La casa de la familia Campos, uno de los puntos de San Martín de los Andes sobre el que circula todo tipo de leyendas
La casa de la familia Campos, uno de los puntos de San Martín de los Andes sobre el que circula todo tipo de leyendas

Estoy a punto de tomar un helado, en San Martín de los Andes. El timbal de dulce de leche es casi irresistible. Pero al final me decido por la cheesecake con berries de la Patagonia. En una esquina céntrica de la avenida San Martín, una nueva heladería es un punto de atracción de la ciudad. Pese a los siete grados y la llovizna fría de este fin de mayo, la gente hace fila para comprar un cucurucho.

A pocos metros, un gimnasio luminoso deja ver – desde la calle- que las seis cintas están ocupadas. Seguramente habrá gente anotada en la lista, me imagino, mientras saboreo mi helado sin culpas. Abrigado, con bufanda y gorro de lana, camino unas cuadras hacia el lago por Roca -la calle paralela- y compruebo lo que ya había observado: no hay locales vacíos. A diferencia de Buenos Aires, no veo carteles de alquiler. Y algunos negocios tradicionales, que conocí años atrás, se han ampliado y renovado.

Pienso que se trata del "efecto Chapelco", es decir, de la consecuencia en el turismo que provocan los deportes invernales. Pero descubro que no es así.

-Aquí hay un crecimiento genuino, porque aumenta la población estable- me dice Mario Leyva, un NyC (nacido y crecido), que es guía de pesca.

San Martín de los Andes, una de las localidades más pujantes de la Patagonia
San Martín de los Andes, una de las localidades más pujantes de la Patagonia

Seguramente es cierto, porque la urbanización cada vez se extiende más, desde el Lago Lácar en dirección hacia el Aeropuerto. Y es mucha más la gente que se ve por la calle. En este sentido coincide Luis Campos, técnico mecánico que llegó a San Martín de los Andes en 1950:

– Antes yo salía a la calle y me saludaba con todo el mundo. ¡Ahora no conozco a nadie!

Quienes lo cruzan sin saludarlo sin duda desconocen que Luis pertenece a una familia célebre de la ciudad. Su hermano fue Carlos Campos, el piloto con cuyo nombre fue bautizado el Aeropuerto Internacional de San Martín de los Andes, como homenaje a sus múltiples acciones solidarias. Fue justamente en un salvataje, en Bariloche, que perdió la vida.

Sin embargo, la relación de la familia Campos y la ciudad se debe especialmente al padre de Carlos y del heroico aviador.

Se llamaba Homero Campos y había sido funcionario contable en la Dirección General Impositiva en Bellavista. Optó por vivir en San Martín de los Andes, donde -entre otras cosas- fundó la primera escuela secundaria. Tuvo una doble afición, aparentemente antagónica: por la astronomía y al mismo tiempo por la astrología. Esta última actividad lo relacionó tempranamente con el entonces casi desconocido Horangel, de quien fue muy amigo.

Pero fue la astronomía la que provocó la sorpresa de la entonces incipiente población sanmartinenense, porque Don Homero puso un telescopio en la cúpula de una enorme casa que él mismo diseñó. Estaba ubicada en la esquina de la avenida Koessler y Pelletieri, por entonces un lugar casi deshabitado. Aún hoy está en pie y su aspecto sigue llamando la atención por la caprichosa superposición de los planos de su construcción.

La escalera del “castillo”, una de las casas más célebres de San Martín de los Andes
La escalera del “castillo”, una de las casas más célebres de San Martín de los Andes

Muy pronto la esquina fue conocida como "el castillo" y no pasó demasiado tiempo hasta que la denominación ganó un inquietante agregado: "el castillo de los fantasmas".

La escalofriante designación fue repetida durante años y algunos episodios contemporáneos alimentaron su vigencia. Hace pocos meses, en el local de venta de telas que funciona en la planta alta de esa esquina, se escucharon ruidos extraños. Era de noche y el horario de trabajo ya había concluido. Pero los ruidos fueron continuados, repetidos. Al día siguiente, cuando los empleados revisaron los vídeos de la cámara de seguridad, vieron que algunas bobinas de tela se habían desplazado, como si se movieran solas de un costado a otro del salón.

