
Alrededor de $5,200 millones son desembolsados anualmente por prestamistas informales en El Salvador para el financiamiento de micro y pequeñas empresas, según estimaciones de la Comisión Nacional de la Micro y Pequeña Empresa (CONAMYPE). Así lo confirmó su presidente, Paul Steiner, durante una entrevista con Infobae El Salvador, donde advirtió sobre el impacto que tiene la informalidad crediticia en la economía del sector productivo más amplio del país.
El acceso limitado al crédito formal y las dificultades para cumplir con los requisitos del sistema bancario han empujado a miles de emprendedores y microempresarios a recurrir a fuentes informales de financiamiento, muchos de ellos conocidos popularmente como “usureros”. Steiner explicó que el volumen de recursos que circula por medio de este canal duplica el monto anual entregado por el sistema financiero formal al sector de la micro y pequeña empresa.
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“Los fondos dedicados de los usureros al sector de micro y pequeñas empresas andan alrededor de unos cinco mil doscientos millones de dólares al año”, afirmó Steiner. En contraste, el crédito formal destinado a este segmento económico, basado en datos de Microenfoques de la Universidad Centroamericana (UCA), suma cerca de $2,600 millones anuales. Es decir, los prestamistas informales otorgan el doble de recursos que la banca y las entidades financieras reguladas, pese a no ofrecer garantías de protección al usuario ni condiciones de pago favorables.
El fenómeno es especialmente relevante si se toma en cuenta el tamaño del sector: se estima que existen alrededor de 1,1 millones de micro y pequeños empresarios en El Salvador, frente a apenas 35,000 empresas grandes, medianas y algunas pequeñas que acceden al crédito del sistema bancario, el cual suma aproximadamente $20,000 millones en préstamos a ese segmento.
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Steiner subrayó que la falta de acceso a capital de trabajo en condiciones justas es una de las principales causas de quiebre o estancamiento en la microempresa. “Hay dos razones principales por las cuales un empresario quiebra o fracasa: la falta de conocimiento de gestión empresarial y la falta de capital de trabajo”, explicó. Muchos negocios, ante la imposibilidad de acceder al crédito formal, acuden a los prestamistas informales, quienes imponen tasas de interés elevadas y plazos de pago restrictivos, lo que compromete la viabilidad de los emprendimientos.
El impacto de la informalidad financiera se observa de manera clara en sectores como las tiendas de barrio, un canal comercial que ha crecido hasta sumar unas 85,000 unidades, de las cuales el 99% son informales. Según estudios de CONAMYPE, las compras promedio de inventario por parte de estas tiendas oscilan entre $12 y $18 por proveedor, lo que apenas cubre tres días de inventario. El sistema de distribución habitual permite solo seis días de inventario al mes, provocando frecuentes rupturas de stock y limitando la capacidad de crecimiento.
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Steiner señaló que, si las tiendas de barrio accedieran a capital de trabajo suficiente para incrementar sus días de inventario, el canal podría duplicar sus ventas anuales, que actualmente rondan los $3,000 millones según estudios publicados por Dicker y Neira en junio de 2024. La banca formal, sin embargo, no suele ofrecer créditos de bajo monto, rápidos y flexibles para este segmento, lo que obliga a las tenderas a aceptar condiciones desventajosas con prestamistas informales.
CONAMYPE ha implementado programas de apoyo como el acceso a préstamos rotativos a través del Banco de Fomento Agropecuario, además de garantías parciales y formación empresarial orientada a la gestión eficiente de los recursos. Una de las iniciativas recientes, el curso “Mi tienda exitosa”, busca profesionalizar la administración de tiendas de barrio y facilitar el acceso a capital formal.
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El desafío de reducir la presencia de prestamistas informales pasa por mejorar la inclusión financiera y promover mecanismos de crédito adaptados a las necesidades reales de la micro y pequeña empresa. Steiner advirtió que el problema no solo afecta la rentabilidad de los negocios, sino que perpetúa condiciones de pobreza y vulnerabilidad económica. “La única tarea que tendríamos que hacer es darles a estas tiendas de barrio un préstamo rotativo anual de setecientos cincuenta dólares. Eso duplicaría las ventas del canal”, remarcó.
El volumen de capital manejado por los prestamistas informales refleja una brecha estructural en el sistema financiero salvadoreño. Mientras la banca formal canaliza la mayor parte de los recursos hacia empresas grandes y medianas, el grueso de los negocios del país sigue dependiendo de alternativas informales, con costos elevados y riesgos asociados. El reto para las autoridades es canalizar más recursos formales hacia este sector, reducir la usura y fortalecer la sostenibilidad de la micro y pequeña empresa en El Salvador.
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