Peatonal Lavalle: un lugar lleno de historia en el corazón del centro porteño

Primero pasó el tranvía y después se llenó de gente. Los cines llegaron en tiempos del Titanic y se multiplicaron. Lavalle conoció el esplendor y se hizo peatonal en 1978, para que la fiesta fuera completa. “Era un lujo. La gente venía elegante. Los hombres con corbata y sombrero; las mujeres, de vestido. Todo cambió”, asegura Manuel Silahian, que peina canas y es el dueño de la tienda Birmingham, en la esquina de Lavalle y San Martín.

Infobae empezó el recorrido peatonal unas cuadras antes, en Alem, cuando la numeración de Lavalle marca el 200 y sube en dirección a Carlos Pellegrini, donde la 9 de julio le devuelve el tránsito, en el 1000. La premisa es clara: ¿qué queda de aquella época dorada de cines repletos, restaurantes con filas de más de una cuadra y negocios pujantes?

Lavalle se hace peatonal desde Alem hasta Carlos Pellegrini
Lavalle se hace peatonal desde Alem hasta Carlos Pellegrini

El trayecto arrancó a las seis de la tarde, con el bellísimo edificio Bunge y Born, de estilo gótico flamenco, a la derecha, y el Houlder, típico de la Belle Epoque, a la izquierda. Atrás quedó el pórtico de una construcción racionalista -en el 376- que tiene una placa con foto que reza: “Aquí vivió Julio Cortázar”. Y un destacamento de policía, se erige a mitad de cuadra al 400, entre oficinas, dependencias del estado, bancos, casas de comida al peso y algún que otro bar sin historia. A esa altura, la pendiente del Bajo queda atrás.

Una vez en la Birmingham (al 501), Silahian habla con nostalgia, pero sin angustia, de aquello que pasaba entre el mostrador y las vidrieras de su tienda, donde las camisas son una artesanía.

“Lavalle era un centro comercial muy importante. Había sastrerías con diez o doce empleados que vendían diez o doce trajes por día. ¡Por día!”, exclama el hombre de origen armenio. Su negocio fue levantado en 1910, remodelado en la década del cuarenta y él le compró el fondo de comercio a un inmigrante español hace treinta años. “Mucho antes de que todo cambiara… Y no para bien”, sonríe intentando no despotricar contra los avatares del tiempo.

Antonio Salgado es un
Antonio Salgado es un "artesano en camisas", como le gusta decir a Manuel Silahian, dueño de Birmingham, la tienda que se inauguró en 1910

Más adelante, la peatonal se ensancha y aparecen los primeros gimnasios, casas de souvenirs y de alfajores, hasta llegar al 620, donde Olazábal se levanta como una de las sastrerías que permanece de entonces. Mauricio Perelmuter, su dueño, recibe a los clientes con traje y bastón de época. “Tengo 86 años y llegué a la calle Lavalle en los años 60”, asegura y siempre habla de “calle Lavalle” y no de “peatonal”, como el resto de los comerciantes de la zona.

El tranvía pasaba por la otra vereda, no por la mitad de la calle”, apunta señalando con el bastón. “No me acuerdo bien cuál era. Pero había dos números. En fin… Eran cosas lindas de la vida. Y cuándo hicieron el túnel... ¡tardaron como seis meses!”, rememora. “Porque Lavalle era un esplendor. Los cines tenían hora de entrada a las ocho y media de la noche, hasta las diez. Y después daban una película desde las diez y cuarto hasta las doce”, apunta el sastre que aprendió el oficio de su padre, vistió a dos presidentes –Carlos Menem y Raúl Alfonsín–, tuvo varios negocios y se quedó con esta tienda que homenajea con su nombre al general y gran amigo de San Martín.