Al menos, eso fue lo que se comentó en la ciudad. Para Luis Campos, la sugerente historia tiene otra explicación:

-La gente dice cosas sin sentido, se repiten versiones caprichosas. La verdad es muy distinta. Mi casa era enorme, tenía muchas habitaciones. Una vez mi papá nos dijo que había un sector de la casa al que no debíamos ir. Estaba prohibido. Éramos chicos y obedecimos sin preguntar. Se trataba de unos cuartos cercanos a la cúpula, a la que se llegaba por una escalerita que desembocaba en una pequeña puerta…

La puerta que daba a la habitación de la cúpula
La puerta que daba a la habitación de la cúpula

El relato de Luis nos ubica con todo detalle:

– Era en 1957, en el mes de abril. Poco antes, el 18 de marzo, seis dirigentes peronistas detenidos se habían escapado de la Unidad 15 del penal de Río Gallegos. Eran Héctor J. Cámpora, Jorge Antonio, José Espejo, Pedro Gómiz, Guillermo Patricio Kelly y John William Cooke.

El motivo por el cual los chicos no podían pisar cierto sector de la casa no tenía nada que ver con los fantasmas, sino con una razón de altísimo voltaje político:

-Mi papá había escondido en casa a Patricio Kelly y a Cooke…

En el más absoluto secreto, sin que se filtrara la más mínima señal, ambos estuvieron allí varias semanas.

-En ese momento nosotros no lo supimos directamente, pero un día mi hermano se encontró en un pasillo con un hombre grandote que no conocíamos. Era Cooke.

Los vecinos siempre ignoraron todo. Creyeron que en ese sector de la casa -cerrado, silencioso- había fantasmas.

John William Cooke
John William Cooke

Si los hay, los registra sólo la creencia popular, pero no las estadísticas oficiales. Según ellas, la población de la provincia de Neuquén crece permanentemente. Tan así es que los 637.913 habitantes que registró el censo de 2015 hoy parecen largamente superados.

Algunos funcionarios – entusiasmados por proyectos como Vaca Muerta y Anillo Norte, entre otros- vaticinan que el próximo recuento rozará el millón de personas. San Martín de los Andes acompaña ese crecimiento y extraoficialmente se afirma que hoy tiene 40.000 vecinos.

En un local de telas vecino algunos aseguran haber escuchado “ruidos extraños”
En un local de telas vecino algunos aseguran haber escuchado “ruidos extraños”

Un índice que ayuda a medir el desarrollo poblacional de San Martín de los Andes es la oferta educacional en el nivel terciario que hoy ofrece la ciudad. La Universidad Nacional del Comahue, en su sede local, dicta tres carreras presenciales: Técnico Forestal, Guía de Turismo y Enfermería. A su vez, el Instituto de Formación Docente de Neuquén tiene tres profesorados en la ciudad: Lengua y Literatura, Ciencias Biológicas y Maestro Primario. Hay que agregar las carreras que dicta la Escuela de Música, que depende del Consejo Provincial de Educación. Todo esto permite que muchos jóvenes de edad universitaria permanezcan en San Martín de los Andes, sin necesidad de emigrar a la ciudad capital de la provincia, a Bariloche o a Bahía Blanca.

Simultáneamente hay siete universidades que ofrecen cursos a distancia: Belgrano, Di Tella, Católica de Salta, Tres de Febrero, Tecnológica, Blas Pascal y Avellaneda.

En estos casos, se advierte con frecuencia que la matrícula está compuesta no sólo por jóvenes sino también por adultos mayores, que procuran completar su formación universitaria.

En una ciudad con este perfil educativo, la actividad artística es intensa. Músicos, pintores, escritores y escultores disfrutan de un entorno natural incomparable para expresarse.

Un caso notable es el de Iván Moricz Karl, el pintor húngaro que desde hace muchos años vive en "El Boquete", un apartado lugar de la costa del Lago Lolog, en el Parque Nacional Lanín. Allí, en una cabaña a la que solamente se accede por agua, se dedica a pintar la fauna y la flora del lugar. Iván es heredero directo de la técnica del pincel de dos pelos de punta seca que le enseñó su maestro Axel Amuchástegui y a los 74 años está considerado como uno de los mejores del mundo en su especialidad. Lo mismo sucede con Manuel Cuffonni, un joven ebanista y escultor de 37 años. Trabaja en madera y define su estilo como "impresionismo escultórico":

-Voy por Aluminé, Meliquina. Recorro los bosques, camino las orillas de los lagos y de los ríos buscando piezas naturales, ramas, pedazos de troncos, que muchas veces son astillas. Cuando las encuentro todo se detiene a mi alrededor y comienza un diálogo entre la madera y mi espíritu interior. Escucho lo que la naturaleza me propone, me insinúa.

