Richard Sorge, espía soviético.
Richard Sorge, espía soviético.

-No voy a confiar en un pervertido que organiza fábricas y burdeles en Japón.

Corría la primera mitad de mayo de 1941 cuando José Stalin descartó con esta frase lapidaria un informe de inteligencia proveniente de Tokio, donde un agente conocido con el nombre de Ramsay advertía que el 20 de junio la Alemania nazi rompería el pacto de no agresión firmado en 1939 con la Unión Soviética y lanzaría una ofensiva militar con más de 150 divisiones en el frente oriental con el objetivo de llegar a Moscú en pocos meses.

El secretario general del Partido Comunista soviético no confiaba en Richard Sorge – Ramsay – a pesar de que en el pasado había informado con anticipación sobre la invasión japonesa a Manchuria en 1931, los planes posteriores del imperio nipón para atacar China en 1937 así como, en 1939, el ataque sobre la frontera soviética en Nomohan, Mongolia, cuando los japoneses ocupaban Corea y querían probar la fortaleza defensiva de la Unión Soviética.

La frase de Stalin para describir a Sorge –aunque no su desconfianza– tenía fundamento. El espía había armado una empresa de copiado muy redituable en la capital japonesa, que le servía de fachada y de fuente de financiamiento para parte de las actividades de su red local de agentes. Además, Sorge pasaba las noches en los bares, donde se lo veía acompañado de diferentes amantes.

Pero, al mismo tiempo, tras haber estado en Shangai y en Berlín, desde su llegada a Tokio en 1933 como corresponsal diario alemán Frankfurter Zeitung, no sólo había armado la red de espionaje soviética más importante de Asia, sino que cultivaba importantes relaciones en lo más alto del gobierno japonés. El agente de Stalin y había logrado ganarse la confianza y la admiración del embajador alemán, que lo había designado agregado de prensa y virtual secretario, lo que le permitía acceder a documentos reservados.

Cuando el 22 de junio de 1941 – dos días después de la fecha anunciada con anticipación por Sorge – Hitler lanzó la Operación Barbarrossa ya era tarde. Las fuerzas alemanas avanzaron con rapidez a pesar de la resistencia de las desprevenidas tropas soviéticas.

Stalin nunca reconoció haberse equivocado al desechar el informe de Richard Sorge, pero dos meses después le pidió ayuda para tomar una decisión que cambiaría el curso de la guerra.

El carnet de Richard Sorge como periodista para trabajar en Japón
El carnet de Richard Sorge como periodista para trabajar en Japón

Un alemán nacido en Rusia

Richard Sorge nació en Bakú el 4 de octubre de 1895, hijo de una rusa, Nina Kobeleva, y el ingeniero alemán Wilhem Sorge, que trabajaba para una compañía alemana que realizaba obras en los campos petroleros de Bakú. En 1897, cuando el contrato de su padre terminó, la familia se trasladó a Alemania y se instaló en Berlín.

Terminó el bachillerato con honores y había comenzado la carrera de Ciencias Políticas cuando en agosto de 1914 estalló la Primera Guerra. Sorge se alistó en el Ejército alemán como voluntario y fue destinado al batallón estudiantil de un regimiento de artillería. En el transcurso de la guerra fue herido tres veces. La última de las heridas, en una pierna, lo dejó cojo. Mientras estuvo recuperándose en Berlín aprovechó para continuar con sus estudios, al tiempo que comenzaba a interiorizarse por un fenómeno que, aún en plena guerra, llamaba la atención en todo el mundo: la Revolución Rusa.

Al final de la guerra se doctoró en Ciencias Políticas, cuando ya era un comunista convencido. No fue una elección simplemente política sino también emocional. Su abuelo, Adolf Sorge, había sido amigo y colaborador de Karl Marx, además de su secretario en la Primera Internacional.

Se incorporó al Partido Comunista alemán y en 1926 viajó a la Unión Soviética, donde fue reclutado como agente de inteligencia. Su primer destino fue China, a fines de la década de los veinte.

Una red en China

Sorge llega a China antes de la Larga Marcha, cuando todavía los comunistas tenían bajo su control parte de la provincia de Jiangxi, en el Sur del país, donde había establecido una República Soviética China.

Se instala en Shangai, bajo el dominio de los nacionalistas de Chiang Kai-Shek, en un momento en que las relaciones entre Pekín y el Kremlin eran muy tensas. Las misiones de Sorge eran dos: por un lado, tratar de hacer inteligencia para ayudar a Mao; por el otro, averiguar los planes expansionistas chinos y japoneses contra la Unión Soviética.

Sorge fundó una red de espionaje, basada en una docena de colaboradores -chinos, japoneses, norteamericanos y alemanes- que fue ramificándose hasta infiltrarse en los centros de decisión de China, Japón, Manchuria, Australia y Nueva Zelanda.

