Atentado a la AMIA: qué sueños tenían las víctimas y cómo serán honradas esas ilusiones

A 26 años de la bomba terrorista que mató a 85 personas, la mutual judía llevará adelante el proyecto "Sueños quebrados". Comenzarán con los homenajes a los anhelos de cinco fallecidos, que tendrán lugar en Buenos Aires y en Tucumán. Buscan, así, mantener viva la memoria y el pedido de justicia por una causa que aún no tiene culpables

Germán Parsons, Néstor Américo Serena, Sebastián Barreiros, Ricardo Hugo Said  y Martín Figueroa, cinco de las 85 víctímas de la AMIA.
Germán Parsons, Néstor Américo Serena, Sebastián Barreiros, Ricardo Hugo Said y Martín Figueroa, cinco de las 85 víctímas de la AMIA.

¿Adónde irán los sueños de los que mueren? ¿Dónde, aquellas 85 ilusiones que el 18 de julio de 1994 estaban en el edificio de la AMIA, o pasaban por la puerta de Pasteur 633, o eran vecinos de la Mutual judía cuando explotó la bomba? Sin dudas, son preguntas demasiado pretenciosas. Imposible saberlo. Los que sí se conocen, los que revelan sus padres, hijos, esposas, maridos, amigos, compañeros de trabajo, son los anhelos que tenían cuando estaban vivos. Todo ese futuro que les arrancó de las manos la violencia terrorista, de alguna manera será llevado a la práctica.

Será simbólico, es cierto. Pero “Sueños quebrados” es un proyecto de la AMIA que, explican en la mutual, “tiene como finalidad generar una señalética para el ejercicio de la memoria a partir de los sueños no realizados de las víctimas fatales del atentado”. Y se inscriben en la línea de acciones de recordación que la institución realiza para mantener viva la memoria y pedir justicia por quienes fueron asesinados hace 26 años. En esta primera etapa serán cinco los sueños que se harán visibles, pero se irán sumando otros.

La acción consistirá en la colocación de una placa en los lugares que ellos habrían querido ocupar para concretar sus ilusiones. Aquí, el anticipo de quiénes son los cinco primeros y los relatos que figuran en el libro “Sus nombres y sus rostros” (que editó AMIA), donde se cuentan esos sueños.

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El niño que quería ser presidente

Sebastián Barreiros fue la víctima más pequeña del atentado a la AMIA. Tenía apenas 5 años cuando le quitaron la inocencia. Pasaba por la puerta de la mutual de la mano de su mamá, Rosa, rumbo al Hospital de Clínicas. Ella se salvó, y atesora -para siempre- una conmovedora charla que tuvo con su hijo:

-Mamá, el abuelito Julio, ¿dónde está?

-En el cielo.

-Ah, igual que el abuelito José. ¿Y cuándo se van las personas al cielo?

-Y... cuando la gente es grande, se va haciendo viejita y, después, el alma se sale del cuerpo y se va al cielo. Para irte al cielo, tenés que ser muy bueno.

-Mamá, y vos nunca te vas a ir al cielo, ¿no?

-No sé, Sebi, cuando sea muy viejita, pero falta mucho para eso.

-Ah, entonces, en ese momento, yo voy a estar al lado tuyo, te voy a agarrar el alma y no la voy a dejar subir al cielo; te la voy a poner otra vez en el cuerpo así te quedás conmigo.

Dice Rosa que era un nene muy charlatán, y siempre decía lo que pensaba. “Una vez estaba en el almacén y una amiga de mi mamá se le acercó y le dijo: ‘che, pibe’. Se lo repitió varias veces y él no le contestaba hasta que en un momento se dio vuelta y la encaró: ‘Por qué me decís che, pibe. Yo me llamo Sebastián. ¿A vos te gustaría que te digan che, vieja?’”. Cuando le preguntaban cuántos hermanos tenía, decía dos: Lara -que tenía 10 meses en 1994- y su perrita Pamela.

Ella, su bici y su tortuga eran las cosas que más celaba. Tenía dos amigos favoritos en el jardín -Martín y Luis- y uno en el barrio -Ariel-. Y una novia: Julieta. Rosa recuerda que “Sebastián tenía tres años cuando le dijo a su maestra que, de grande, iba a ser presidente. La maestra le preguntó por qué. ´Para pagarle mucha plata a los jubilados', le respondió. Para las fiestas patrias, aceptaba que lo disfrazaran pero no que lo pintaran (sólo una vez dejó que le dibujaran bigotes): se negaba a ser abanderado porque le daba vergüenza y únicamente se vestía si él elegía la ropa. ‘Yo así ridículo a la calle no voy a salir’.

