Mariana Tarrés dijo que no le preocupan los eufemismos:
Mariana Tarrés dijo que no le preocupan los eufemismos: "Mientras significa una característica física y no un modo de insulto, no me molesta que me digan que soy gorda"

Su papá la iba a buscar a la salida del colegio primario. Vivían en Tartagal, Salta. Ella tardaba en salir, prefiría esconderse entre sus compañeros para ser la última de la fila en irse. No quería que la vieran con él porque le daba vergüenza la situación. La situación: ella caminando junto a su papá, quien con más de 300 kilos de peso circulaba en una silla de ruedas eléctrica. “Era el gordo del pueblo”, dice. La reseña resume la infancia de una mujer que hoy tiene 32 años y más de 400 mil seguidores en sus redes sociales.

Es el germen de la historia, el legado y la causa de Mariana Tarrés, actriz, empresaria, humorista, “gorda, hija de un gordo”. Su papá murió con 49 años cuando ella tenía 18 y estaba construyendo los cimientos de su personalidad. Cuando lo nombra y lo devuelve a la memoria, el llanto la amenaza. “Era todo, era mi ídolo, el ser de luz más especial que conocí en mi vida. El tamaño de su corazón era igual al tamaño de su panza”, describe. Tenía obesidad mórbida, una enfermedad crónica con severo riesgo a la salud.

“No tengo recuerdos de haber sido flaca en mi infancia”, revela. En su niñez sufrió las crueldades de los chicos de su edad: “Cuando salía del colegio se burlaban de mí y de mi papá. Nos miraban como si fuésemos un bicho raro. La mirada duele un montón y la gente no se da cuenta. En esa época, cuando se reían de nosotros me daban ganas de matarlos a todos. Después, de grande, me cuestionaba ese sentimiento y me preguntaba si estaba bien haber sentido eso. No puedo culpar lo que sentía una nena de siete años. Hoy con 32 años ya los mato con la indiferencia, pero antes tuve que transitar un proceso muy grande”.

En 2016 sorprendió a todos cuando se postuló en el famoso concurso que se realiza todos los veranos en Villa Carlos Paz llamado
En 2016 sorprendió a todos cuando se postuló en el famoso concurso que se realiza todos los veranos en Villa Carlos Paz llamado "La chica del verano". Y fue la ganadora en un certamen en el que estaban también Cande Ruggeri, Ailén Bechara y Celeste Muriega

Su mamá y su hermana mayor siempre tuvieron cuerpos flacos. Ella y su padre, no. “Siempre pesé tres veces más de lo que pesaba mi hermana”, comparó. Hoy se ríe de las cargadas que antes la atormentaban. Los jóvenes del barrio las cargaban cuando las veían juntas: a ella le decían “temblor”, a su hermana le decían “medio metro” por su baja estatura. No tenía amigos en la primaria: se relacionaba más con los amigos de su hermana por cariño transferible.

Asume haber padecido problemas de sociabilización. Se sentía sola, triste, a pesar de contar con la dicha de tener toda la contención familiar. “Pero nadie quiere hacer un grupo de amigos, nadie quiere jugar ni salir con el gordo del grado. Natación y la pileta eran la muerte, lo peor que me podía pasar. Tenía la piel blanca, me ponía una malla enteriza negra y era Liberen a Willy posta, todos me lo decían. ¿No se les podía haber inventado otra película a estos pelotudos?”. En su relato se mezclan piezas humorísticas que no son más que recursos para canalizar y transformar los agravios asimilados.

El papá de Mariana con su vehículo para discapacitados motrices. Era su ídolo, su referente. Murió con más de 300 kilos, 49 años de edad y dos hijas adolescentes
El papá de Mariana con su vehículo para discapacitados motrices. Era su ídolo, su referente. Murió con más de 300 kilos, 49 años de edad y dos hijas adolescentes

En la adolescencia experimentó un cambio en su fisonomía. Adelgazó. Llegó a pesar cerca de setenta kilos. Comprobó que todas las promesas de bienestar anímico eran falsas: el trauma seguía existiendo. No se sacaba la ropa en público, no se sentía a gusto con su cuerpo, las críticas no habían desistido. Su felicidad era ambigua. “Salí reina de mi grado y hasta me postulé para reina del colegio. Era el boom de los chicos y empecé a tener levante. Cuando era más chica me gustaban todos pero todos gustaban de las lindas. En la secundaria, me empezaron a dar bola a mí. ‘Ahora que es flaca es tremenda puta’, ‘cuando era gorda era más simpática, ahora está re agrandada’, ‘igual deberías bajar unos kilitos más’, me decían”. El castigo social no había adelgazado.

Entendió que “los únicos rollos son mentales”. Comprendió la naturaleza del fenómeno cuando falleció su padre: “Cuando él murió abrí los ojos y empecé a entender a la obesidad como una enfermedad”. Su familia había sufrido con su sufrimiento: lo tenían que bañar, cambiar, ayudar a levantarlo. Recorrieron el país buscando una solución: “Siempre me pregunté por qué nunca se curó con toda la plata que habíamos invertido. Fue uno de los primeros en hacerse un bypass gástrico con María Martha Serra Lima, cuando nadie se animaba a operarse”.

