La crítica vino de una feminista colombiana. ¿Por qué hablaba en su libro de “la paja” para referirse a la masturbación femenina, si “hacerse la paja” era algo de hombres? Tenemos que -siguió, como un imperativo- buscar palabras nuestras y arriesgó una que sonó a “clitorización”. Para María del Mar Ramón -escritora feminista, colombiana viviendo en Argentina, 27 años- la crítica fue el pie que necesitaba.

No quería decirlo suavecito, rosita - los hombres “se hacen una paja”, las mujeres “se tocan”- sino apropiarse de la frase para hablar de la relación que tenemos las mujeres con el deseo y el placer sexual. Esto de que nos dieron charlas en el colegio sobre toallitas femeninas, úteros y anticonceptivos pero nadie nos habló nunca de lubricación, orgasmos, de placer. De cómo nos enseñaron, en cambio, a esperar para ofrendarle la virginidad “a alguien especial” y que fuera ese otro el encargado de determinar qué nos gustaba.

María del Mar Ramón tiene 27 años, es colombiana pero vive desde los 19 en Argentina.
María del Mar Ramón tiene 27 años, es colombiana pero vive desde los 19 en Argentina. "Coger y comer sin culpa" es su primer libro (Crédito: Santiago Saferstein)

De cómo nunca vimos chicas adolescentes (o mujeres mayores) masturbarse en las películas (para satisfacer un deseo propio, no para excitar a otro) como sí vimos varones, de todas las edades, debajo de las sábanas. De cómo muchas mujeres o no se masturbaban o silenciaron la práctica con vergüenza mientras que los amigos varones cuentan que, incluso, alquilaban una película porno y se juntaban para masturbarse en grupo. Por todo eso, María del Mar Ramón usa en su primer libro -Coger y comer sin culpa, el placer es feminista (Paidós)- las palabras que usa: coger, hacerse la paja, concha, mal cogidas, malos cogedores, entre otras.

“Nos enseñaron a odiar nuestros cuerpos”

Con la bandera de que “lo personal es político”, arranca el libro hablando sobre “cómo nos enseñaron a odiar nuestros cuerpos con saña”. Sobre aquella kiosquera que le dijo, a los 10 años, que la veía gordita y no quiso venderle un alfajor, de la tía que repetía que “a las gorditas sólo las quiere la mamá” y de cómo esa nena terminó siendo una joven bulímica.

Lo dice así: “Me metí los dedos primero en la boca para vomitar antes que en la concha para acabar. Se nos fomentó tanto el castigo y se nos censuró tanto el placer”.

En el libro plantea que el
En el libro plantea que el "sexting", es decir, enviarse mensajes sexuales, es un buen ejercicio para "verbalizar el deseo" (Crédito: Santiago Saferstein)

—En el libro hablás sobre una contradicción entre ser feminista pero seguir viéndote “gorda, fallida, defectuosa” en el espejo.

—Para mí era muy importante hablar sobre esta contradicción de considerarme feminista y seguir teniendo conflictos con el cuerpo y con el peso. ¿Por qué digo “contradicción”? Porque tener conflictos con el peso es seguir ciertas normas de belleza cuando lo que hacemos como feministas es, precisamente, cuestionar las normas. Esa contradicción me empezó a generar mucha culpa y quise indagar sobre eso. Además, leía sobre esta tendencia a pensar que “el amor propio” es la cura de todos los problemas, y a mí me parece una idea problemática: toda nuestra disposición y crianza es para que los demás nos quieran (en el libro dice “todas las mujeres de la familia conocían la relación inversamente proporcional entre el peso y el amor”) y, de repente, hay una idea que cura todos los problemas: nos levantamos un día, decimos ‘me amo así como soy’ y ya está todo saldado. Hay una lógica despolitizada de pensar que el problema fueron los demás pero que la solución está en vos, y que si te esforzás por mirarte las estrías y decir ‘qué lindas estrías’ entonces ya está. No funciona así, porque hay una lógica social muy patriarcal sobre los ideales de belleza con los que crecemos. Es un dispositivo muy eficiente de socialización y es que nosotras nunca somos suficiente: nunca es suficiente el cuerpo que tenemos, la altura que tenemos y el único cuerpo posible es el cuerpo imposible. Lo aprendemos de una manera tan eficiente para el sistema que, por supuesto, la lucha por destruir esos ideales de belleza tiene que ser colectiva.

María del Mar Ramón cuenta que fue bulímica, que todavía le cuesta subirse a una balanza y que entendió que los trastornos de alimentación no terminan de un día para el otro (Crédito: Santiago Saferstein)
María del Mar Ramón cuenta que fue bulímica, que todavía le cuesta subirse a una balanza y que entendió que los trastornos de alimentación no terminan de un día para el otro (Crédito: Santiago Saferstein)

—¿Y qué pasa cuando nos salimos de esa norma?