Sebastián estaba en su último año de jardín. A fin de año, cuando sus compañeritos egresaron, hicieron un diploma para él y largaron al aire un globo con su nombre.

Su placa será colocada en la Casa Rosada


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El hombre que quería hacer radio para los jóvenes

Ricardo Hugo Said era empleado del sector de vigilancia de la AMIA. Su esposa Rut Gloria Mednik, recordaba que “a él le gustaba trabajar en la comunidad. Hacía un año y medio que estaba en la institución, pero la amaba. Me decía ‘AMIA es mi lugar, AMIA es tuya, es de todos porque es para todos.’ Una vez pasé a visitarlo y él me llevó arriba, a ver cómo estaban quedando las refacciones. Cuando bajamos salí a la puerta y también salieron él y Cito –Naum Band-, miraron los mármoles del frente y me dijeron los dos: ‘Esto no lo vamos a tocar’. Eso a mí me quedó como que sentían que era algo propio. Arreglarían adentro pero sin tocar esos mármoles.”

“Ricky llegaba once y media, doce de la noche y no entraba a la cocina. Lo primero que hacía era levantar el tubo, llamar a la AMIA y preguntarle al que se quedaba si todo estaba bien. Era muy responsable, y un tipo que a las veinticuatro horas las hacía de chicle. Los domingos había empezado a trabajar de operador en radio Shalom, en un programa para chicos discapacitados de la comunidad. Quería hacer un programa de radio dedicado a chicos de quince, dieciséis años, la edad de Vane, su hija. No sabía mucho de radio pero le encantaba.

“Le gustaba ser protagonista. Siempre me decía ‘no quiero pasar por la vida como uno más’. Tenía muchos proyectos, muchísimos. Y proyectos respecto de la familia, de sus hijas, de mí. Ricky era un tipo con mucha energía, mucha polenta. Si había piedras en el camino él las levantaba, las esquivaba, pero ésta que le cayó encima no pudo. Siempre decía que aunque las cosas no anduviesen bien, igual saldríamos adelante. Vamos a seguir sin él; es muy difícil, pero es lo que él hubiera querido.”

Su placa será colocada en Radio Metro.

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El mecánico que iba a vivir junto al mar

Néstor Américo Serena era ingeniero mecánico y tenía 51 años. Trabajaba en las refacciones del edificio de la AMIA cuando el coche bomba destruyó el edificio. Ana María, su esposa, lo recordaba como “alguien feliz cuando veía sus manos engrasadas, cuando arreglaba un motor. Néstor decía que los motores hablaban. También por eso no dejaba su auto en manos de nadie más: para él, los otros no sabían escuchar su motor”.

Capricorniano, siempre se fijaba metas que tarde o temprano cumplía. Mientras estudiaba el secundario tuvo varios trabajos. Cuando se recibió de Técnico en Automotores pensó en dar otro paso en su vida, y se anotó en la Universidad de La Plata para seguir la carrera de Ingeniería Mecánica, algo que lo apasionaba. “Decía que estudiar era la única manera de sentirse bien con uno mismo y de realizar lo que a uno le gusta de manera independiente”, recuerda su esposa.

En 1993, cuando cumplió 50 años, planeó dar un golpe de timón en su vida. Dejaría la empresa de aire acondicionado que tenía. Pensaba radicarse en Santa Teresita, una ciudad del Municipio de la Costa. Había armado una sociedad e iba a poner allí una empresa de servicios de gas, electricidad, iluminación, calderas y refrigeración para comercios, industrias y hoteles. Ya había comprado el terreno y los planos hechos. Estaba contactando albañiles para que comenzaran a trabajar en la construcción. El 1° de agosto pensaba marchar a Santa Teresita. Menos de dos semanas después del atentado.

Ana María cuenta que “ese año íbamos a cumplir 25 años de casados. Mis hijos son muy distintos pero los tres charlaban siempre con nosotros dos de sus problemas e intereses y de los nuestros. Todo lo compartíamos. Siempre fue así, juntos los cincos. Ahora, con las piernas enteras, tenemos que aprender a caminar rengos”.

Su placa será colocada en el Palacio Municipal del Partido de la Costa.