Según la Segunda Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (ENNyS 2), el 41,1% de los chicos y adolescentes de entre cinco y 17 años tiene sobrepeso y obesidad en la Argentina, en una proporción de 20,7% y 20,4% respectivamente, sin diferencias por nivel socioeconómico

Su papá engordaba el triple de lo que engordaba cualquier persona: no comía más que el resto, su cuerpo asimilaba la ingesta de otra manera. “Toda mi vida escuché en todos lados, en la calle, en la tele, en el colegio, que vos estás gorda porque querés estar gorda, como si yo me levantara por la mañana y pudiera elegir hoy ser gorda. Desde que era chica y la obra social no me cubría la nutricionista porque la obesidad no era considerada una enfermedad. Lo cierto es que la obesidad es una enfermedad compleja, tan compleja que puede ser causada por diferentes factores, no solo la comida”, informó.

La muerte de su padre la despabiló. Salió al mundo a evangelizar el padecimiento de los gordos. Absorbió la causa de enseñar qué le pasa a un gordo con la respuesta social. “Lo peor que tiene la obesidad es el prejuicio social. Soy gorda, pero nunca tuve colesterol alto, nunca me dolieron las rodillas y me salvé de morir por una embolia pulmonar por tener una salud impecable. Lo que más me afectó siempre es la mirada del otro, la no aceptación, el prejuicio”. Su mensaje, que procura ser inclusivo y reparador, apunta al que enjuicia sin conocimiento al grito de “andá a correr” o “mové el culo, gorda”.

"Mi novio es un chico flaco. Y como yo no salgo con un gordo igual que yo, tuve que bancarme miles críticas en las redes. Decían que mi novio está conmigo por interés, 'porque un flaco así no podría estar con una gorda como yo'", contó

Descontando las cuestiones de salud, Mariana habla del estereotipo cultural de la persona con sobrepeso. “El problema no es tuyo, es un problema de afuera que se te hace carne. No es que no nos aceptamos nosotros, no nos aceptan afuera y eso genera un rechazo a tu cuerpo”. En su relato, acude al término “autoboicot”, teoriza sobre traumas asignados y ensaya sobre una transición idílica e inverosímil hacia cuerpos inalcanzables, “que representan solo el 5% de la población”.

Me hicieron creer que un gordo no puede ser feliz, no puede tener parejas, no puede tener amigos, no puede hacer tu vida, no puede entrar a boliches, no puede usar ropa de moda. Tenemos que convivir con el prejuicio y el rechazo social”, expresó. Su padre le dejó una enseñanza diferente: “Él siempre me enseñó que se puede ser feliz a pesar de las adversidades, que tenemos derecho a ser libres, a ponernos la ropa que nos guste, a soñar con formar una familia, a ser madres, a tener parejas, a ser las personas que queremos ser”.

"Me molesta cuando nos encuadran y dicen que por ser gordas no podemos hacer nada. Claro que los kilos pesan y la obesidad duele. Pero podemos ser bailarinas , modelos, madres , profesionales, trabajadoras. Y sobre todo podemos y debemos ser felices porque la felicidad no viene servida en bandeja nadie tiene la fórmula para ser feliz", expresó en sus redes sociales

Cuando murió su padre entró en un pozo depresivo profundo. Un año antes de su deceso se había ido a estudiar ciencias económicas a Córdoba Capital a los 17 años. Se quedó sin trabajo, empezó a irle mal en la facultad y decidió regresar a su ciudad para sentirse reconfortada con su gente: “Volví en busca de cariño, de afecto y lo único que encontré fue gente criticando mi aspecto”. Con reparos por recordarlo y hasta con ánimos de naturalizarlo, admitió haber pensado en suicidarse: “Pero nunca tuve la valentía para intentar hacerlo. Me iba mal en todo, se me había subido el fracaso a la cabeza. Hoy eso ya forma parte de mi pasado”.

Su obesidad es genética, una decisión no acordada de su metabolismo. Ratifica que “no es una elección”. Su mamá y su hermana tienen otro organismo. “Te toca o no te toca”, declaró. “Siempre me comparé con la gente que come y es delgada. Mi novio se come tres hamburguesa y se toma tres latas de cerveza y no engorda un kilo. Yo no tomé una gota de alcohol en mi vida. Siempre hice actividad física, pasé por todos los deportes, todos los gimnasios y conozco a todos los nutricionistas de la ciudad. La obesidad puede ser depresión, penas, ansiedad, trastorno hormonal, síndrome de Cushing, tiroides, desorganización de la alimentación, problemas metabólicos”, enumeró.

"La lucha de buscar el cuerpo saludable la tengo todos los días de mi vida. Ya no me interesa tener un cuerpo delgado", reveló la joven de 32 años, oriunda de Tartagal, Salta

Entendió que no debía conformar a nadie -"ni a mi propia familia", afirmó- ni satisfacer los patrones sociales dominantes, y se lanzó a estudiar teatro. Prefería levantar monedas en shows a la gorra que alimentar una cuenta bancaria a expensas de soportar convenciones de jefes y oficinas. Cumplió su sueño de ser actriz y modelo. Es actriz en Minas Jodidas, su show de stand up, donde canaliza su historia: un testimonio cómico que nació en el dolor de ser una mujer depresiva, con un hermanastro que se suicidó y con un papá guía que murió de obesidad mórbida. Y es modelo de su propia marca de ropa: “Tuve que inventarla porque no había ropa para gente como yo”.

Se dio cuenta de que los cuerpos gordos están excluidos de los portfolios de moda cuando, haciendo la cola en la entrada de un boliche, un chico que estaba detrás suyo le pidió permiso. “Disculpe, señora”, le dijo con tono amable. Ella se quedó pensando. “El mundo de la moda nos vistió históricamente como viejas. Mi abuela y yo usábamos la misma ropa. Yo le pedía ropa a ella para ir a bailar. Ese chico me vio de espaldas y pensó que yo era una mujer grande, no lo culpo”.

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