Bernardita es estudiante de enología logró un contrato laboral en un bodega en Nueva Zelanda
Bernardita es estudiante de enología logró un contrato laboral en un bodega en Nueva Zelanda

“Hoy tengo 56 años y la vida me enseña que sí podemos ser invisibles, y que ya no es parte de un juego, sino, más bien, una pesadilla”, reflexiona Marcela Sosa, en una carta que elaboró con el propósito de sensibilizar a los funcionarios y que se le permita a su hija retornar a la Argentina.

“¿Es tan loco pensar que un avión pueda traer a casa a nuestros hijos e hijas, madres, hermanos, hermanas, maridos o esposas que necesitan volver y dejar de ser ‘invisibles’?”, se pregunta en otra parte del escrito.

El drama de los varados no tiene fin y entre tantas historias está la de Maria Bernadita Clement (22) que hoy se encuentra residiendo en Blenheim, al noreste de Nueva Zelanda, sin previsiones de regreso a Mendoza junto a sus padres y cuatro hermanos.

“Berni”, como le dicen cariñosamente, es estudiante de cuarto año de la carrera de Enología de la Facultad Don Bosco de Rodeo del Medio, allí en su provincia. Su impecable historial universitario le abrió las puertas de prestigiosas bodegas de la zona. Pero este 2020 se había propuesto otra gran meta: trabajar en la vendimia en el exterior para ampliar sus conocimientos. "Buscó durante meses y meses, envió muchas cartas, realizó muchos trámites, participó en muchas entrevistas”, resalta su mamá. Hasta que lo logró.

Su contrato finalizó en mayo, ahora no tiene lugar donde vivir, ni seguro médico
Su contrato finalizó en mayo, ahora no tiene lugar donde vivir, ni seguro médico

Contratada por una bodega en Nueva Zelanda, Bernardita voló a al país océano a principios de febrero de 2020 por un período de tres meses. “El 28 de abril terminaba su contrato y tenía vuelo para el 3 de mayo. Debía volver a Mendoza en los primeros días de este mes para continuar con sus estudios universitarios, pero se declaró la pandemia y se lo cancelaron”, cuenta Marcela.

Hace días que Bernardita ya esta desempleada, sin un lugar para vivir. Con la tarjeta de crédito familiar paga sus gastos diarios, una situación difícil de sostener el tiempo debido al elevado costo de vida que hay en ese país.

"Los han olvidado porque no les ofrecen techo ni comida ni nada. Los han olvidado porque, aunque parezca impensable, siguen pagando un impuesto del 30 por ciento en todos sus gastos”, reclama Marcela en referencia a la situación de los varados.

Pero hay una condición que complica la estadía de Bernardita en Nueva Zelanda, sufre de epilepsia, un trastorno que necesita ser tratado con medicación. “Gracias a Dios está controlada con medicación, con tratamiento y los controles periódicos médicos que hace”, resalta su madre. “Nosotros hemos podido enviarle medicación pero es un lío llegar a Cancillería desde el interior con cajas de remedios, tengo que hacerlo por correo, enviarlo con mucha anticipación”, agrega angustiada.

A su vez, con la finalización del contrato laboral, Bernardita ya no tiene cobertura médica. En caso de alguna emergencia de salud está desprotegida.

Hasta la fecha no tiene respuesta del gobierno argentino."No hay vuelos de repatriación desde Nueva Zelanda, y tampoco dicen que vaya a haber". Por su parte, desde la embajada le comunicaron que por el cuadro de salud, su hija “tiene prioridad” en las listas que se arman para los regresos. Desde la aerolínea Latam, la única que hace la ruta hacia Buenos Aires, le confirmaron que no habrá vuelos hasta el 1 de septiembre. La incertidumbre se hace interminable.

“Esta es la historia de mi hija, pero, además de Bernardita, hay más de 300 argentinos varados en Nueva Zelanda. Es injusto que el Gobierno argentino no piense en ellos, no los ayude, los haya convertido en personas ‘invisibles’”.