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El artista que pintaba magia

Germán Parsons tenía 29 años cuando lo mató la bomba en la AMIA: vivía justo enfrente. Era artista plástico y escenógrafo. Diseñaba stands cuando lo llamaron para hacer el logo de una película de Carlos Sorín que jamás se estrenó en la Argentina: Eterna Sonrisa de New Jersey. Desde ese momento fue realizador y escenógrafo de un sinnúmero de producciones locales. Por ejemplo, los diseños y dibujos en los decorados de Naked Tango -una producción norteamericana filmada en Buenos Aires- llevan su firma, así como los de El lado oscuro del corazón (de Eliseo Subiela), los telones de Flop (de Eduardo Mignona), los carteles y murales de Tango Feroz (de Marcelo Piñeyro) y los nenúfares que aparecen en la locación del Tigre de Convivencia (de Carlos Galettini).

Su esposa, Alejandra Alzaibar, cuenta que “encaraba trabajos enormes, faraónicos; telones de diez por veinte metros que pintaba él solo. En su trabajo para Flop, que tuvo mucho reconocimiento, utilizó una tonelada de pintura. Eran trabajos titánicos, locos, imposibles, pero él se metía y los hacía a fuerza de corazón y sensibilidad. Y en medio de toda la ‘histeria del cine’, él pintaba tranquilo, de manera artesanal y casi mágica. Eran dimensiones de delirio que, a su vez, lo pintaban a él”.

Uno de sus últimos proyectos era presentar una muestra plástica suya en el Palais de Glace. Allí colocarán su placa.

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El tucumano que ayudaba a todo el mundo

Martín Figueroa había nacido en Tucumán y tenía 47 años. Era electricista y trabajaba en las refacciones que se llevaban a cabo en esos momentos en la AMIA. A los 16 años decidió mudarse a Buenos Aires para encontrar un futuro mejor. Lo apasionaban varias cosas: su oficio, el fútbol, la política, el barrio y su familia. Se había afiliado al radicalismo y desde esa militancia ayudaba a quienes podía: si había que conseguir un remedio, él estaba; si se trataba de hacer el trámite para una jubilación o un sepelio, ayudaba; si había que buscarle trabajo a alguien, ponía el hombro. Su mujer, María Magdalena Albornoz, recordaba que “en cada inundación se metía con el agua hasta la cintura para colaborar en los rescates”.

Fue dándole una mano a un amigo que necesitaba una casa, Hugo Basiglio, que Martín entró a trabajar en los arreglos que se hacían en la AMIA. Él se lo recomendó al arquitecto Andrés Malamud, a cargo de las refacciones. Y ambos comenzaron su labor allí. El dinero sería para poner en marcha sus proyectos: finalizar su casa, terminar de pagar el auto y tomarse vacaciones con su esposa (llevaban casi 25 años de casados y nunca habían salido de veraneo) y sus seis hijos.

En diciembre Martín y María cumplirían sus Bodas de plata, y ese mismo mes de julio harían una gran fiesta a modo de anticipo. Alquilaría la misma parrilla de un amigo, en la que habían celebrado la compra de su primer auto al mismo Malamud, al que se lo estaba pagando en cuotas.

El 18, Martín fue a la AMIA para que le pagaran por su trabajo. Al día siguiente, los Figueroa tenían alquilado un micro para ir de excursión a la Ciudad de los Niños, en La Plata. Ese viaje quedó trunco por la violencia extremista. Y también, su sueño de regresar a Tucumán el 14 de octubre, el día que su escuelita, la N° 288 de la localidad de Santa Ana, cumpliría 75 años. Estaba invitado para los festejos, e izaría la bandera Argentina junto a una compañera. Hasta había calculado a qué velocidad haría la ruta a su ciudad para llegar a tiempo y disfrutar del manejo.

María recuerda lo último que le dijo Martín: ”Nosotros lo tenemos todo, nos tenemos a nosotros, tenemos hijos, una nieta hermosa y sana, tenemos la casa, el coche, el trabajo, ¿qué nos falta...? Nada”.

Una semana después del atentado, Martín fue velado en su casa de Villa de Mayo. Todo el barrio se reunió para aplaudirlo en su despedida, seguida por una enorme caravana de vehículos. Al poco tiempo, un panadero ambulante de la zona llegó a su casa. Y le dejó a María y sus hijos unas palabras: “A la familia de mi amigo Martín quiero hacerles saber que lo recuerdo con su sonrisa amplia, sincera, y que extrañamos su generosidad y su hombría de bien. Recuerdo que cuando mi esposa estuvo enferma y la internaron por segunda vez, yo necesitaba una suma importante de dinero que no tenía, y apareció la mano desinteresada del amigo, el que recurrió a su vez a distintos amigos y me solucionó el problema.”.

Su placa será colocada en la escuela N° 288 de Santa Ana, en Tucumán.

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