae.
El frasco de aceite que encontraron tenía líquido suficiente para durar un día. Hicieron lo que tenían que hacer: “Encendieron la Menorá con lo que tenían, aunque sabían que no iban a tener aceite para el segundo día, igualmente lo hicieron. Sin embargo, esa poquísima cantidad de aceite se mantuvo encendida ocho días, hasta que llegó el momento en que terminaron de fabricar de vuelta el aceite para las velas de la Menorá”. “El milagro de la duración antinatural del aceite de la velas tiene como enseñanza que cuando uno persigna y brega por la luz, aun con poco poder, la luz se sobrepone milagrosamente frente a la corrupción”, expresó Sacca.
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Prender una vela es una acción simple con un significado complejo: tiene una connotación altruista. Explicó el rabino: “El talmud enseña que una luz ilumina a cien como a miles. El poder de la luz, a diferencia de otros elementos de la naturaleza, es que todos los pueden disfrutar por igual y uno no le quita a otro. En cambio la comida, la vestimenta, el espacio es limitado en proporción a la cantidad de personas que hay. La bondad verdadera es aquella que usufructúan todos los seres humanos. El mensaje de Janucá también es que frente a la oscuridad también tenemos que encender luces. La luz y la oscuridad tienen un significado muy presente en esta fiesta. Los hebreos se vieron ante una oscuridad. Estaban bajo amenaza de muerte y tortura, no es que los invitaron a abandonar su tradición e incorporar otra. Y, además, la luz se enciende con aceite y el aceite se fabrica machacando las semillas. Hay que trabajar, hay que esforzarse, hay que sufrir. Aquellas personas que quieren iluminar el mundo, son aquellas que están dispuestas a esforzarse y a entregarse por los demás”.
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