
La lluvia, la humedad y la proliferación de virus gripales acompañaron el final de junio. El clima era espeso. La gente estornudaba, el pasto se embarraba y la ropa no se secaba. El último sábado del mes, Ester Isarria estaba de licencia en su casa en Los Cardales, partido de Exaltación de la Cruz. Se había contagiado una gripe intrahospitalaria en su trabajo: tiene 53 años y es enfermera. Se sentía mal y no quería salir de la cama. Le pidió a su hijo Elián, de 18 años, que fuera a retirar plata del cajero. Fue pero se olvidó la clave de tres letras y no pudo hacer la extracción. Tuvo que ir ella al supermercado a comprar con la tarjeta de débito. Cuando volvió, su casa estaba escondida detrás del humo y dos dotaciones de bomberos.
Cuando estaba regresando, una vecina le advirtió: "¡Vasca, se te está quemando la casa!". Pensó que habían pasado menos de veinte minutos, que era imposible si estaban sus dos hijos que ya son grandes. "Cuando doblé en la esquina, ya veía a los bomberos. Llegué incrédula. Me bajé de la motito, la estacioné, tenía mi mochila en la espalda y las bolsitas del súper en la mano. No podía ver lo que creía. No veía mi casa, no veía a mis hijos y nadie me decía nada", relató.

Una cortina de humo oscuro cubría su casa. Distinguía apenas las luces de los bomberos. Eran las seis de la tarde de un sábado plomizo. Elián se había ido a bañar. Matías, su otro hijo, de 28 años, estaba descansando. La lluvia y la humedad de un invierno confuso habían dejado a Elián sin ropa seca. Antes de entrar al baño, había dejado un calzoncillo sobre una estufa garrafera. Se olvidó. "¿Qué estás quemando, boludo?", le preguntó Matías, que se había despertado asustado y desconcertado.
Era tarde: las habitaciones superiores estaban en llamas. Matías alcanzó a gritarle a un vecino para que llamara a los bomberos. Salió de la casa tosiendo y con lo puesto. Elián estaba descalzo, envuelto en una toalla y vestido con un pantalón de ambo que halló húmedo y colgado en la soga del patio cuando encontró a su mamá absorta: "Por un momento perdí el sentido, no podía creer lo que estaba viendo. Sentí que me fui hasta que escuché una voz que me decía que mis hijos estaban bien. En ese momento los vi y corrí hacia ellos. Nos quedamos parados, llorando, abrazados, mirando todo".
En ese momento, Ester pensó que se moría. Sintió una puntada en el pecho que le duró quince días. "No se puede explicar el dolor que se siente al perder todo, quedarte con lo puesto, sin nada. No podía creer que en veinte minutos el fuego se llevara veinte años de sacrificio, de juntar peso por peso, de no tener domingos ni feriados libres". Regresar a su casa la deprime. Lamenta la pérdida material pero llora el tiempo y el trabajo invertido en una casa que compró para envejecer rodeada de sus hijos.

"Mi casa era grande: tenía dos pisos, cuartos grandes, cocina, baño, comedor. Siempre soñé con tener una casa amplia y cómoda", contó Ester. Allí vivían ella, Elián, Matías, su nieta, su nuera y dos hijos de ella. Matías se había quedado sin trabajo: lo invitó a él y a su familia a vivir en su casa. Le pidió a su otro hijo Elián "achicarse" para que su hermano pudiera afrontar la crisis sin tener que pagar un alquiler. En la habitación de Ester, Elián dormía en un colchón. Dividieron el cuarto en dos a través de un armario para que ambos pudieran tener cierta intimidad. En los dormitorios de arriba, dormían Matías y su novia, y los tres niños.

Ester agradece que ese sábado los nenes estaban en la casa de los padres de su nuera y que Matías se haya despertado. "Si no lo hacía, se me hubiesen muertos mis dos hijos", señaló. Perdieron todo: "Lo que no destruyó el fuego, lo destruyó el calor. La casa quedó inhabitable. Arrasó los pisos, los muebles, los electrodomésticos". Los peritos le indicaron que la estructura presenta riesgo de derrumbe y le recomendaron no reconstruirla. "Las paredes del living se partieron, todos los revoques se cayeron, las ventanas de la planta alta se doblaron, el piso donde estaba la estufa se levantó, el baño que había hecho a nuevo dos meses antes quedó destruido, también la bañera que había comprado para poder descansar después del trabajo", enumeró.

