
Santiago se dedica a la gastronomía desde hace 15 años. A principios de este año, manejaba ocho restaurantes en Palermo. Hoy le quedan cinco: los otros tres decidió cerrarlos. El primero fue Bad Toro, en Plaza Serrano. Fue después de 80 días de cuarentena. Hizo las cuentas, tomó la decisión y puso un pasacalles al frente del local: “cerramos definitivamente. 80 días cerrados fue imposible sostener”.
El mensaje causó revuelo: el panorama de Palermo para ese entonces ya venía cambiando, pero el disgusto era más bien un rumor. Su pasacalles de algún modo abrió la olla a presión.
Después cerraron Clara, otro bar en Palermo, y por último Sheldon, uno de los más grandes que tenían: un mega espacio de 600 metros cuadrados, famoso en la zona por recibir bandas en vivo. “Un modelo de negocios que hasta que no esté la vacuna no va a funcionar”, dice Santiago.
“Cerrar un local de forma correcta, con indemnizaciones y pagando todas las deudas, es muy caro. A nosotros cerrar uno de los locales nos está costando 4 millones de pesos más o menos”, cuenta.

El problema, además de la baja facturación, es la deuda que acumulan. El primer mes de cierre, para darse una idea, la factura de luz le llegó con el mismo monto que el mes anterior porque no estaban trabajando los medidores, entonces la empresa de gas emuló los consumos del periodo previo, un absurdo.
“Estamos en un 40% de facturación en relación a lo que era antes. Con el delivery solamente estábamos en un 8%. Hay que renegociar todo, porque ya no sé qué vale un alquiler. Hoy me quedan cinco locales que tienen estructuras más chicas y pudimos aguantar, pero vamos a pérdida”, dice Santiago, que es consciente de que si tuviera menos espalda, no podría sostener la situación.

“No hay chance para los más chicos, es muy difícil. Yo me encuentro ahora con muchas deudas: de servicio, impositivas, de sueldos, de aguinaldos... Desde marzo hasta ahora todo lo que estamos haciendo es tomar deuda, y los que no tienen respaldo no veo otra forma que cerrar, y cerrar con deuda”, dice.
Sin embargo, no sabe a dónde dirigir la bronca. “Yo estaba de acuerdo con la política de la cuarentena, nosotros cerramos los locales una semana antes del aislamiento, pero pensábamos que iba a ser por un mes. Después ya fue muy duro tener que tomar estas decisiones. No sabemos a quien culpar, es una situación medio imposible. Yo estuve dos meses sin salir de casa, entiendo la decisión sanitaria, aunque a su vez estábamos perdiendo mucho. Nuestra generación nunca vivió algo como esto”, reflexiona.
El Teatro que vende sus trajes
“Espectáculos Públicos de la municipalidad de Córdoba ordenó el cierre de los teatros. Así que desde 10 días antes del decreto presidencial y la oficialización de la cuarentena debimos terminar la temporada, y desde entonces no podemos generar ingresos”, cuenta la actriz y periodista cordobesa Ivanna Martin.
Junto a su pareja, Franco Pozzobón, son los dueños del teatro La Llave, una sala con más de 15 años que ellos rescataron en el 2018, cuando estuvo a punto de ser rematada. Ubicado en el barrio Villa Belgrano, en la zona norte de Córdoba Capital, hoy es uno de los teatros independientes más grande de Córdoba. La inversión no fue solo en butacas (comparon 200), sino que rehicieron el hall de ingreso, el lobby, las boleterías, las marquesinas y hasta los baños. Su intención no era tener un teatro de rodillas sino uno esplendoroso.
Pero el 10 de marzo de este año la realidad cambió para todos. La normativa del gobierno era la prohibición de espectáculos públicos y tuvieron que cancelar su programación.

“Como la sala todavía no cumplió dos años de funciones consecutivas, no puede –como otros espacios- solicitar préstamos ni ciertos subsidios o ayudas económicas que otras salas, con mayor tiempo de existencia, sí”, explica Ivanna cuando es consultada sobre las ayudas del Estado. Recibieron tan solo un subsidio único de 26.000 pesos.
Decididos a pelearla, en julio tomaron una decisión difícil para ellos: poner en venta todo el vestuario de sus obras. “Lo triste es que sin esos trajes no vamos a poder poner en escena ninguno de los espectáculos infantiles que hacemos. Algunos seguían en cartel, ya sea en la sala, o en gira por escuelas y jardines”, contaba Ivanna.
La colección que se puso en venta constaba de 30 trajes, algunos de los cuales habían sido nominados en rubros como “Mejor vestuario” por espectáculos como Stravaganza, de Flavio Mendoza. Los precios oscilabán entre los 12.000 y los 25.000 pesos, pero había también opciones de $3500.
A dos meses del comienzo de la campaña, el análisis de Ivanna es dual: “La campaña fue extraordinaria, y fue también una frustración. Extraordinaria porque todos los medios nacionales nos dieron un apoyo impresionante, e incluso algunos medios de otros países. Se difundió muchísimos y recibimos muchas consultas, pero aunque los precios no eran caros, no pudimos vender los trajes. No vendimos ninguno. La mayor consulta que tuvimos fue deuna escuela de comedia musical de Neuquén. Es una operación que todavía no se cayó pero tampoco se concretó y es una posibilidad que deseamos que suceda”, cuenta.

