Facundo Caro tenía una única seguridad, no quería seguir con su rutina en Buenos Aires. “Después de haber vivido hasta los dieciocho años en esta ciudad y haber tenido una increíble experiencia de viaje por Nueva Zelanda, volver para terminar la facultad y retomar mi vida se me hizo imposible”, recuerda este millennial de 31 años que desde hace 11 años se convirtió en un trotamundos, que ahora está instalado en Australia.
Como todas las historias de búsqueda, el camino vocacional de Facundo fue largo, divertido y sobre todo versátil. “Partí de Ezeiza en diciembre de 2006, con intenciones de descubrir con mi hermano mayor, Agustín, toda la isla, durante las vacaciones de verano de la universidad. Yo estudiaba biología molecular en la Universidad de Buenos Aires. El plan nos entusiasmó a los dos".
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La aventura inicial tenía fecha de vencimiento: tres movidos meses con cambios de avión, ciudad y escenarios. “El recorrido se extendió, y recién volví al año a mi casa”, dice Facundo.
Primera parada: la ciudad costera Mount Maunganui, Nueva Zelanda. “Tenía que poder pagar estadía, comidas y actividades, entonces no dudé en buscar algún trabajo temporal. Finalmente, me contrataron en un circo”, cuenta.
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-¿Cómo llegaste a trabajar en un circo?
-Vi un anuncio en el hostel en el que nos quedábamos. Era un circo ambulante que viajaba por el país. Lo sentí como una oportunidad para seguir conociendo. Fui a la entrevista y me contrataron para manejar el tren fantasma, porque había hecho teatro en el secundario y tenía que maquillarme y hablar como un adulto mayor. Después me ascendieron, ¡me encargaron manejar la montaña rusa y el tren fantasma! Parece que al encargado de esta tarea se lo llevaron preso. Esa experiencia duró casi tres meses.
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Con ganas de seguir descubriendo la isla, los hermanos Caro compraron un auto para trasladarse. "Manejamos a través de todo el país, las ciudades más exclusivas, diferentes y también pueblitos desconocidos. Durante el invierno vivimos en las montañas de la isla sur, Queenstown, aproveché para ser instructor en un centro de ski”, recuerda Facundo.
De espíritu nómada, el próximo rumbo sería Asia. “Me encontré con hermana -Emilia- y los tres juntos pasamos unas súper vacaciones”.
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Hasta que hubo que volver a la tierra natal: “Llegué a Buenos Aires, volví a la rutina, retomé mi carrera. Hice todo lo que tenía que hacer. Conseguí un laburo en un café en Capital... ¡pero no aguanté! Me picó el bichito y tuve que partir en busca de lo que realmente me hacía feliz: Nueva Zelanda".
Ahora, el problema era comunicarle la noticia a sus padres, un prestigioso médico gastroenterólogo y a su madre veterinaria. “No les gustó que a los diecinueve dejara la facultad, mis amigos, mi familia para cruzar el Pacífico y empezar de cero”.
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El cambio de rumbo fue una decisión arriesgada, pero que hoy siente acertada. “Saqué un pasaje sin vuelta y volé. Recibí una carta de parte de la compañía NZSki con una oferta laboral como manager de la temporada 2008”, recuerda.
Después, apareció una vacante en la empresa Patagonia Chocolates en Queenstown: “Para ellos laburé cuatro años y medio, lo que me habilitó a conseguir la visa”. Sin embargo, el plan de Facundo era terminar sus estudios para instalarse definitivamente en el país que lo había deslumbrado.
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Pero, inquieto, quiso ir por más: “Apliqué y entré en las carrera de Relaciones Internacionales en la prestigiosa Universidad de Sydney y empecé a estudiar japonés”.

El estudio de aquella lengua rindió sus frutos: poco después se mudó a Osaka, Japón, sin contactos ni conocidos y se instaló en la casa de una familia.
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“Era niñero y les enseñaba inglés a los hijos. Necesitaba casa y comida, con lo cual me cerró. La experiencia fue muy interesante. El trabajo en sí no me fascinó, pero me hizo darme cuenta de que a pesar de las diferencias socioculturales al fin y al cabo somos todos iguales”, reconoce Facundo.
Después de tantos viajes, mudanzas, experiencias laborales, Facundo finalmente se instaló en Wellington, Nueva Zelanda, donde desarrolló proyectos en el sector público: “Logré crear un programa para monitorear la comunicación entre los prisioneros de una cárcel de máxima seguridad y el público. Muchas veces tenía que entrevistar a los internos. Escuchaba conversaciones telefónicas para obtener información sobre posibles crímenes y mafias”.
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En el camino, entre viajes y nuevas experiencias, conoció a su verdadero amor: “Me puse de novio con un español. Diego... es muy lindo". Con esa relación encontró otro motivo para echar raíces y tuvo más motivos para instalarse lejos de la Argentina.
En la actualidad Facundo vive en Australia, estudia abogacía mediante la beca otorgada por la Universidad de Sydney. También trabaja para la firma de abogados Owen Hogde Lawyers. “Mi experiencia laboral en el ámbito público, mis estudios en Relaciones Internacionales y Ciencia Política, me llevaron ahora por el camino de las leyes”, confiesa"."
El joven extraña a su familia, hermanos y amigos aunque valora el estilo de vida que ofrece el país donde se instaló: “Los salarios son buenos y las ofertas laborales abundan. La gente es muy anfitriona con el extranjero. Los paisajes son inigualables, la playa, la montaña, ya tomé el alpinismo como hobby. Los fines de semana me escapo para escalar los volcanes".
Con varias millas a su favor e historias acumuladas Facundo reconoce: “Todo lo que conté es una versión condensada de mis últimos años. Es tarde de madrugada en Australia, otro día la seguimos, me voy a dormir....(hace una pausa). No sé vivir de otra manera. Soy muy feliz”.
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