“Hay gente que no es igual a los demás, él era una de esas personas”. Esteban piensa unos segundos antes de soltar la primera definición sobre su hermano. Fuera de micrófono se lo nota fuerte y combativo, pero no aguanta las lágrimas al recordar el llamado telefónico que le cambió la vida.
“Me llamó Yanina, la tía de mis hijos. Estaba desesperada. Le habían avisado que la casa de mi hermano se había caído. No entendía nada. Me cambié y salí en la moto pensando que venía a ayudarlo a juntar escombros”.
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En el lugar todavía volaba polvo. La casa era una pila de escombros, rodeada de vecinos, policías, bomberos, empleados del SAME, de la Guardia de Auxilio y de Defensa Civil. La ilusión se desinfló de repente con la frase de un policía: “A tu hermano lo estamos buscando”.
Adrián Continiello murió el 1 de abril. El edificio donde vivía, en Pavón al 3000, pleno barrio de San Cristóbal, se derrumbó a las 15:36 (es el horario que figura en la causa) por una obra en construcción con serias irregularidades. Pese a la magnitud de los destrozos, fue la única víctima.
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En la planta baja funcionaba un supermercado chino, pero justo a esa hora estaba cerrado. Los dueños descansaban en la parte trasera, la única que quedó en pie, y pudieron salir entre los escombros. El departamento del primer piso estaba vacío. Y en la casa de Adrián, solo estaban sus perros: su novia había salido a trabajar y la hermana de su novia se había ido de viaje esa misma mañana.

“Habían llegado el fin de semana de la Costa. Adrián se tomó el lunes para empalmar con el feriado del 2 de abril. A la mañana fue a llevar a Coty, la hermana de su novia, a Ezeiza y después se quedó descansando en la casa”, recuerda su mamá, Norma.
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En el momento del derrumbe, Adrián estaba bañándose. Su cuerpo apareció desnudo, debajo de los escombros. Los únicos sobrevivientes fueron sus dos perros: Racnar y Ronaldo, por su ídolo futbolístico, Cristiano Ronaldo. “Estabamos esperando en la calle y de repente salieron los perros. Primero salió Racnar, estaba muy desorientado. Después salió Ronaldo. Estaban manchados con la sangre de mi hermano, pero no tenían ni un raspón. Mi hermano les salvó la vida”, recuerda con orgullo.

Esteban fue el primero en enterarse del derrumbe. Apenas cortó, se subió a su moto y manejó lo más rápido que pudo por la General Paz. Luego fue el turno del papá, Jorge, que todavía no puede enfrentar la cámara. “Lo había llamado 15 minutos antes para que venga a casa al día siguiente porque era mi cumpleaños. Me cargó porque tenía las reposeras en el baúl del auto, con la arena y el regalo. ‘Te dejo porque me voy a bañar’, fue la última frase”, le cuenta a Infobae.
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Norma se enteró de la tragedia por un llamado de su hijo mayor. “Sentate que te tengo que dar una noticia: se derrumbo el edificio de Adrián”, le dijo con mucho dolor. Al instante, entró en estado de shock: “Se me vino el mundo abajo. Miraba las imágenes por televisión y no sabía el estado de mi hijo. Llamé a mi familia para que me vengan a buscar”.

Pasaron varias horas hasta que pudo llegar al lugar del derrumbe. Ahí comenzó su calvario.
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Norma estuvo internada más de treinta días. Con la ayuda de la terapia y el apoyo de la familia, recién al segundo mes pudo empezar a dar la batalla. Hoy asiste a las marchas para pedir Justicia y se junta una vez por semana con otras madres que perdieron a sus familiares.