—Hay algo muy macabro en el trasfondo y es que hay una recompensa por caber en esa norma: el amor de pareja. Te enseñan, también, que si te sales de esa norma va a haber castigo y que el más cruel es ese: “Te vas a quedar sola”. Para mí era muy importante contar con tanta crudeza algo tan horrible como vomitar, porque cuando estuve más flaca, que fue cuando tuve la bulimia más extrema y vomitaba tres veces al día, todo el mundo me aplaudía. Quería contar ese lado B, lo que cuesta esa belleza que aplauden.

Oda a “la paja”

“La paja” es el nombre que eligió para el segundo capítulo. María del Mar Ramón arranca contando que la descubrió a los 11 años pero que, “como no sabía qué pasaba cada vez que me tocaba la concha con las manos y nadie me hablaba del tema, asumí lo que me pareció más lógico: estaba mal, yo era la única que lo hacía y debía ser alguna forma de pecado. Es increíble el silencio rotundo que acompaña al placer de las mujeres, su genitalidad y autosatisfacción durante toda la vida”.

El primer orgasmo a través de la masturbación fue a los 22 años.

No quiso usar eufemismos ni buscar palabras nuevas para hablar de la masturbación femenina sino apropiarse de la que siempre se consideró
No quiso usar eufemismos ni buscar palabras nuevas para hablar de la masturbación femenina sino apropiarse de la que siempre se consideró "de hombres" (Crédito: Santiago Saferstein)

—¿Por qué decidiste hacer esta “oda a la paja”?

—(risas) Porque es una de las prácticas que más nos bastardearon y que menos nos contaron que podíamos hacer con nuestros propios cuerpos. Aprendimos de grandes algo tan elemental que es saber cómo acabamos nosotras mismas. Quise contar por qué no se nos hablaba de este tema, por qué la educación sexual nunca nos habló de placer ni de ser dueñas de nuestros cuerpos, por qué fuimos criadas para que nuestros cuerpos fueran para alguien más “cuando estuviéramos listas y nos sintiéramos queridas”. Hoy, ya en el 2020, me parece una locura que ni siquiera fuéramos capaces de contarnos entre nosotras que nos hacíamos la paja. Creo que si nosotras no socializamos los métodos -por ejemplo qué juguete sexual está bueno- no tenemos forma de aprender estas cosas.

En el libro lo dice así:

(...) Esa disociación del cuerpo debe ser lo más doloroso y difícil de desandar de la socialización como mujer. La descripción literal de no pertenecernos a nosotras mismas y el miedo, pecado y culpa que nos enseñaron a sentir cuando nos materializábamos con nuestras propias manos. Qué triunfo brutal del patriarcado haber logrado que nos sintiéramos ajenas en nuestras propias pieles. Qué efectivo les resultó educarnos a las mujeres para existir sólo ante las manos y las miradas de los hombres. No se me ocurre una forma de dominación más eficiente y certera que esa: no ser hasta que seamos para otro”.

El estereotipo de “la malco”

Después describe cómo el porno tradicional les enseñó a los hombres a tener sexo: un jueguito previo -un paso muchas veces demasiado “rápido, protocolar” por el sexo oral a la mujer- para llegar a “lo importante”: la erección y la penetración. Lo que dice, básicamente, es que si hay “mal cogidas” es porque “los hombres hétero cogen mal”.

—Te apropiás del estereotipo de “la mal cogida” pero le das una vuelta. No es la idea de “la histérica a la que falta una grande”...

Es un insulto que me llama mucho la atención: “mal cogida”, como si una se cogiera sola. Mi apuesta es darle la vuelta, decir ‘bueno, la culpa entonces vendría a ser de ustedes porque cogen horrible’.

En la ilustración, la mujer busca el propio placer sexual, sin necesidad de que haya un otro. (Crédito: Santiago Saferstein)
En la ilustración, la mujer busca el propio placer sexual, sin necesidad de que haya un otro. (Crédito: Santiago Saferstein)

—¿Por qué decís que “los hombres hétero cogen mal”?

—Me parecía importante indagar sobre qué es lo que tienen en la cabeza los varones a la hora de tener relaciones sexuales. El porno tradicional, el cine y las novelas les enseñaron cómo se coge: unos besos, un juego previo fugaz y el banquete: la penetración. Ahí las mujeres gritaban y se enloquecían. Si seguimos insistiendo sobre esta idea de que el buen sexo es solo penetrativo, o que el sexo para los varones es importante para ponerla y después alardear con otros, o sentirse más machos por tener una erección por más tiempo, vamos a seguir repitiendo el mismo modelo de “mal cogidas” y “mal cogedores”. Creo que pensar en otro paradigma para tener sexo, que esté fundamentado sobre el placer y el cuidado y no en tener la pija dura durante mucho tiempo es una ganancia para todas las partes.