La carta completa

"Cuando era chica creía que era maravilloso ser invisible. Jugaba por horas a imaginar un mundo curioso donde la gente no me veía. Cuando crecí, aprendí que eso no era posible. Hoy tengo 56 años y la vida me enseña que si se podemos ser invisibles, y que ya no es parte de un juego, sino más bien, una pesadilla.

Mi hija se llama María Bernardita Clement, estudia enología en la Facultad Don Bosco de Mendoza. Actualmente cursa 4to. Año de la carrera. Es dedicada, muy buena alumna. Como cualquier chico o chica que estudia enología, tiene la opción de ir a trabajar y hacer vendimia en cualquier otra bodega del mundo que los acepte. Esto les permite a los estudiantes adquirir conocimientos muy valiosos y además vivir una experiencia relevante para sus antecedentes laborales y su futuro desarrrollo profesional. Así fue, como ella, el año pasado trabajó durante la vendimia en Bodega Rutini (en nuestra provincia). Para este año se propuso una gran meta: trabajar en la vendimia de otro país. Buscó durante meses y meses, envió muchas cartas, realizó muchos trámites, participó de muchas entrevistas, y al fin, en octubre de 2019, la contrataron de una bodega muy importante de Nueva Zelanda. Era un contrato laboral desde febrero a mayo de 2020. Debía volver a Mendoza en los primeros días de este mes para continuar con sus estudios universitarios.

La pandemia llegó. Luego vino todo lo que ya se imaginan: pasaje cancelado, falta de respuestas, incertidumbre, etc. Desde hace dos meses Bernardita está tratando de volver a casa sin éxito. Su pasaje fue cancelado hasta el mes de setiembre y no hay nadie que la ampare. Hoy se convirtió en uno de esos miles de argentinos viviendo este infierno. El infierno de un mundo que arde con ellos lejos de sus casas, el infierno de no saber cuando podrán estar cerca de sus seres queridos, el infierno de que la plata no va a alcanzar, el infierno de sentirse desprotegidos, el infierno de sentirse solos, el infierno de sentir que los argentinos no podemos hacer que nuestros compatriotas vuelvan a nuestra casa, el infierno de sentir que su propio país los ha olvidado, porque en su país, lo único que les dicen es: “tengan paciencia”. Los han olvidado porque les comunican que actualicen sus seguros de salud como puedan, sin siquiera preguntar si tiene esa posibilidad. Los han olvidado porque no les ofrecen techo, ni comida, ni nada. Los han olvidado porque aunque parezca impensable, siguen pagando un impuesto del 30% en todos sus gatos.

Hay miles de argentinos (si si, más de 20.000) varados en el exterior. Los vuelos de repatriación salen desde Miami, Barcelona, Madrid y Cancún. A cualquiera que mire un globo terráqueo o un mapamundi le queda claro que si solo tenemos en cuenta estas zonas para traer a argentinos, nos queda una enorme cantidad del planeta excluida. Nadie los tiene en cuenta, nadie los protege, son “invisibles”. No hay vuelos de repatriación desde Nueva Zelanda, y tampoco dicen que vaya a haber. Ese país, tiene un control muy bueno del virus, con muy pocos casos y sin circulación comunitaria. Con lo cual, desde el punto de vista epidemiológico, es aún más injusto y doloroso.

Mi hija tiene epilepsia y actualmente se encuentra en tratamiento farmacológico, lo cual le permite hacer una vida normal. Pero obviamente, requiere estudios, controles y medicación. Esta es la historia de mi hija, pero además de Bernardita, hay más de 300 argentinos varados en Nueva Zelanda. Es injusto que el gobierno argentino no piense en ellos, no los ayude, los haya convertido en personas “invisibles”.

¿Es tan loco pensar que un avión pueda traer a casa a nuestros hijos e hijas, a padres, madres, hermanos, hermanas, a maridos o esposas, que necesitan volver y dejar de ser “invisibles”?.

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