El lugar de la tragedia quedó suspendido en el tiempo. Una heladera del supermercado todavía hace equilibrio para no caerse. A un costado aun se pueden ver los rollos de papel higiénico y la góndola de los vinos. En el techo del edificio derrumbado, asoma la parrilla donde Adrián se lucía con sus asados.
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Del frente del edificio solo queda en pie la puerta y un tramo de la escalera. Los restos de la estructura fueron removidos para poder sacar el cuerpo de Adrián, dejando lugar a un enorme agujero.
Una consigna policial, presente las 24 horas, custodia que nadie ingrese al predio.
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La casa contigua también sufrió graves destrozos y nunca más pudo ser habitada.
Llegó y se fue antes
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Adrián Continiello creció en el barrio de Villa Devoto. Hizo el colegio primario en una escuela pública y el secundario en el Colegio Nuestra Señora de Gracia y Buen Remedio. Empezó a trabajar desde muy chico. Primero en la panadería de sus tíos y luego en una tapicería de autos. Hasta probó como “canillita”, a metros del Obelisco. En 2007, su papá le consiguió una oportunidad en la Tv Pública, donde trabajaba como sonidista.
Era futbolero de los pies a la cabeza. Se prendía en todos los torneos que podía. “Salió campeón varias veces junto a sus compañeros de trabajo, aunque era muy calentón”, cuenta, con orgullo, Jorge.

Hace dos semanas, ese mismo grupo lo homenajeó en una cancha de fútbol, su lugar en el mundo, jugando la Copa “Adrián Continiello”, una buena idea del gremio SATSAID. Los padres de Adrián recibieron la camiseta número 8, en honor a su hijo.
Aunque su papá siempre fue hincha de San Lorenzo, Adrián se hizo fanático de Boca por sus tíos. Desde chico, no se perdía un solo partido. “Su mayor deseo era viajar a Japón algún día”, dice Norma.
“Era una persona cariñosa y pasional. Pero su mayor virtud era unir a la gente”, lo describe su hermano.

Adrián tenía dos hermanos: Julieta y Esteban. Con el mayor se llevaban apenas unos meses y eran muy unidos. “Mi hermano era una buena persona, un excelente hermano, un excelente tío, y todos dicen que era un excelente amigo. Era de las personas que faltan en este mundo”, lo describe Esteban con lágrimas en los ojos. Y agrega: “Nunca esperó nada de todo lo bueno que hacía, por eso era feliz”.
Esteban cierra los ojos y recuerda las tardes de verano en una quinta de Pilar, el lugar de encuentro de toda la familia. “Siempre rodeados de perros, de chicos, y de familia”, dice sin contener la emoción.
Los recuerdos de Norma son más recientes: “Me acuerdo del último abrazo que me dio. Me dijo: ‘Mamucha te amo, cuidate’. Fue como una despedida”.

La causa judicial y las demoras
El derrumbe en San Cristóbal y la muerte de Adrián dieron lugar a una batalla judicial. A siete meses, todavía no se pudo realizar la pericia técnica para determinar las causas. “Como querellantes estamos muy disconformes. Al día de hoy no hay una pericia que determine que la constructora Lybster incumplió las normas básicas. Para ahorrarse un costo mínimo, hicieron la submuración de una manera que no corresponde. Es imperioso que avance la pericia para poder citar a indagatoria a los responsables: el encargado de la obra, el responsable de seguridad e higiene, y la arquitecta que estaba siempre en la obra”, explicó a Infobae el abogado de la familia de Adrián, Leonardo Menghini.
El edificio sufría temblores y cimbronazos por la obra. Adrián, el dueño del supermercado y otros vecinos se quejaban con insistencia ante los responsables. Nadie los escuchó.

La familia está muy disconforme con el desarrollo de la causa, a cargo de la fiscal porteña Daniela Dupuy y la jueza Graciela Beatriz Dalmas. “Si mi hermano fuera el hijo de un político o parte de una familia millonaria, no hubieran dejado que suframos tanto. Nadie del Gobierno (de la Ciudad) nos recibió ni nos llamaron. El apoyo fue de la gente y de los medios. No se puede hacer el duelo cuando no hay Justicia”, se lamenta Esteban.
La investigación se demora por las deficiencias propias de la Justicia, y por las chicanas de los actores involucrados. “No tenemos dudas de que la defensa (de los dueños de la obra) está dilatando el expediente. Pretenden derivar la atención hacia supuestos defectos del edificio que se cayó”, denuncia el abogado Menghini.
Ayer se cumplieron 7 meses de la muerte de Adrián. “Nació cuando tenía tan solo seis meses. Fue un luchador desde el primer día”, dice su mamá con el corazón en la mano.
Llegó y se fue muy temprano.
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