Horacio Interliggi tiene 82 años y hace 57 que viene hasta Liniers desde Tapiales
Horacio Interliggi tiene 82 años y hace 57 que viene hasta Liniers desde Tapiales

Horacio Interliggi es prácticamente una ornamentación más de la liturgia de San Cayetano. El hombre, de bigotes blancos como cepillo nuevo y manos de piel gruesa, probablemente producto de su oficio de herrero, tiene 82 años y hace nada menos que 57 agostos llega (literal) religiosamente hasta Liniers para pedir y agradecer y participar de la tradición católica de celebrar al "santo de la providencia y patrono del pan y del trabajo".

"Hace 57 años. Tenía a mi señora embarazada y me pidió que venga porque ella no daba más con la panza. Me acuerdo porque poco después nació mi hijo Fabio Horacio. Primero vine a pedir trabajo, no tenía casa y compré casa. Siempre vengo a agradecer. Aunque no tengo nietos. Es lo único que me falló". Horacio está sentado en el lugar de cada 6 y 7 de agosto: la primera ubicación de la larga fila (que el martes a la tarde se alargaba por cuatro cuadras) de personas que llegan hasta allí y esperan que se abran las puertas del templo y se le rinda honor a San Cayetano.

Los que arriban a Liniers durante el 5 y 6 de agosto son los más fervorosos seguidores del presbítero santificado que vivió en Italia entre 1480 y 1547. En sus carpas o reposeras participan del sacrificio que significa esperar a la intemperie en pleno invierno por que llegue la fecha de veneración: un culto a la fe profunda en esta figura católica que promete ayuda laboral y heladera llena y porvenir.

En su gran mayoría se trata de personas mayores de 50 años que llevan décadas de tradición en Liniers. En esta fila se han forjado amistades, comunidades y relaciones que se repiten cada agosto, como la de Horacio y los primeros que comparten fila (siempre los mismos) y los casos de las cuatro amigas Marta Festa (74 y 54 consecutivos en Liniers), Nelva Almaraz (60 y 15), Alicia Garrido (69 y 42) y Ramona Santana (62 y "30 y pico").

Nelva, Ramona, Alicia y Marta, amigas y devotas
Nelva, Ramona, Alicia y Marta, amigas y devotas

"Yo empecé a venir a los 20, cuando la madre de una compañera de la fábrica donde trabajaba me contó que venía a San Cayetano. Yo acababa de llegar de mi Santiago del Estero y me dio curiosidad, quería pedirle que nunca me falte trabajo y agradecerle el que tenía y jamás jamás me falló", cuenta Marta Festa, llegada de Monte Grande, zona sur del conurbano bonaerense.

En ese trabajo Marta conoció a Nelva. Pero durante 40 años no se volvieron a ver. Un 6 de agosto de hace algunos años, sin saberlo, ambas mujeres compartían fila mientras esperaban por ver al Santo y una le pidió a la otra que la acompañara al baño. "Y ahí ella me dijo que había trabajado en el mismo lugar que yo, y una cosa lleva a la otra y nos dimos cuenta quién era cada una. ¡No nos habíamos reconocido!", ríen emocionadas.

Las amigas llegaron para "agradecer y pedir". Nelva dice: "Vine a pedirle a San Cayetano que haya trabajo para el pueblo. La cosa está muy difícil, es un desastre, hay hambre, hay cada vez más pobres, ojalá San Cayetano nos ayude a salir pronto de esto".

Marta Festa coincide: "¿La verdad? Vine a pedir que se vaya Macri. Y agradecer que todo me va bien. Y también a pedirle que mejore la salud de Sergio Denis".

"Muchos vienen a pedir trabajo porque está mal mal la situación.
Veo mucha gente en la calle sin comida. En mi casa a casa rato llaman para pedir fideos o arroz", agrega Festa, y su amiga Alicia asiente. Esta mujer llega cada año de Córdoba especialmente para celebrar al santo. Hace unos cinco años conoció a Marta y desde ese entonces duerme en su casa y vienen juntas a la vigilia.

Guillermo Torres (66) hace "al menos 36 años" que tiene un puesto de venta de productos de santería cada 7 de agosto sobre la calle Cuzco, donde está ubicado el templo. "Acá siempre pasa que la gente viene a pedir trabajo o a agradecer el que tiene, pero la verdad que este año se está viendo mucho a los que vienen a pedir porque no tienen laburo. Y yo lo siento acá, con las ventas", comenta.

Para el hombre "este es probablemente el peor año que recuerde". Según su percepción y comparación con agostos anteriores, el día previo al 7 suele haber más gente. "Pero pensá: para venir tenés que contar con el manguito para pagar el colectivo o el tren y además, si te quedás, tenés que gastar en la comida. Es un platal, no se puede", comenta.

La hermana Sandra junto a un fiel en Liniers
La hermana Sandra junto a un fiel en Liniers

La hermana Sandra, de 48 años, recorre la fila que espera por ver al Santo. Lleva una carpeta y anota lo que habla con los fieles. "Recojo intenciones", cuenta. Según explica, las intenciones son los deseos de los feligreses ante San Cayetano.

"Se ve un clima de oración, no hay bochinche. Está esperando el momento de abrir las puertas. No hay angustia pero hay signos de esperanza porque a pesar de cómo estamos en el país la gente tiene optimismo y piden por el pueblo", reflexiona esta monja, en su primera experiencia en Liniers.

Días atrás, Monseñor Carlos Tissera, obispo de Quilmes y titular de Caritas Argentina advirtió sobre la situación que se vive en los barrios pobres. "Hay historias muy tristes de niños que no tienen la comida necesaria para ir a la escuela. Están desnutridos, se desmayan", y remarcó que "hay programas del gobierno que se mantienen, pero son insuficientes. No dan nuevos cupos. Se desactualizó el dinero que nos da el Estado".

Miño y Ramírez (en el centro) junto a amigos (Fotos Nicolás Stulberg)
Miño y Ramírez (en el centro) junto a amigos (Fotos Nicolás Stulberg)

En ese contexto, los miles de fieles colmarán hoy el barrio de Liniers impulsados por la fuerza de la fe. Esa fuerza es la que tiene el matrimonio de María Elena Miño (ex obrera y ama de casa, de 67 años) y Ramón Ruben Ramírez (ex chofer de camión, playero de estación de servicio, obrero de una fábrica), que hace "44 años sin parar" que vienen hasta San Cayetano "y 12 años que hacemos la vigilia".

"Vinimos a agradecer y a pedir por la salud de la familia y del país. Tenemos cuatro hijos, todos grandes y casados. Y todos tienen trabajo gracias a Dios.
Cada año es una emoción distinta, siempre es especial venir. Y más este año, con todas las necesidades que hay a nuestro alrededor", dijo María Elena, atenta al mate azucarado que reparte entre los hombres y mujeres que la rodean en la fila.