Ester trabajó en fábricas, en mantenimiento, como empleada doméstica, como niñera, pero quería especializarse en un oficio: nadie la contrataba sin los estudios secundarios completos. Terminó el secundario a los 35 años en una escuela nocturna. Estudió enfermería en el Hospital San José de Exaltación de la Cruz: tres años después se recibió. Fue madre soltera. En 1999 cobró un juicio laboral que le permitió comprarse un terreno y edificar en la calle Vicente López, de la localidad bonaerense de Los Cardales. Allí, en las mismas calles donde nació y se crió. Su padre se suicidó cuando tenía ocho años, su madre trabajaba todo el día para darle de comer a ella y a sus tres hermanos: "Nos criamos así, como los perros. Andábamos todo el día en la calle, nos cuidaban los vecinos". En su relato hasta se consideró una hija huérfana.
Ese mismo sábado llegaron las primeras donaciones. Matías se fue a dormir a la casa de sus suegros en Zárate. Ester y Elián estaban mojados. Los vecinos de la cuadra le alcanzaron pantalones, remeras, buzos, zapatillas. Comenzó un ciclo de solidaridad comunal. "La gente de Cardales fue la primera que se acercó -narró-. Conocidos de toda la vida, gente que creí que no iba a volver a ver nunca. Las mismas familias que me criaron fueron las que empezaron con las donaciones. No me esperaba esta ayuda, no tengo palabras para agradecer lo que hicieron y cómo se portaron conmigo. Si hoy llegué a ser quien soy es gracias a ellos".

No tuvo que comprar nada. Todo lo que tiene es donado: la ropa, los muebles, la mesa, las sillas, las ollas, la pava, los vasos, los cubiertos, la heladera, la cama, el colchón, frazadas, sábanas. Consiguió un alquiler a seis cuadras de su casa que lo cubre una subvención municipal. Su sueldo lo invierte en la compra de materiales: comenzó a levantar una estructura del otro costado de su terreno. Trabaja de lunes a viernes de 13 a 20 en el sector pediatría del Hospital Federico Falcón de Del Viso y hace horas extras día por medio desde las 20 hasta las seis de la mañana.
Pero Ester siempre se reserva la mañana de los lunes: "Recibí tanta ayuda y tanto apoyo que no me esperaba. No solo en la parte material, sino también en la moral, porque a mí edad uno se desploma, es difícil volver a empezar. Hubo gente que simplemente me abrazó sin saber lo bien que me hacía. Pensó mucho tiempo cómo podía agradecer toda esa ayuda, qué les podía ofrecer yo a cambio como retribución".

Publicó un mensaje en la radio local: "Hola, buen día. Soy enfermera profesional y a partir de este lunes quiero brindar mi servicio de enfermería gratuito. Todos los lunes para personas mayores que, por inclemencia del tiempo o por movilidad reducida, no puedan concurrir a la sala de Los Cardales. Mi número de teléfono es (…), no dudes en llamarme".
Entendió que la única manera de contribuir a una comunidad que le había sostenido el ánimo y la rutina era brindarle su tiempo, su atención, sus conocimientos en enfermería: lo que mejor le sale. "Me encantaría darles más de lo que puedo. Pero al menos puedo ofrecerles cuatro horas de mi día para asistir, acompañar, para hacer un control de signos vitales, frecuencia cardíaca, respiratoria y presión arterial, para aplicarles algún inyectable, a toda persona que lo necesite", indicó. Una familia se comunicó para solicitarle el servicio. Los lunes asiste a un abuelo de 85 años que padece Alzheimer porque su hija trabaja, sus nietos estudian y no quieren dejarlo solo.
No dejarlo solo es la manera que Ester encontró para decirle gracias a su gente por no haberla dejado sola.
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