La situación es cada vez más crítica. Y aunque no quiere sonar desanimada, Ivanna reconoce que le cuesta mantener el optimismo. “Es una realidad muy dura porque le pusimos todo. No solo corazón y esfuerzo, sino también mucha inversión. La situación ahora es mucho más difícil que cuando contamos la propuesta de los trajes sinceramente. Me re cuesta decirlo, pero estamos en esta situación. Desde marzo que no tenemos ingresos, nos siguen cobrando impuestos, luz, y nuestros costos fijos son altísimos. Si me preguntan en qué porcentaje estamos de poder mantener la sala abierta... hoy te diría que estamos entre un 80 o 90% de posibilidades de que no podamos continuar con el teatro”, dice.
Sin viaje de egresados
Manuel Teplitzki está en quinto año del colegio y no termina de entender lo que pasa. “Es una experiencia rarísima”, dice. En lo que va del año, fue solo una semana a la ORT, donde estudia. Durante el verano, como todo adolescente, fantaseó con cómo sería el último año junto a sus amigos. Nunca pudo imaginar que sería lo que está siendo.
“No terminamos de entenderlo bien, no caemos en lo que estamos viviendo. Obviamente estamos decepcionados y tristes, porque queríamos disfrutar nuestro último año en la escuela y pasarlo con amigos estando ahí físicamente”, dice a Infobae.
No es por supuesto el único que atraviesa este momento. La promoción 2020 será recordada, sin lugar a dudas, como la generación que no tuvo quinto año. Lo tuvo, en rigor, a distancia, pero no es lo mismo. Será recordada como la promoción sin viaje de egresados, aunque algunos tengan todavía la esperanza de hacerlo en algún momento.
“El tema del viaje de egresados a todos los compañeros nos tiene muy tristes porque cuando empezó todo pensamos que iban a ser dos semanas y después volvíamos a la normalidad, creíamos que íbamos a poder hacer el viaje, tener la fiesta, tener muchos meses en la escuela… Y nuestras expectativas van cayendo, cada vez bajamos más la vara y ahora casi que nos conformamos con poder ir a la escuela un mes y vernos ahí, disfrutar de algunas últimas clases en persona”, dice Manuel, que recordará siempre este año, pero en sus recuerdos no estará -como planeaba- constantemente rodeado de amigos.
La cresta
“Mi nombre es Samanta, muchos me conocen, soy la propietaria. En esta oportunidad les escribo para comunicarles que he tomado la decisión de de cerrar las puertas definitivamente, poniéndole fin a un emprendimiento que cumpliría 9 años en febrero”, así comienza la carta de Samanta González, la dueña del restaurante La Cresta, ubicado en Bulnes al 800, barrio de Almagro.
“Con el afán de nunca bajar los brazos, de mantener al flote a la las familias que dependen del trabajo, lo intentamos todo, pero evidentemente brindar un servicio de calidad a un precio razonable (bajo), no es sostenible, rentable, sin tener en cuenta las presiones y vicisitudes por las que atraviesa cualquier negocio, donde la gastronomía se muestra más vulnerable que ningún otro”, continúa.
La Cresta fue el proyecto que la trajo de vuelta al país. Vivía afuera junto a su ex marido -Stuart, ciudadano inglés- y decidieron venir a la Argentina a llevar adelante un emprendimiento. En febrero del 2012 comenzó la aventura. Querían ofrecer sabores de todo el mundo a un precio accesible, y que fuera para llevar. Su plato insignia rápidamente fue el pollo al spiedo. De martes a domingo tenían un plato del día. Según cuentan, se formaban colas en la puerta del local para conseguirlo. Pero ese fue otro tiempo, otro mundo.

En el 2016 abrieron una segunda sucursal, esta vez en San Telmo y con mesas para sentarse. Pero eso duró un año y medio: la pareja de Samanta y Stuart -el inglés, como lo conocen-, se terminó, y ella prefirió seguir sola con el local original. Ahora, después de casi nueve años, también decidió cerrar ese local.
“Siento una inmensa gratitud, principalmente al pequeño GRAN EQUIPO de trabajadores. Si bien éramos muchos (alguna vez fuimos dos locales abiertos todo el dia), y por diversas razones nos fuimos achicando, los empleados, ellos lo hicieron posible. Desde el día nro 1 cada uno, con sus distintas capacidades aportaron lo suyo”, escribió en la carta de despedida.
En diálogo con Infobae, aclaró que el punto final no tuvo que ver exclusivamente con la cuarentena sino con la situación general. “Realmente no es solo la pandemia. No es que mis ventas cayeron, pero vengo acumulando deudas y no quería que aumentaran más. No tengo un margen para afrontar situaciones que siempre surgen: se me rompe algo hoy y no lo puedo reponer. Vivir así es muy estresante”.
Aun así, Samanta no se iría del país. En un tiempo en que muchos dicen livianamente que la solución es dejar la Argentina, ella asegura que no lo haría: “Viví casi ocho años afuera, sé lo que se siente y no me iría, no me quiero volver a sentir de esa manera. Lo que sí, no quiero vivir más en Buenos Aires, me quiero ir a otra provincia, a la naturaleza, salir de toda esta locura”.
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