Un pájaro pintado por Iván Moricz Karl
Un pájaro pintado por Iván Moricz Karl

San Martín de los Andes tiene también la Orquesta Escuela de los Andes, una maravillosa creación que hoy depende de la Municipalidad y que formó parte de un programa nacional. Son 180 chicos que se vinculan con la música y con la interpretación de todos los instrumentos, en una actividad gratuita que conducen los profesores Mariela Lobato y Eduardo Reyes.

Rejuvenecida, en pleno desarrollo, con alto vuelo cultural, San Martín de los Andes tiene otra característica distintiva: sus fantasmas. Al menos, eso es lo que me han contado. Cuando aparece el tema, las voces se multiplican y las referencias se suceden.

En el Aeropuerto todo el mundo sabe que de noche hay ruidos raros y movimientos extraños. Algunos empleados de seguridad renunciaron por eso…- me dicen.

-Pregunte en la Municipalidad. Hay oficinas en las que los cajones de los escritorios se abren y se cierran solos- afirman otros.

Daniel Aguirre, un titiritero muy conocido en San Martín de los Andes, informa con toda naturalidad:

-En el Teatro San José había un piano. Y el fantasma lo tocaba casi todos los días.

El hotel Lácar, uno de los puntos clave de la ciudad
El hotel Lácar, uno de los puntos clave de la ciudad

Hay otra historia, mucho más inquietante. Tiene que ver con Enriqueta Díaz, una joven enfermera del hospital que fue asesinada en septiembre de 1987, es decir hace 32 años. Había salido de su casa, llevando su cartera. Su cuerpo fue hallado a orillas del arroyo Pocahullo, cerca del puente de la calle Rivadavia, a un costado del club Lácar, pero la cartera jamás apareció.

Ese crimen, sobre el que se tejieron diversas hipótesis -el tráfico de órganos, por ejemplo- todavía está impune.

Mariela, una joven profesional que vive en la zona, relata con absoluta serenidad:

-La he visto a Enriqueta varias veces, parada en la puente y a veces sentada en la pasarela. Siempre lleva su cartera.

El cronista escucha. Anota. Y recuerda que sobre el aeropuerto alguna vez le dijeron que fue construido sobre lo que había sido un camposanto, lo cual explicaría -al menos, de acuerdo a determinadas creencias- que se sucedan aquellos fenómenos.

El hotel Lácar, hoy restaurante Doña Quela
El hotel Lácar, hoy restaurante Doña Quela

Pero los casos se multiplican.

Los lugareños recuerdan el incendio de la hostería El Peñón, en noviembre de 1997, cerca del cerro Curruhuinca. El cuidador, Jaime Erize, primero rescató a su mujer y luego trató de hacer lo mismo con su hijo, ignorando que el pequeño ya estaba a salvo. En el heroico intento, el infortunado hombre perdió la vida.

Con el tiempo, en ese lugar y en lo que había sido el lobby de la hostería se instaló una cafetería llamada Downtown Matías. La zona de las habitaciones había sido cerrada, sólo quedó habilitado el baño y se colocaron varias mesas al lado de la pileta.

Una mañana, cuando recién habían abierto, una de las camareras vio a una señora sentada allí y le dijo a una compañera:

-Che, ¿atendiste a la señora que está sentada afuera, al lado de la pileta?

La respuesta la dejó helada:

-Recién abrimos, todavía no entró nadie. Cuando fueron a ver, la señora ya no estaba. Meseras que trabajaron en ese lugar recuerdan que
desde ese día ninguna de ellas quiso ir sola al baño.

Pero el relato más directo es el que hace Hugo, dueño del restaurante Doña Quela, de la avenida San Martín y Elordi, donde antes estuvo el célebre Hotel Lácar, uno de los primeros establecimientos de San Martín de los Andes. La esquina ha sido declarada monumento histórico de la ciudad y solamente se hicieron modificaciones funcionales que no alteraron la fisonomía del lugar.

-Aquí está Filomena, el fantasma.

