El periodista que pasó 300 días secuestrado por Al Qaeda: “Lo único que deseaba es que mi muerte fuera rápida y no doliera”

De paso por Buenos Aires, adonde vino para escribir un libro, Antonio Pampliega recuerda su odisea en Siria. Lo vendió su traductor, creyeron que era un espía y, asegura, “me convirtieron en su perro”. Hoy, aunque volvió a cubrir conflictos en Medio Oriente, sostiene: “Ningún reportaje vale mi vida”.

La última foto antes del secuestro. Pampliega, a la derecha, junto a sus colegas Ángel Sastre y José Manuel López. Y adelante, Usama, el traductor que los vendió a Al Qaeda.
La última foto antes del secuestro. Pampliega, a la derecha, junto a sus colegas Ángel Sastre y José Manuel López. Y adelante, Usama, el traductor que los vendió a Al Qaeda.

“Que sea rápido, y que no duela”. Muchas veces, durante 299 días,el hombre que sonríe afable en un departamente de Barrio Norte, en Buenos Aires, deseó que así fuera su muerte. Desde el 13 de julio del 2015 al 7 de mayo del 2016, Antonio Pampliega (37) estuvo secuestrado en Siria por Al Qaeda junto a sus compañeros Ángel Sastre -que actualmente vive en nuestro país- y José Manuel López. “¿Si volviera a pasar por una situación así? Antes me pego un tiro en la cabeza”, dirá sereno, como si se tratara de una fantasía y no algo que le dejó marcas. Y es literal: sus muñecas aún guardan tenues huellas de sus intentos de suicidio, cuando no soportaba ser “el puto perro” de sus captores. Las cubren dos tatuajes: el de su mujer, Sara, escrito en árabe. Y de su tipo sanguíneo, que se imprimió desde que una granada le reventó la arteria femoral a un colega y no podían saber qué sangre le debían transfundir en un hospital de Medio Oriente.

Antonio Pampliega, hoy en Buenos Aires. (Maximiliano Luna)
Antonio Pampliega, hoy en Buenos Aires. (Maximiliano Luna)

Viajó a la Argentina por un mes, para entrevistar a otra sobreviviente, en este caso de los campos de concentración nazis, Eugenia Unger. Escribirá sobre ella como escribió En la oscuridad, donde narra su propia odisea. Aquí, para en la casa de sus familiares argentinos, que lo hicieron hincha de San Lorenzo, aunque en su Madrid natal es del Real. Es que de chico, como casi todos, quería ser futbolista. “Pero me frustré. Hice periodismo para cubrir mundiales de fútbol. Pero sucedió el 11 de septiembre de 2001, los atentados en Madrid en el 2004, y que el fotógrafo Reza Deghati, de National Geographic, vino a mi facultad y contó su trabajo en las zonas de conflicto: Afganistán, Irak… Así que con 25 años, en el 2008, me fui para Irak”.

-¿Cómo fue esa primera experiencia?

-Hoy, a ese Antonio que aterrizó en Bagdad le hubiera dado una colleja, como decimos nosotros, una cachetada en la nuca. Fui sin idea de árabe, con un muy mal inglés, desconociendo dónde me metía. Lo hacía para buscar notoriedad, convertirme en una estrella, ¡Yo quería ser Pérez Reverte! Estaba equivocado. Estuve una semana con las tropas españolas, y no mucho más.

-Pero no te desanimó..

-Siguieron muchos viajes… Pero donde me hice corresponsal de guerra, periodista, fue en Afganistán. Ahí descubrí la vocación. Encontré cosas que no estaban en los libros que había leído sobre guerra. La sensación de estar,donde la gente está muerta o va a morir, mientras tú te sientes vivo, es como una droga. Vas, y quieres más. ¡Terminas siendo un yonki de la guerra!

El video que Al Qaeda le hizo grabar a Antonio Pampliega en cautiverio, la primera vez que el periodista lo vio en su propio programa de tevé, Pasaporte Pampliega.

-¿Habías ido muchas veces a Siria antes del secuestro?

-Si. La primera vez fue en diciembre de 2011. Fui con unos colegas porque me gustan los retos: hasta ese momento de la guerra, ningún periodista había logrado entrar. Y además, como soy free lance, pasé de vender solo en España a hacerlo a todas las agencias internacionales. Me di cuenta la importancia de estar allí. En Sermin, un pueblito, encontramos 15 muertos, entre ellos un niño de 14 años. Seguimos el cortejo fúnebre, y cuando estaban metiendo el féretro en la tumba, al lado, vi una señora muy mayor, la abuela. Hicimos la foto, la señora se dio cuenta, y vino hacia nosotros. Pensé que nos iba a echar broncas, pero comenzó a besarnos las manos y hablarnos en árabe. El traductor nos dijo: “Ella va a rezar por vosotros, para que podáis salir de Siria y le contéis al mundo como nos están matando”. Fui doce veces más antes del secuestro. Tantas, que sabía que me debía pasar.

-¿Porque empezaste a confiar demasiado?

-Entras y sales tantas veces, que piensas que no te va a pasar. Y al final te secuestran. Pero teníamos la intuición.

El regreso a su casa, pesando apenas 60 kilos y abrazado a su familia.
El regreso a su casa, pesando apenas 60 kilos y abrazado a su familia.

-¿Cómo fue?

-Nuestro traductor, Usama, nos terminó vendiendo. Era la primera vez que trabajaba con él. Teníamos contacto desde un año antes, sobre todo por Facebook, y lo iba tanteando. Pregunté a compañeros que habían trabajado con él y me dijeron que era de fiar, que era buena persona. Pero la realidad que tenía Usama en su vida, era diferente.

-¿Que significa eso?

-Nosotros estaríamos una semana con él, le íbamos a pagar 150 dólares por día. A lo mejor, iba a sacar 1500. Pensó: “Tengo a tres españoles,¿y si los vendo, cuando me van a pagar? ¿Diez, quince, por cada uno? Tengo a mi familia en un campo de refugiados. Quizás saque treinta mil, y mi familia podrá vivir mejor”. ¿Quién no lo haría? No lo puedo juzgar ni le guardo rencor. Ni a Usama ni a los que durante diez meses me maltrataron y me pegaron.

-¿Volviste a tener contacto con él?

-Me escribió a mi Facebook como a los cinco meses de regresar de Siria, pero no le respondí. Empezó con excusas, que él no había sido, que también era víctima. Pero ya está, no era bueno remover ese pasado. Allá él con su conciencia.

En zona de guerra. Había ido doce veces a Siria antes del secuestro.
En zona de guerra. Había ido doce veces a Siria antes del secuestro.

-¿Cómo sucedió el secuestro?

-Estábamos haciendo un reportaje en el casco antiguo de Aleppo, al norte de Siria, que era Patrimonio Histórico de la Humanidad. Queríamos ver cómo estaban esos lugares milenarios. Pero el traductor y el conductor tenían todo arreglado todo con una unidad de Al Qaeda. Enfilamos una calle, en un cruce se detuvo el carro, de la nada una furgoneta nos cortó el paso, bajaron seis o siete hombres armados hasta los dientes, apuntándonos y pegando gritos. En ese momento pensé que nos habían secuestrado, no que nos habían vendido. Y que estábamos muertos. Por entonces, el Estado Islámico mataba a los periodistas. Por fortuna, estos eran de Al Qaeda. Dentro de una escala de hijoputismo, con los otros ni se podía negociar.

-¿Qué hicieron?

-Lo primero fue intentar mantener la cabeza fría: ni correr ni enfrentarlos. E intentar descubrir alguna insignia, saber quienes eran. Fuimos sumisos, entramos en su furgoneta, nos ataron las manos, nos vendaron los ojos, y nos echaron al piso.

-¿Adónde los llevaron?

-Al medio del campo, a una construcción, como un antiguo garaje. Nos bajaron, nos quitaron las cámaras, los pasaportes, y uno a uno nos metieron en una habitación. Luego entraron el traductor y el conductor, que se reía y hacía gestos como que nos iban a degollar. Ángel se acercó al traductor y le pidió que les dijera que teníamos la protección de una unidad de los rebeldes sirios. Era verdad, porque habíamos entrevistado a un comandante rebelde, respetado, que nos había dado un salvoconducto. Pero la respuesta de Usama fue “este no es el momento”. Y luego no lo vimos más.

-El lo hizo por dinero. ¿Y Al Qaeda, por qué?

-Era importante para lanzar un mensaje a la prensa: “No necesitamos que vengan periodistas extranjeros. Con nuestras redes sociales y medios, enviamos la información que necesitamos”. No entró nadie más.