Con esa red en pleno funcionamiento –la base de Shangai le sería de vital importancia después, cuando fuera destinado a Japón– Richard Sorge regresó a Alemania con otra misión: hacer inteligencia sobre el nazismo recientemente llegado al poder y su jefe, Adolf Hitler, pero también –por su conocimiento de la política asiática– sobre las crecientes relaciones entre Alemania y Japón, que preocupaban al Kremlin.

Luego de quedarse unos pocos meses en Alemania, y de afiliarse al Nacional Socialismo para facilitar su labor, consiguió que el diario Frankfurter Zeitung lo enviara a Japón como corresponsal.

 Invasión alemana a la URSS en la Segunda Guerra Mundial (Archivo Nacional Alemán 163)
Invasión alemana a la URSS en la Segunda Guerra Mundial (Archivo Nacional Alemán 163)

Corresponsal, empresario y espía

En Tokio, Sorge utilizó su condición de periodista –escribía muy bien– y su conocimiento de la política del Lejano Oriente para establecer vínculos con las autoridades japonesas y con los más altos diplomáticos de la Embajada alemana.

También se lo apreciaba en las reuniones sociales por su ingenio agudo, su aspecto físico –era alto, rubio, de tez muy blanca y ojos celestes: un ario puro– y su carácter seductor. Así logró rápidamente la amistad del coronel Eugen Ott, agregado militar de la Embajada, que se convirtió sin saberlo en una de las fuentes de información más importantes para Sorge. Al mismo tiempo, el espía sedujo también a la mujer de Ott.

Esa doble relación resultó clave, ya que Ott lo consultaba sobre las relaciones entre japoneses y alemanes e incluso le mostraba documentos clasificados que enviaba a sus jefes militares en Berlín. Cuando en 1938 Ott fue nombrado embajador, designó a Sorge como secretario de prensa y le dio un acceso casi total a la información que manejaba.

Al mismo tiempo, el espía iba armando su red de informantes japoneses y de colaboradores extranjeros. La fuente principal que tenía Sorge en el gobierno japonés era Ozaki Hotsumi, corresponsal del Asahi Shimbun, quien no hacía pública su simpatía por el comunismo. Ozaki trabajó durante un tiempo como consejero del Gabinete del primer ministro Konoe Fumimaro y mantuvo un contacto estrecho con los miembros del círculo del líder nipón, lo que le facilitó el acceso a información clasificada que posteriormente pasaría a Sorge.

Además de Osaki, los colaboradores más estrechos en la red de Sorge eran el pintor de clase alta Yotoku Miyagi, quien también ocultaba su adhesión al comunismo y era muy buscado por los políticos y militares japoneses para que les hiciera retratos; el periodista croata Branko Vukelić, corresponsal de la agencia Havas; y el operador de radio Max Clausen, único alemán de su equipo, encargado de transmitir la información de Sorge a Moscú. Clausen, además, regenteaba una empresa legal de copiado de fotos y documentos, que también le servía al espía como base y como cobertura.

Su reputación como periodista, sus vínculos con el poder, pero también su fama de hombre de la noche y conquistador inveterado terminaron armando la imagen que Sorge deseaba dar a todos: la de un bon vivant rico, culto y divertido. Se le conocía una amante permanente, la mesera y cantante japonesa Hanako Ishii, que parecía no molestarse por su costumbre de saltar de cama en cama. En realidad, era otra integrante de la red.

Rusos quemando todo ante el avance alemán en la invasión a la URSS (Archivo Nacional Alemán 163)
Rusos quemando todo ante el avance alemán en la invasión a la URSS (Archivo Nacional Alemán 163)

Un maestro del espionaje

La red formada pacientemente por Sorge funcionó durante años sin que ni los alemanes ni los japoneses sospecharan siquiera su existencia. Sus medidas de seguridad –elaboradas por él y que se cumplían a rajatabla- fueron adoptadas luego por toda la inteligencia soviética.

Se manejaba con tres premisas básicas: la red debía evitar todo contacto con el Partido Comunista local, sin importar si éste era legal o ilegal; no debía tener ningún integrante de nacionalidad soviética y, en caso de ser indispensable la participación de un soviético, debía tener papeles que le dieran otra nacionalidad; por último, la red debía funcionar con células, evitando que los integrantes de cada una de ellas conocieran a los de las otras ni supieran qué función cumplían.

Trabajando de ese modo, desde su llegada a Tokio, Sorge envío documentación inapreciable para el Kremlin: dio aviso de la invasión japonesa a Manchuria estando destinado en China; informó, en 1936, acerca de la firma secreta de un tratado anticomunista entre Japón y Alemania; advirtió sobre un posible ataque japonés desde Manchuria a la frontera soviética en 1937, lo que permitió que fuera fácilmente repelido; y en 1939 elaboró un informe, en base a información obtenida en la embajada alemana de Tokio, donde advertía que el embajador alemán le había dicho al gobierno japonés que Alemania no respetaría el pacto Ribentrop – Molotov, de no agresión, recientemente firmado por Hitler y Stalin.