La cultura de fingir

“Cogíamos, él hacía todo lo que debía hacer y el sexo se veía como debía verse, pero yo no lo lograba. Fingía todas las veces porque en realidad no me pasaba. En un momento empecé a pensar que el problema era mío. Que hacíamos todo lo que se suponía que debíamos hacer al coger, pero que yo por alguna misteriosa razón no lograba tener un orgasmo verdadero. Empecé a creer que acabar era un mito de la televisión y de las conversaciones de amigas”.

María del Mar Ramón vuelve a desnudar sus propias experiencias para contar “todas las veces que cogí sin ganas”, de cuando entendió que nunca nadie le había hablado de lubricación, de las veces en las que, en vez de placer, sintió (y calló) ardor, de las veces que fingió orgasmos para que el otro eyacule y se termine más rápido.

"Creo que es muy importante tratar de erotizar el consentimiento y de erotizar la verbalización en el sexo. La propuesta es 'usá las palabras'", contó en su visita a Infobae (Crédito: Santiago Saferstein)

—Hablas de cómo las mujeres estamos entrenadas para fingir por no poder decir qué nos gusta.

—No es tan fácil decirle a un varón en una situación sexual ‘esto no me gusta’, ‘esto no me está funcionando’. No estamos educadas para eso. Nos cuesta muchísimo verbalizar el deseo, decir qué necesitamos (por ejemplo, que el sexo oral no sea un trámite) y también hay una incapacidad del otro lado de escuchar. Y eso termina haciendo que sea más fácil para nosotras fingir en lugar de plantear y dialogar sobre el deseo. Además, tenemos la idea de que siempre el otro puede ofenderse o puede haber una respuesta violenta. Creo que también por eso fingimos y somos condescendientes. Creo que ese es un mecanismo de seguridad que tristemente hemos tenido que emplear.

—Contás la culpa que sentiste las veces que tuviste sexo con mujeres, y de las consecuencias que tiene, para nuestra exploración sexual, estar criados en la llamada “heteronorma”, donde “lo normal” es ser heterosexual.

—Somos criadas para pensar que lo que corresponde es que nos gusten los hombres. A mí me pasó: la primera vez que pensé que me gustaban las mujeres para algo, solo como un deseo sexual exploratorio, me dio una angustia terrible porque sentí que entonces tenía que clasificarme en otro casillero. Quizás es más fácil simplemente explorar el deseo sin necesidad de pensarnos en un casillero y sin necesidad de pensar necesariamente en mudarnos a otro. Podés ser una mujer heterosexual, te puede gustar una mujer y eso no necesariamente implica que quieres transitar una orientación sexual distinta.

"¿Cómo dices lo que te calienta? ¿Lo dices? ¿Cómo dices lo que no te está gustando? ¿Lo dices?", plantea (Crédito: Santiago Saferstein)

Ya sobre el final habla de una violación que sufrió cuando tenía 16 años y de lo que tardó en poder ponerle nombre. ¿Por qué? Porque la mayoría de las agresiones sexuales no se parecen a cómo las películas nos dijeron que eran las violaciones: un extraño con una cobra tatuada en un brazo, que te sorprende en la calle, te tapa la boca y te lleva a un callejón mientras una patalea y no logra que nadie la escuche.

Habla del consentimiento, de “deserotizar el silencio” y de esta idea que tenemos muchas mujeres de que, como “yo le dije que viniera” o “yo acepté ir a su casa” entonces ya no podemos decir “no”. También plantea la importancia de “derrocar el amor romántico", esta idea de que conseguir el amor de pareja es lo más importante en la vida de las mujeres, “que el amor todo lo puede, que el amor todo lo transforma, que todo lo que el amor toca crece y es bello”.

—¿Por qué creés que hay que derrocar el llamado “amor romántico”?

—Yo siempre iba a Colombia a visitar a mi familia y todos los años era esta pregunta: ¿y el novio? ¿para cuándo el novio? Hasta que una vez, cuando tuve un novio con el que duré mucho tiempo, mi papá me dijo: “Me alegro mucho que tengas una pareja porque así yo me quedo más tranquilo". Su idea es que entonces alguien me cuidaba. Es lógico, porque fue la manera en que nos enseñaron y nos socializaron el amor de pareja: era cuidado, el futuro y el destino, una garantía de futuro y de porvenir, de alguien que se va a morir con vos y te va a dar la mano y te va a dar las pastillas y vas a tener una herencia. Pero la verdad es que a mí esa pareja no me cuidaba, no me acompañaba, no me resolvía nada. ¿Sabés quienes me acompañan, quienes me resuelven, quienes me cuidan? Mis amigas. A las mujeres nos enseñaron a competir, yo creo que es hora de empezar a ponderar el amor de las amigas.

Esa es la dedicatoria de su libro:

A mis amigas, que me salvaron la vida

SEGUÍ LEYENDO: