Es ingeniero pero cambió su vida para ser el rey de la noche en Pinamar: “Si me das un campo, te pongo a bailar a las vacas”

Gustavo Palmer tocó el cielo con las manos y fue un emblema en la noche pinamarense durante los 90. Su relación con Maradona, el éxito y cómo la muerte de su padre marcó su futuro

mluna@infobae.com
Gustavo Palmer es uno de los nombres más icónicos en la noche de Pinamar
Gustavo Palmer es uno de los nombres más icónicos en la noche de Pinamar

Hizo bailar a millones. En Buenos Aires y Uruguay, Gustavo Palmer agigantó su nombre y más tarde creó Ku, su discoteca insignia, un fenómeno que potenció en Pinamar y se volvió emblema en los 90, la cual fue replicada con los años en más de 35 franquicias vendidas alrededor del país. Palmer atiende el llamado de Infobae y acepta la entrevista. Allí aparece la fantasía de que un hombre de la noche como él se presentará al encuentro en camisa, jean ajustados y zapatos. Quizá con un reloj llamativo o alguna cadena de oro. O posiblemente con un perfume caro. Palmer, sin embargo, disipa la imaginación: está en zapatillas, lleva bermudas y una remera negra. Acaba de salir de la pileta.

El Hotel Savoia de Ostende es su casa de verano desde hace más de tres décadas. Son 31 los años específicos en los que ocupa la habitación 427, a la que pide cargar el café y el agua mineral que invita antes de partir. Previo a ello, un repaso enérgico por su vida. Allí cuenta que no se arrepiente de nada y que saboreó el éxito pero que ve con buenos ojos a la derrota. Que no va al psicólogo: “¿Para qué contarle a alguien que no me conoce todos los problemas de mi vida?”, dice. Que no es inteligente pero sí perseverante. Que no le teme a la soledad y que los ideales son todo. También que estudió para satisfacer a su padre, a quien perdió cuando aún era adolescente.

—¿Ingeniero agrónomo?

—Se lo prometí a mi papá antes de que muriera: que iba recibirme de ingeniero agrónomo e iba a cuidar a mi mamá. Estoy cumpliendo lo que prometí y es lo lógico, lo menos que puedo hacer. Estábamos muy bien económicamente y cuando falleció todo fue mal. Por eso me banqué toda la facultad trabajando de noche. Yo estudiaba en Morón y me iba en tren. Llegaba a las clases sin dormir. Mis compañeros me tapaban para que no me vieran dormido. Pero el sacrificio valió la pena: le prometí a mi padre que iba a tener el título y lo tengo.

—¿Cómo es eso de que sos el “anti Palmer”?

No tomo alcohol y me gusta el deporte. No me gusta relacionarme con la gente. No me gusta salir de noche, no me gusta comer en restaurantes caros. Me gusta mirar la tele en mi casa o ir a comer a un lugar en el que pueda saludar a los mozos y charlar con ellos.

—¿Y quién es Gustavo Palmer?

—Soy un tipo que trata de ponerle mucha garra a todo. Aprendo cada día algo nuevo y no me creo el rey de la noche. Soy laburante. Me fijo en el detalle. No siento saturación pero si muchas veces estrés, que a veces cansa. En 40 años de noche tenés que pensar en vos mismo para querer al prójimo. Fui bachero y juntaba las copas en New York City en 1980. Ahora hago radio y estoy en la tele. Aunque siempre digo: si me das un campo, te pongo a bailar a las vacas.

Palmer, en la puerta de la habitación en la que duerme desde hace 31 años
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—¿"Pensar en vos mismo para querer al prójimo”?

—Claro. Para poder tener una buena vibra tenés que ser egoista. Esta es una profesión ingrata porque las personas que están con vos no tienen fin de semana. Es una profesión para ponerle mucha garra, se labura de día y de noche. Tenés que estar todas las noches en el boliche, no podés faltar.

—¿Qué pasa si una noche te quedás en tu casa?

—Te comen. Ahora tenés sistemas, cámaras, hay mucho más control que antes. Stock de entrada y salidas para los barman. Al bartender debés indicarle cómo se sirve un trago, que lo haga con pinzas y no con la mano. No es fácil.

—¿Realmente es posible controlar todo lo que pasa en un boliche?

—Todo lo controlás en base a ese sistema, nunca vas a encontrar la perfección total, tenés que estar con 20 cámaras en las discotecas. Con empresas de seguridad, porque no existe más el “patovica”. Yo he tenido inconvenientes en base a los empleados de seguridad, que no tenían la capacidad. Cromañón fue un antes y después. Ahora Pinamar hace las cosas bien, veo muy bien las campañas que se realizan para prevenir el consumo de alcohol.

—¿Cuánto tardás en entrar a una discoteca y detectar lo que está mal?

—Soy detallista. Empiezo con la entrada, voy por la barra, después ingreso a los baños. Me fijo si en las barras hay sistemas y en la oficina veo cómo van facturando en todos los puntos. Hay stock de entrada y salida, un vodka te da de 15 a 17 medidas por botella. El gin y el whisky también. Siempre hay un desfasaje de un 10%, pero cuando hay más tenés que ser meticuloso, por eso se colocan cámaras sobre las barras. Hay que estar en el tema.

El empresario vive en Capital Federal pero cada año se instala durante dos meses en Pinamar
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—¿O sea que vivís desconfiando?

—No sé si desconfiando. Sí cuidando. Que el servicio sea excelente y bueno.

—¿Qué te enseñó la noche?

—Que no se la puede utilizar como escapismo. Es para pasar un buen momento y divertirse de manera lógica y adecuada.

—En Pinamar tocaste el cielo con las mano durante la década del 90, ¿pensaste que el éxito iba a ser eterno?

Si pensás eso sos un pedante o creés que sos todopoderoso. Y todo tiene un ciclo. Nunca se me subieron los humos en la cabeza. Puedo convivir con derrotas y triunfos. Lo fundamental es estar convencido de lo que hacés.

—¿Qué pensás cuando ves a un empresario de la noche rodeado de mujeres y amigos, tomando alcohol?

Que él piensa que está teniendo éxito pero no ve que en realidad está fracasando. Ahí se desvirtúa el tema. Un boliche lo tenés que manejar como una empresa. Y si sos amigo real de un dueño le debés decir que pare un poco, que haga las cosas con conducta.

—¿Estás salvado económicamente?

No. No estoy hecho. Hay que laburar mucho y de manera continua. En los 90 se ahorraba de otra manera. Ahora hay que sacrificarse 10 veces. Por eso entiendo a los pibes que están acostumbrados a alquilar, porque no llegan. Por más sacrificios que hagan no llegan. Hay que ponerse en el pellejo de esta generación.

—¿Conociste a Diego Maradona?

—Sí, fui a su casamiento en Luna Park y al cumpleaños de 15 de Dalma. A mí Maradona me decía Bujedo, por un jugador de Vélez que tenía el pelo largo y era parecido. Me llamaba así. A Maradona lo dejé de ver hace bastante. Tiene un carisma especial. Un fuera de serie.

Desde su habitación: Palmer mira el mar desde el mismo lugar desde más de tres décadas
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—¿Qué recordás de Ku?

—Uh, muchas anécdotas. El día de la inauguración de Ku, en la ciudad de Pinamar se cortó la luz. Estaba lleno el boliche. Un amigo tenía una tremenda camioneta con un sonido espectacular. La entró a Ku y puso la radio. La gente se quedó bailando.

—¿Qué más?

—Un día hicimos una fiesta de la espuma. Nosotros pintábamos todo el boliche de un color diferente por año. Ese año habíamos terminado de pintar a las 22 y a las 3 era la fiesta de la espuma. Era una fiesta transgresora. De repente vi que la espuma era colorada. Y vi todos los jeans de la gente estaban colorados. Se quejaban, lógicamente. A mí me bancaba UFO, una marca de pantalones. El dueño me entregó la cantidad de jeans y se los devolvimos a la gente.

—¿Quién fue el personaje más extravagante que conociste en la noche?

—Ricardo Fort era un tipo extravagante. Él abrió una discoteca en Pinamar. Era un tipo muy humano, pero extravagante. Muy inteligente. Una persona que a partir de una barra de cereales logra que lo que logra.... Y bueno. Era un tipo capaz y tenía una forma de ser. Llegó a ser lo que quería ser.

—¿Cuántos años tiene tu hija?

—16.

—¿Cómo sos con ella?

—Mi hija es mi pasión y lo más grande que tengo en mi vida. Le inculco el deporte, la cultura y le marco ciertos límites. Eso lo aprendí en la noche. Yo la controlo, no la limito pero la controlo. Cuando la voy a buscar a alguna fiesta de egresados voy a desayunar con ella y sus amigas para ver cómo la pasaron, cómo están. Me preocupo e involucro.

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—¿Qué representa Pinamar en tu vida?

—Yo amo a Pinamar porque Pinamar me dio lo que me tenía que dar. No sé si Palmer es Pinamar, sino que Pinamar le dio la posibilidad a Gustavo Palmer de relacionarse con un montón de gente. Hubiese sido imposible hacer solo las cosas. Es una comunión de hechos, como un equipo de fútbol, es un grupo.

—¿El año que viene vas a estar acá?

—Estoy tratando de solucionar lo que voy a hacer este año y te mentiría... Pero pienso cuántos años me quedan de vida útil. Vivir un poco más la vida sin laburar tanto.

Fotos: Diego Medina

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