
Marcel Proust (1871-1922), en un famoso capítulo de su saga En busca del tiempo perdido, confiesa que el sabor de una magdalena –un bollo tradicional de Francia y España– le hizo recordar toda su niñez.
Más allá de tiempo, espacio y género, la cordobesa Laura Di Cola (51), alguna vez traductora pública y hoy cocinera, abrazó este oficio evocando los manjares de sus abuelas: la italiana Matilde y la española Manuela.
Manjares sin sofisticación: sólo con la verdad de lo que nace en la tierra. "Con ellas iba al campo en a buscar hongos", evoca sobre su niñez en Río Cuarto, Córdoba.
Hoy, en su casa en el barrio Newman, parte de ese pasado crece en la huerta que armó en la terraza: lechuga, zapallo, rúcula, kale, hinojo,….hasta frutillas que usa en sus platos diarios. Y dentro de poco, "una colmena" para poder tener su propia miel.

"En esta casa no existe el delivery. A veces mi familia me reclama alguna gaseosa o bizcochuelo comprado. Mi marido es el que más me joroba… y a veces tengo que ceder", confiesa con una sonrisa.
Dice un viejo proverbio que una una receta no tiene alma sino que "es el cocinero quien debe darle alma a la receta". Y algo de eso hay en cada uno de los platos que prepara esta "cocinera como las de antes", según ella misma se define.

"Soy alguien que se animó a dejar todo para convertir mi pasión en mi oficio y mi trabajo. Y resigné mi estatus social por vivir cocinando: sencillo y casero", cuenta.
Laura siempre amó el mundo de las ollas, los aromas y sabores -"me hace sentir feliz y plena"- pero nunca se lo planteó como modo de vida. Así, siguió las reglas establecidas y estudió Traductorado Público en Córdoba para luego emigrar a Buenos Aires.
"Ni lo pensé. Hice lo que tenía que hacer. Por mi nivel de inglés conseguí trabajo en un banco, y el sueldo me alcanzó para alquilar un departamento en Belgrano", rememora.

Está casada desde hace 22 años con Patricio Gonzáles Chaves y madre de Pedro (22), Malena (18) y José (12), hoy es "plenamente feliz".
El primer paso hacia esa felicidad no fue pensado. Cansada de trabajar en el banco, el nacimiento de su primer hijo le disparó la necesidad de estar más tiempo con él y de poder -finalmente- hacer lo que siempre había deseado: cocinar. Empezó con pequeñas viandas y brindándole mucho tiempo a su familia, que fue creciendo durante esos años.

Cuando llegó a los 35, ya madre de dos, se decidió a dar el gran paso y se anotó en la carrera de cocina del Instituto Argentino de Gastronomía (IAG). "Sin trabajo no tenía cómo pagarla, entonces vendí dos anillos de oro y con eso pude cursar las primeras materias. A los tres meses de la cursada, empecé con un mini catering desde casa y en paralelo di clases de inglés, que me permitió recibirme".
La última materia de la carrera la rindió con su hija enferma: "Fue un caos, unos nervios, a pesar de eso me saqué un 10".
Los aromas de su infancia nuevamente poblaron su casa. Y Laura supo que no se había equivocado: "Nunca es tarde para cambiar de vida".
Entonces quiso más. Hace un mes abrió Secreto, "un restaurante clandestino", como lo define, para recibir a pocos comensales en su propia casa "y poder hacerlos disfrutar de cada plato preparado especialmente para ellos".

Laura no se pone el delantal ni el gorro de cocinera, y usa la vajilla de todos los días para recibir a sus comensales. "Les comparto mi mundo. Los mimo. Todos los platos son personalizados, no repito recetas, porque básicamente voy improvisando".
Además de preparar delicias gourmet, les enseña a sus clientes -"me cuesta decirles así", afirma- a conocer el paso a paso de sus recetas. "Se quedan 3, 4 horas. Les preparo mesas en distintos sectores de la casa, jardín o terraza. Todos terminan tomando café tirados en el sillón de mi living… ¡Y eso me da tanto placer! Quiero que sientan que este lugar es suyo".

Laura ama lo natural: las verduras de la huerta, no usar plásticos, reducir la cantidad de deshechos y reciclar. "Tanto que me dejé las canas", se ríe y sacude se melena blanca. Su cocina también es, obviamente, totalmente natural: "Mi gastronomía es simple, cero ambiciosa. Fomento la alimentación saludable, así como se hacía antes, sin conservantes, ni caldos, ni aditivos. Hago mis propias levaduras, condimento con lo que cultivo, que no sólo es más sano sino que es más rico porque están frescos"

Su mundo es su casa: "Amo la vida hogareña, no me hace me hace falta viajar. ¿Para qué si tengo todo acá?".
Los viernes llegó a tener su propia panadería con recetas a base de masa madre. "El fin de semana me la pasaba cocinado. Un día me pidieron que le pusiera precio y me dio vergüenza. Dejé la puerta del costado abierta y una canasta para que dejen la plata. Yo ni aparecí". Hoy su restó a puertas cerradas se lleva todo su tiempo, pero no descarta en volver a los deliciosos panes algún día.
"Mi cocina es mi refugio", resalta. Blanca, luminosa y casi minimalista, pero con todo lo necesario para que las "recetas de las abuelas" sean perfectas, la cocina es el centro de su nueva vida : "Vivo adentro de una olla… y nunca fui tan feliz".
Fotos: Franco Fafasuli
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