Mauricio Perelmuter es el propietario de la sastrería Olazábal. Vio pasar el tranvía y cómo la calle se convirtió en peatonal
Mauricio Perelmuter es el propietario de la sastrería Olazábal. Vio pasar el tranvía y cómo la calle se convirtió en peatonal

En la cuadra siguiente, Caffe Le Caravelle (al 726) pasaría inadvertido si no fuera por su historia. Desde 1962 el bar convoca por su capuccino a la italiana, que además de tener espuma de leche, cacao y café, se levanta tres centímetros sobre el borde de la taza.

“Trabajamos con dos granos distintos de café brasilero. Aquí lo mezclamos”, confía Ángel Ricardo Soria, que es mozo del bar desde los años noventa. “Cerrábamos a las tres de la mañana y abríamos a las seis. La gente no paraba de entrar. Llegamos a vender 3.000 o 4.000 cafés por día”, asegura el mozo. Mientras la pizzería Los Inmortales, a pasitos nomás, también data de entonces. Y en la vereda de enfrente, las puertas con candado hablan de la crisis que no soportó El Palacio de La Papa Frita. Está cerrado desde el año pasado.

Angel Ricardo Soria es mozo del Caffe Le Caravelle, famoso por su capuccino
Angel Ricardo Soria es mozo del Caffe Le Caravelle, famoso por su capuccino

Entonces, porque el cine fue la vedette de Lavalle, la fiesta se imagina al llegar al 786, dónde se levanta el Monumental, único que permanece de entonces y que hoy promociona películas 4D.

“Por acá no se podía caminar. Lavalle llegó a tener 28 salas”, asegura Guillermo Cortés, que tiene 63 años, trabaja en el cine desde entonces y viene de una familia de operadores. Select Lavalle, Ocean Electric, Paris, Ambassador, Sarmiento, Luxor y Normandie… Fueron algunas de las salas que, con cambios de nombre, engalanaron la calle durante años. “Los bingos fueron la ruina de Lavalle. Compraron los grandes complejos, junto con las Iglesias”, asegura Cortés, en relación a los gigantes donde se profesa el credo evangélico.

El cine Monumental se inauguró en 1931 y es el único que permanece en pie
El cine Monumental se inauguró en 1931 y es el único que permanece en pie

A esa altura, “¡Cambio! ¡Cambio!” es lo que más se escucha -y se escuchará en las cuadras subsiguientes- entre ferias, casas de ropa deportiva, paseos de compras, venta de cuero, maxikioscos y salones de entretenimiento. La veredas y los desagües están en buen estado, hay bancos de cemento, plantas desabridas y luces circulares, que se colocaron en 2007 y se encienden cuando baja el sol.

Al 800, La Casona del Nonno permanece como otro de los restaurantes que subsisten. Está unos metros antes de la pizzería Roma, donde Pedro Hugo Morales trabaja como maestro pizzero desde 1981. De Chicoana, Salta, aprendió el oficio en los mercados del Norte y cuando llegó a Buenos Aires, “todo era hermoso. Había dos o tres cines por cuadra”, asegura.

Las iglesias evangelistas compraron varios de los complejos de cine
Las iglesias evangelistas compraron varios de los complejos de cine

“Venía Carlitos Monzón. Lo recuerdo un sábado, inclinado sobre la barra, comiendo pizza”, agrega el maestro y recomienda la de anchoas, para deleitarse recordando una época “en la que se trabajaba hasta las cuatro de la mañana, para atender cuadras y cuadras de cola”.

Entonces, antes de terminar el periplo por la peatonal, en la esquina de Suipacha, sobre el coqueto edificio de Rentas, una placa anuncia: “Aquí nació Bartolomé Mitre”. Y entre carteles de venta y más persianas bajas, una sede de la Iglesia Universal (al 940) convive con el asador criollo La Estancia, que tiene más de cincuenta años. Todo mientras comerciantes y nostálgicos se aferran a un sueño: ver resurgir Lavalle, la calle que entretuvo y reunió a los argentinos durante casi un siglo.

Fotos y video: Lihue Althabe

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