Para entonces, y a pesar del valor de la información que reunía su red, Richard Sorge había caído en desgracia. Su jefe directo en la GRU (Servicio de Inteligencia Militar), Jan Karlovich Berzin, había sido ejecutado en julio de 1938, víctima de la gran purga ordenada por Stalin. Desde ese momento, aunque no ordenó desmantelar la red que tenían en Tokio, los informes de la red de Sorge empezaron a ser leídos con desconfianza por el Kremlin.

Stalin, sordo a la Operación Barbarrossa

El 12 de mayo de 1941, el espía de la red de Sorge Max Clausen envió un mensaje codificado urgente al servicio de inteligencia soviético (GRU). Según información obtenida por Sorge de documentos secretos que guardaba el embajador Ott, Alemania concentraría en un corto plazo entre 150 y 170 divisiones en la frontera con la Unión Soviética, con la intención de invadir. El mensaje, transmitido por radio, informaba también que la fecha probable del inicio de la invasión sería el 20 de junio.

Al ser informado, Stalin exigió que se le enviaran reproducciones de los documentos que mencionaba Sorge. Desesperado, el espía intentó hacerlos llegar a través de uno de sus agentes en Shangai, pero llevaría demasiado tiempo.

Richard Sorge (izquierda) junto a un camarada
Richard Sorge (izquierda) junto a un camarada

En una segunda transmisión de radio, Sorge prácticamente rogó que le creyeran. Fue entonces cuando Stalin pronunció la frase que costaría millones de vidas:

-No voy a confiar en un pervertido que organiza fábricas y burdeles en Japón.

El 22 de junio de 1941 –dos días después de la fecha que había informado Sorge– Alemania invadió la Unión Soviética.

“Japón no atacará”

En un ataque devastador, las tropas alemanas avanzaron hacia Moscú. Stalin decidió defender la capital con todas las fuerzas disponibles, que eran insuficientes. Al mismo tiempo, Alemania presionaba al gobierno japonés para que también atacara a la Unión Soviética. Esa amenaza le impedía a Stalin mover las tropas que había movilizado a Siberia en previsión de un ataque nipón.

La inteligencia militar soviética le pidió a Sorge que hiciera lo imposible por saber qué decisión tomarían los japoneses. Infiltrado en el gabinete del primer ministro, Osaki Hotsumi informaba casi diariamente a Sorge. La situación no se definía: Japón dudaba entre atacar a la Unión soviética, como exigía Alemania, o ir hacia el Pacífico.

La decisión llegó en septiembre y Osaki le avisó a Sorge que Japón había desechado atacar a Stalin. En cambio, le aseguró que invadirían las colonias inglesas, de los Países Bajos y de Francia en el Pacífico Sur.

El 14 de septiembre de 1941, Sorge envío a Moscú el mensaje que definiría la guerra: Japón no atacará a la Unión Soviética si los alemanes no lograban tomar Moscú.

Con esa información en la mano, Stalin ordenó el traslado de la mitad de las tropas acantonadas en Siberia para defender la capital de la URSS. La llegada de los refuerzos soviéticos marcó el final del ataque alemán.

Ese informe de Richard Sorge permitía un cambio en el curso de la Segunda Guerra Mundial.

La invasión nazi a la Unión Soviética AP 163
La invasión nazi a la Unión Soviética AP 163

Captura y muerte

​ Pocos días después de haber enviado este mensaje, Richard Sorge fue detenido por la policía secreta japonesa y su red quedó desmantelada.

Las versiones de la caída son confusas y contradictorias. Una de ellas asegura que fue delatado bajo tortura por el pintor Miyagi; otra, que una de sus amantes descubrió papeles que lo comprometían y lo denunció.

La única integrante de la red que quedó en libertad fue la amante “oficial” de Sorge, Hanako Ishii, de quién la policía no sospechó -equivocadamente- nada.

En los interrogatorios, Sorge relató cómo había montado la red de espionaje soviético en Tokio y asumió toda la responsabilidad, tratando de exculpar a sus compañeros.

Una vez terminados los interrogatorios, el gobierno japonés propuso a los soviéticos intercambiarlo por prisioneros japoneses. Stalin ordenó dar una respuesta terminante:

“No conocemos a Richard Sorge”.

El maestro de espías fue condenado a muerte y ejecutado en la horca el 7 de noviembre de 1944, en el aniversario de la revolución bolchevique en Rusia. Casi un gesto del gobierno japonés dedicado a Stalin.

Ese mismo día, con el avance soviético en el frente occidental, en Moscú la gente salía a la calle alentada por la casi certeza del triunfo sobre el nazismo.

Pasados veinte años de su ejecución, recién en 1964, Nikita Kruschev reivindicó al maestro de espías Richard Sorge y lo honró con el título de “Héroe de la Unión Soviética”.

Sus restos descansan en el cementerio de Tama, Japón, donde fueron trasladados en 1950 por pedido de Hanako Ishii, quien hizo grabar una placa que lo recuerda con una frase en alemán, ruso y japonés:

“Al héroe de la Unión Soviética, Richard Sorge. 1895-1944”.

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