
Salí a hacer las compras y en media cuadra me angustié. Un policía empujaba con su bastón en el pecho a un hombre alcoholizado que no quería moverse de la puerta de una clínica. La gente seguía de largo mientras él gritaba “me duele”. Me acerqué al oficial y le pedí que no lo empujara. Le hablé con dulzura al señor y lo convencí de irse a la plaza de enfrente, adonde le permitían estar.
Caminé media cuadra más. Dos cartoneros arrastraban sus pesados carros. En la esquina, una nueva familia se estaba asentando en la calle. Al regresar de la verdulería compartí mis manzanas con un muchacho que me pidió “algo para comer”. Nada nuevo, solo que aumentado. Dolorosamente aumentado. Varias veces al día tocan el timbre de casa pidiendo ropa. Y comida. O “lo que tenga para dar”.
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Ayer hablé con mi hermana que vive en Francia y lloré al describirle el panorama de mi país. Es que me duele. Aunque viva en mi casa calentita y nada me falte, aunque esté en una situación de privilegio en comparación con el resto, Argentina me desgarra el alma.
Hace unos días, en mi Rosario natal, asaltaron a un amigo con un revólver en el estómago. Está vivo porque tenía algo de dinero en el pantalón. La semana pasada, aprovechando el calorcito primaveral, almorcé con una amiga en Palermo. Sentimos tanto temor que decidimos entregarle nuestros bolsos al encargado del local para que estuvieran a resguardo. Hace tiempo que salgo a la calle solo con un poco de dinero. El fin de semana salí a tomar fotos de los edificios en mi bicicleta y un hombre me gritó desde un auto “te van a robar el celular”.
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No quiero vivir así. No merezco vivir así. No merecemos vivir así.

Buenos Aires se ha transformado en una ciudad fantasma en la que cada vez hay más personas durmiendo en las veredas, un ejército de cartoneros revolviendo la cada vez más escasa basura y un desfile incesante de adultos y niños vendiendo pañuelitos, paltas, estampitas, biromes o lo que sea para poder comer.
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No sé si la culpa es de Menem, de Macri, de Cristina, de Alberto o del Fondo Monetario Internacional. Solo sé que acá estamos. En una realidad desoladora que, si se tiene un poco de sensibilidad no puede dejar de movilizar.
Cuando expongo estos escenarios, no dejan de preguntarme por qué no brindo soluciones o por qué no me voy del país. No es mi función brindar soluciones que deberían ofrecer los servidores públicos a los que les pagamos sus abultados salarios con nuestros impuestos. Y que no han tenido el menor gesto de esos que nos vienen reclamando a nosotros desde tiempos inmemoriales.
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Ante una de mis descripciones, una señora me preguntó por Twitter porque, si tantas cosas me perturban de Argentina, no hago mis valijas y me voy. Me lo he preguntado en un sinfín de ocasiones. No me voy porque no quiero. Al menos por ahora. Porque sé lo que es el desarraigo. Porque sé lo que es la angustia de volver a empezar. De armar la vida desde cero.
Viví en Europa cuando era muy joven y me fui a estudiar a Gran Bretaña con una beca del British Council. Y sé lo que es extrañar. Hace 25 años, mi único contacto con el mundo era una llamada de cobro revertido a mi abuela cada dos semanas, los faxes con los que me comunicaba con mis amigos y las cartas que esperaba con ansias. Extrañé mucho, aunque ese viaje me abrió la cabeza para siempre.
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Me encanta viajar, hago periodismo de viajes en “Viajo Sola”. Uno de los goces es volver siempre a la ciudad que más amo, Buenos Aires. Nací en Rosario y viví la mayor parte de mi vida allí hasta que pude concretar mi sueño de vivir y trabajar en la “opulenta” CABA, que cada vez tiene menos de opulenta. En los últimos años logré combinar todo lo que había soñado: viajar y vivir en la ciudad que más me gusta en el mundo.

Hoy me duele Buenos Aires y me duele Argentina. Y tengo que pensar, aunque no lo desee, en la posibilidad de irme, aunque espero no utilizarla. El otro día participé de un webinar de visados internacionales. Me llamó la atención que la mayoría de los participantes eran personas de 50 años para arriba. Personas dispuestas a irse y a dejar atrás a sus hijos, sus nietos, sus casas y sus vidas.
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La poca familia que me queda está en Rosario y la otra mitad en Europa. Me sería más simple tomar un avión a Francia que ver a mi gente que está a tres horas de distancia. No puedo hacerlo: no tengo auto y no hay aviones ni colectivos. Una de las tantas libertades individuales cercenadas en nombre de la pandemia.
No me pidan soluciones. Somos millones los que, como yo, hemos estudiado en la Universidad Pública y queremos devolver al país algo de lo que nos dio, trabajando desde aquí y viviendo aquí. Pero nos la hacen difícil.
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Somos muchos los que queremos cosas básicas: salud para todos, respeto, educación y seguridad. Somos muchos los que queremos justicia y honestidad. Muchos.
Estamos cansados. Cansados de corrupción y de choreo. De falta de respeto y de ineptitud. No nos obliguen a irnos.
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