Las huellas dactilares, las jeringas descartables, el colectivo, la transfusión de sangre, el by pass, la birome, el helicóptero… Son muchos los inventos atribuidos al ingenio criollo. Aunque muchas veces, nuestra tierra sirvió de trampolín para las ideas que trajeron esforzados inmigrantes y plasmaron acá.
Aunque no muchos saben, los largometrajes de dibujos animados no fueron una creación de Walt Disney. El pionero a nivel mundial fue un italiano afincado en nuestro país llamado Quirino Cristiani, que se anticipó una década al genial norteamericano.
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Nacido el 2 de julio de 1896 en Santa Giulietta, un pueblo ubicado en el norte de Italia en el que su bisabuelo había sido alcalde, la pérdida del trabajo de Luigi, su padre, hizo que la familia se embarcara hacia la Argentina. Quirino tenía apenas cuatro años cuando arribó a Buenos Aires.
De pequeño sobresalió como un dibujante adelantado. Y se decidió por el arte contra el deseo de su familia, que insistía en que se inclinara por la medicina. Ya ciudadano argentino, estudió durante un tiempo en la Academia Nacional de Bellas Artes, pero abandonó. Su escuela fue la observación del movimiento. Pasaba largas horas en el zoológico porteño, tomando nota del desempeño de los animales.
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Desde chico, Cristiani demostró que estaba dispuesto a romper los moldes y las normas que le imponían. Con sólo 15 años decidió que su alimentación sería vegetariana. Hasta el final de su vida continuó con esa costumbre. En la década del 50 hasta compró una casa en la localidad cordobesa de Unquillo -a la que bautizó Cineville- porque había un hotel que preparaba comida vegana a sus huéspedes.
En 1920 impulsó el primer evento naturista que tuvo el país, y en una isla del Tigre impulsó el primer campo nudista del que se tenga memoria. Con el tiempo se casó con Celina Cordara y tuvo dos hijos. Sólo uno de ellos siguió sus pasos en el cine. El otro se dedicó a la agronomía.
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Sus primeros trabajos fueron las caricaturas que publicaba en diarios y revistas. Por esa épóca, un italiano llegado al comienzo de la segunda década del siglo XX se cruzó en su vida. Federico Valle producía noticieros, y se le ocurrió introducirles dibujos. Comenzó a trabajar allí, y en 1916, el mismo Valle lo animó a dotar las caricaturas de Quirino con movimiento. Fue el puntapié para un invento que se hizo universal.
El método era complejo. Cristiani debía dibujar cada una de las figuras sobre una cartulina, luego las recortaba y cosía todas las partes que tuvieran movimiento. De esa forma vio la luz el primer largometraje de dibujos animados que se hizo en el mundo. Se llamó El Apóstol, y era una sátira sobre el entonces presidente Hipólito Yrigoyen, que lo mostraba subiendo al cielo en busca del dios Júpiter con un sólo propósito: que lo ayudara a combatir la corrupción. Para esa película, además, construyó una escenografía de la ciudad de Buenos Aires. Con una filmadora y una mesa, hacía desfilar las figuras, cambiándolas de lugar en cada cuadro. Fue una proeza: él solo hizo 58.000 dibujos, a razón de 16 cuadros por segundo. Se estrenó el 9 de noviembre de 1917 en el cine Select Lavalle y permaneció seis meses en cartel. Un éxito.
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Con tal impulso y ya constituido el Laboratorio Cinematográfico Cristiani (en Uriburu 460) ese mismo año tomó un hecho sucedido el 4 de abril, que narraba el hundimiento de un buque mercante argentino -el Monte Protegido- a manos de un submarino alemán. No obtuvo el suceso de su debut, quizás porque el gobierno ordenó que la bajaran de cartel. Un acto de censura que no lo amilanó.
En 1927 recibió un espaldarazo que le dio tranquilidad económica. La Metro Goldwyn Mayer, que tenía oficinas en Buenos Aires, lo eligió para que dibuje los afiches de sus películas.
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Ese sustento le permitió imaginar la máxima proeza. A las animaciones decidió agregarle sonido, algo que en 1930 se había hecho por primera vez en el país con la película Tango. Sin embargo, jamás -en el mundo- a nadie se le había ocurrido plasmarlo en un largometraje de animación. Regresó a un personaje y un tema que le habían dado satisfacciones quince años antes: Hipólito Yrigoyen. Y así, el 18 de septiembre de 1931, llegó el estreno de Peludópolis. No sin oportunismo, en sus 80 minutos, la trama giraba en torno a la corrupción que rodeaba al Peludo (como llamaban al líder radical) hasta que Uriburu lo desplazaba del poder. La película fue un fracaso que lo hizo perder mucho dinero. En 1933, cuando Yrigoyen murió, Cristiani decidió quitar del mercado todas las copias existentes del film. No obstante, desde lo técnico había sido un hallazgo.
Diez años después de la segunda hazaña de Cristiani, llegó al país el más grande de los productores de dibujos animados, un creador sin par: Walt Disney. Llegó para la gira promocional de una de sus mejores películas: Fantasía. El norteamericano estaba al tanto de quién era Cristiani. Lo admiraba. Y se llegó a su productora para conocerlo personalmente. Quedó maravillado al enterarse que trabajaba prácticamente solo en los dibujos.
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En el acto, lo quiso contratar para llevárselo a su emporio en los Estados Unidos. Pero Cristiani se negó y a cambio le sugirió el nombre de Florencio Molina Campos, el artista que se especializaba en ilustraciones camperas. Éste aceptó y fue parte de las filas de los Estudios Disney durante unos años.
Mientras tanto, Cristiani continuaba con sus animaciones. Más volcado a la publicidad, llegó a dibujar un corto animado a partir de una cirugía. Dos terribles incendios sufridos en 1958 y 1961 en su productora fueron minando su ritmo de trabajo. En ellos perdió muchísimo material, algo irrecuperable. Sólo El Mono relojero, de 1938 y hecha por encargo de Constancio Vigil, se conserva intacta.
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Dos años antes de morir en la localidad de Bernal -el 2 de agosto de 1984-, pudo volver a Santa Giuletta, el pueblo italiano que lo vio nacer. Un premio merecido para un gran hombre del cine nacional. Un auténtico pionero.
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