
“Voy a morir a los 85 años”, solía vaticinar Ricardo Barreda. Lo decía con el tono que solía caracterizar a algunas de sus frases: en serio, pero a la vez con un tono de broma. Su autoprofecía no se cumplió por pocos días. Hoy hubiese llegado a esa edad.
No es la única novedad del cuádruple femicida que mató a escopetazos a en su casa de La Plata, a su suegra Elena Arreche (86), su mujer, Gladys McDonald (57), y sus hijas Cecilia (26) y Adriana (24).
En el cementerio municipal de José C. Paz, donde están sus restos, hoy colocaron una nueva cruz en la tumba de Bareda, cuya epitafio fue dictado por él y reza: “Arrepentido de mis pecados cometidos”.

El encargado de cumplir el ritual fue Pablo Marti, el último biógrafo de Barreda, quien lo incorporó a sus días finales como una especie de hijo. Marti, escritor y actor, se acercó al ex odontólogo y terminó por tener charlas profundas que grabó bajo el consentimiento de Barreda.
Hasta recibió un video con la última aparición pública del asesino, dos semanas antes de morir, en el que lo saluda y le agradece todo lo que hice por él.
Confesiones de otoño
Barreda sabía que se iba a morir. “Por ahí la semana que viene no estoy”, le decía en el geriátrico Pablo Marti. A él también le dijo que quería ser cremado y que sus cenizas fueran esparcidas en la cancha de Estudiantes de La Plata, el club de sus amores.
“Es más, Pablo, si no te dejan entrar al estadio podés tirarlas en alguna plaza que lleve mi nombre”, bromeó ante el hombre con el que planeaba escribir un libro escrito a cuatro manos.
En sus últimos días, Barreda fantaseaba con actuar. Hasta se entusiasmó cuando su biógrafo le dijo que lo podía contactar para un cameo en El Marginal, que por entonces había incorporado un personaje, alias Tubito, inspirado en la historia del femicida.

Más que ver elefantes y jirafas en el zoológico, un ritual que lo relajaba, o ver un partido de Estudiantes, a Barreda lo que más lo conmovía era ver una película clásica.
“Nunca se me dio por actuar, no sé la calidad actoral que podría haber tenido. Ojalá reencarne en un actor de cine, en Alain Delon, por ejemplo”, le dijo al autor de esta nota en 2011.
En una época, el cuádruple femicida, que murió el lunes 25 de mayo a los 84 años, hasta llegó a avalar que su historia sea llevada a la pantalla grande.
Pero a Marti, que es actor y escritor, le contó cosas que nunca dijo. La más reveladora es el hecho que según el femicida quizá podría haber evitado que matara, el 15 de noviembre de 1992 a las mujeres de su casa.

“Yo tenía una amante en Mar del Plata, si agarraba las valijas y me iba con ella, quién te dice que lo que pasó, ese horror, no pasaba, quién sabe”, confesó.
Barreda murió de un infarto en el geriátrico de José C. Paz donde estaba internado. Tenía momentos de lucidez y también momentos en los que no recordaba ni quién era o lloraba a sus dos hijas.
En la funeraria donde llegaron sus restos el 25 de mayo, desde una ambulancia, lo dejaron en el cajón más barato en un depósito lleno de cajones vacíos. Nadie preguntó por él. En el entierro podrían haber participado hasta cinco personas, pero no fue nadie.
¿Quién le llevó la cruz y la placa?
“Fui yo -dice Pablo Marti- él me había pedido que me ocupara de la cremación, pero no fue posible. Entré en el cementerio con la placa y pude ponerla. Al menos descansará en paz y con un epitafio que quería, que hablara de sus arrepentimientos, porque se mostraba arrepentido del horror causado”, dijo el biógrafo, que sigue escribiendo el libro que había planeado con el hombre al que, según él, las mujeres de su familia llamaban Conchita.

Los trabajadores del cementerio coinciden en que para ellos “Barreda es un muerto más”. “¿Si se acercaron curiosos? No. Sé que en la tumba del secuestrador Arquímedes Puccio en la Pampa van curiosos a sacarse fotos. Acá no, supongo que por la cuarentena o porque algunos ahora sí entienden que una persona así no merece ser un objeto turístico o alquien para admirar”.
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