Pampliega con su colega José Manuel López, que fue secuestrado junto a él.
Pampliega con su colega José Manuel López, que fue secuestrado junto a él.

-¿Cómo fue el encierro?

-Hubo dos etapas. Al principio estábamos juntos. Pasamos por tres casas diferentes. Nos trataban bien, nos daban de comer lo que queríamos, nos proveían medicinas. A uno le enseñé a jugar al ajedrez, hasta que me ganó. Era gente a la que le pagaban para que nos tuviera, nada más. Nunca nos pusieron una mano encima. Pero el día 95 me sacaron de la habitación de mis compañeros, y los 204 días siguientes estuve en aislamiento, porque pensaban que trabajaba para el gobierno, que era espía.

-¿Por qué creyeron eso?

-A mediados de julio, principios de agosto, un antiguo soldado español, o mejor dicho un mercenario que le había dado instrucción a los rebeldes, entre ellos soldados de Al Qaeda y Estado Islámico, empezó a tantear quién nos tenía. Nos localizó, y se hizo pasar por el negociador del gobierno de España. Les ofreció 100 millones de dólares por nuestra liberación. Y pidió una prueba de vida. Me envió una carta, acompañada por su carnet del ministerio de Defensa español, con su fotografía en uniforme militar. Pero a mi solamente, no a mis compañeros. Decía: “Hola Antonio, me llamo Luis Munar, soy tu mejor amigo. Por favor contestame a las dos preguntas que te hago a continuación”. La segunda pregunta me metió en problemas. “Tenemos una amiga en común… ¿En que hospital trabaja? ¿En qué lugar de España? Y dentro del hospital, ¿a qué se dedica?”. Lo tenía que responder en inglés, porque mis secuestradores querían saber qué le escribía. Puse “Elena, en el Hospital Valencia, y es enfermera”, que en inglés es “nurse”. Y a nosotros nos tenía un tal Nusra. Ellos entendieron que a través de esa pregunta le decía qué grupo nos había secuestrado: Nusra, nurse...Y a partir de ese momento, cagamos...

-La empezaste a pasar realmente mal.

-Durante 204 días estuve en una habitación, aislado. Empezaron palizas, insultos, vejaciones, tenía una luz led 24 horas al dia, y si me dormía, golpeaban fuerte la puerta. … Estos eran profesionales, la habitación estaba cerrada con candados, había cámaras. Como cualquier carcelero, intentaron deshumanizarme. Me cambiaron el nombre: ya no era Antonio, era Wail, no se porqué. Era su perro. El plato donde almorzaba era de latón, para comida de perro. Cada vez que entraban me tenía que poner una capucha, el bozal. Cuando iba al baño le daba la mano a uno, la correa. Iba solo dos veces al día, mañana y noche. Si me hacía encima o en un rincón, me golpeaban. Cuando querían que me pusiera de pie, chasqueaban los dedos. Era su puto perro. Para ellos, tener un periodista estaba bien. Pero un espía, o alguien del gobierno, valía mucho más. Sobre todo a nivel de propaganda. No es lo mismo degollar a un periodista que a un funcionario.

En Medio Oriente, con colegas corresponsales de guerra.
En Medio Oriente, con colegas corresponsales de guerra.

-¿Pensabas que te iban a matar?

-Si. No solo lo pensé, sino que crearon ese ambiente, hicieron una representación. Un día, de regreso del baño, había un tipo con una cámara. Otro, vestido de negro, con un cuchillo de sierra, se puso detrás de mí, y el que me había sacado al baño, delante.

-¿Cómo fue ese momento?

-(resopla, abre los ojos) Lo único que pedía, era que fuera rápido. Me daba bronca que la última imagen de mi que tendria mi familia fuera esa, porque los telediarios la iban a repetir.

-¿Qué te hicieron leer?

-Esa vez nada. Más adelante, si, me dieron papeles para leer algo asi como “Soy Antonio Pampliega, periodista, llevo en Siria tantos meses, vine con dos compañeros y nadie del gobierno español se hace cargo de nosotros, así que mando este mensaje para que el pueblo español nos ayude a salir de aquí”. Lo tuve que memorizar.

-¿Viste ese video alguna vez?

-El año pasado… (resopla). Creí que me iba a afectar mucho más.

Las muñecas de Antonio Pampliega tienen huellas de sus intentos de suicidio con una hoja de afeitar. Y el nombre de su mujer, Sara, en árabe, y su grupo sanguíneo.
Las muñecas de Antonio Pampliega tienen huellas de sus intentos de suicidio con una hoja de afeitar. Y el nombre de su mujer, Sara, en árabe, y su grupo sanguíneo.

-¿Pensaste en matarte en algún momento?

-Si. Creía que el suicidio era un vehículo para escapar de ahí. Claro, con el resultado de la historia, era una tontería. Pero ese momento era de desesperación pura y dura. No quería que me degüellen como a Jim Foley (periodista inglés muerto por ISIS), ni que me quemen vivo como al piloto jordano. Para eso me lo hacía yo. Y era pensarlo todo el tiempo.

-¿Y habías planeado cómo?

-Si. Yo usaba su mismo baño. Los musulmanes que son radicales se afeitan el bigote y las axilas. Dejaban sus cuchillas (se refiere a las hojitas de afeitar) ahí, sin pensar que las podía tomar. Tuve una en mi habitación durante un tiempo.

-Pero nunca la usaste, por suerte.

-Empecé, me hice algún corte, pero nada…

-¿Qué hacías cuando estabas solo ahí dentro?

-Me dieron cuadernos, y le escribía cartas a mi hermana. Una especie de diario. Le llevo quince años, y para mi es como una hija. Tenemos un vínculo muy fuerte. De hecho, en agosto seré padre, y ella será la madrina. Le contaba cómo estaba, qué sentimientos tenía. Y guardaba los papeles en los bolsillos. Estaba tan delgado que usaba dos pantalones. Cuando salí, como mucho pesaría 60 kilos. Y además de escribir, caminaba: la vuelta a la habitación eran 34 pasos. Yo pensaba que me iría en Navidad. Pasó, y nada. Pensé que me quedaría para siempre. Ya nadie preguntaba por nosotros. Me tiraba en un colchón y no me levantaba ‘para nada. Me quería morir.

Antonio Pampliega en Buenos Aires, junto a la sobreviviente de los campos de concentración nazis Eugenia Unger. Escribe su historia. (Maximiliano Luna)
Antonio Pampliega en Buenos Aires, junto a la sobreviviente de los campos de concentración nazis Eugenia Unger. Escribe su historia. (Maximiliano Luna)

-¿Cómo fue la liberación?

-El 7 de mayo del 2016 entraron dos de ellos a la habitación. El que siempre me pegaba, y un traductor. Iban vestidos de negro, tenían puesto un pasamontañas y una cinta con el logotipo del Estado Islámico. Me pusieron una capucha y unos grilletes. Me metieron en una furgoneta. Dije: “Hasta aquí llegó”. Siempre recordaré que iba mirando para abajo, y pensaba: “Dios mío, que sea rápido y que no me duela”. Salimos de la carretera y entramos a un campo. Se detuvieron, me bajaron, caminé unos metros y me quitaron la capucha. Y vi a mis compañeros, arrodillados. Pensé: “O nos matan, o nos venden, o nos llevan a otro sitio”. Pero nunca que nos iba a liberar. Había como 15 soldados armados hasta los dientes. Uno, vestido de blanco, que era el jefe, se acerca y nos dice: “Hurr”, que en árabe significa libertad. Y como no nos movíamos, nos empuja y dice: “Turquía, no vuelvan nunca más”.

-¿Que hicieron?

-Empezamos a caminar, pensando que nos iban a disparar. Pero cuando nos dimos vuelta, se habían ido. Nos dejaron a 400, 500 metros de la frontera con Turquía. Había alambradas y torres de vigilancia. Nos levantamos la camisa para que vean que no llevábamos bombas ni nada. Nos hicimos entender con la palabra “televisión”, que es universal. Nos cachearon, nos llevaron a una comisaría, y llamaron a la embajada de España. Y regresé.

-¿Volviste a Siria?

-Me encantaría, pero le prometía a mi hermana que no lo haría. Después del secuestro, tenía miedo de regresar a zonas de conflicto. Lo solucioné con una psicóloga. Luego fui a Irak, a Afganistán… sigo haciendo mi trabajo. Pero no soy tan arriesgado como antes. No voy tan al límite. Y más ahora, que viene un niño en camino. Ya no me apetece. Ningún reportaje vale mi vida.

-¿Qué harías si te volvieran a secuestrar?

-Si tuviera un arma a mano, me pegaría un tiro en la cabeza. No pasaría por lo mismo nunca más.

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