Hugo, en uno de los pasillos
Hugo, en uno de los pasillos

Hugo no vacila en hacer la afirmación. Y con naturalidad despliega una serie de referencias:

-En realidad, le pusimos Filomena de nombre pero no sabemos si es una mujer. Es un ser, que se manifiesta de muchas maneras y desde hace muchos años. Muy especialmente con los chicos. Con mi hijo y con mi sobrino lo hizo muchas veces. La primera fue hace un par de años, un 31 de diciembre… Los chicos andaban por el fondo y los llamamos para que vinieran a la mesa, donde estábamos todos reunidos… Y como no querían venir, los fuimos a buscar. "Estamos hablando con un amiguito", nos dijeron. Y no había nadie. Otra vez, mi hijo, que tiene siete años, me contó que el amiguito estaba debajo de su silla y jugaba con él.

Por supuesto, el lector puede objetar estas referencias de muchas maneras. Pero Hugo no sólo ofrece el testimonio infantil:

-Una noche, cuando ya habíamos terminado y estábamos cerrando, le dije a Sergio, el camarero, que podíamos ir al casino, acá a la vuelta. Cada uno subió a ducharse a su habitación, yo me vestí y lo esperé. Como tardaba, le toqué la puerta. No abría. Entré y estaba blanco como el papel, parado contra la puerta del baño. Le pregunté qué le pasaba y me dijo: "Me tiré a descansar un rato y me empezó a golpear la cama desde abajo.

Muchos clientes actuales del restaurante comparten la certeza de que alguien más está allí:

-Mirá, te puedo contar un montón de casos. Una vez un señor me llamó y me dijo: "¿Vos sabés que aquí hay un fantasma, no?". El tipo era un psíquico, medio vidente. Y me explicó: "Pero quedate muy tranquilo, porque a vos te quiere".

Esta información no alcanzó para evitar que una noche Hugo se asustase:

-Después de cerrar, me quedé haciendo los números. Yo estaba solo. Fui al fondo a buscar una planilla y volví. Entonces escuché un ruido en el pasillo, como que crujía el piso. La puerta que da para atrás tenía un poco de juego y pensé que la había cerrado mal. Volví y efectivamente, estaba abierta. La cerré otra vez, con fuerza. Quedó trabada. Al llegar al escritorio, otra vez escucho el ruido del piso. Fui para atrás, ¡y la puerta estaba abierta! La cerré más fuerte y la trabé. Al volver adelante, ¡otra vez el ruido! Cinco veces pasó lo mismo… Y al final, cuando volví a cerrarla, la puerta batiente, que tiene el brazo con resorte, ¡se abrió para afuera y golpeó en la pared! Ahí dejé todo como estaba y me fui.

El caso del Hotel Lácar y de Filomena es un clásico de la ciudad. Pero lo curioso es que los relatos no tienen morbo ni dramatismo. El propio Hugo, que es cocinero, toma con naturalidad que muchas veces -cuando está preparando la comida- con el rabillo del ojo advierte un reflejo luminoso que está a sus espaldas, como observando la preparación de los platos.

-Acá es algo natural, todo el personal lo sabe, las meseras, los cocineros. Y como te digo, hay clientes que vienen desde hace años y lo toman con simpatía. Incluso una señora que me pidió sacar una foto del tilo que está en el fondo, al ver la imagen encontró que entre las hojas se veía un rostro.

¿Sería el rostro de Filomena? Quizás alguna vez podamos conseguir esa foto.

Mario Jakszyn y Melissa Sansotta de FM Fun 101,1
Mario Jakszyn y Melissa Sansotta de FM Fun 101,1

Pero mientras tanto, es evidente que los fantasmas de San Martín de los Andes son pacíficos y amigables. Parecen ser custodios del crecimiento de una ciudad que está conectada día a día a la actualidad, especialmente a través de la radio.

Lo comprobé cuando estuve de visita en uno de los programas más escuchados, el de Mario Jakszyn y Melissa Sansotta en FM Fun 101,1. Allí hablamos de muchos temas. Y también, cómo no, de las historias de los fantasmas pueblerinos:

– ¡Lo del Peñón, en Downtown Matías, es muy sabido aquí! La mujer se aparecía en el baño, la veían por la ventana y cuando iban a buscarla… no había nadie- ratifica Mario.

El entusiasmo -y alguna pista más- me llevan hasta la flamante sede de Parques Nacionales, en la esquina de Perito Moreno y Elordi. Allí me encuentro con Lidia Mora, una escritora y profesora muy querida en San Martín de los Andes.

Lidia Mora, una escritora muy querida de San Martín de los Andes
Lidia Mora, una escritora muy querida de San Martín de los Andes

Con ella recorro el espléndido edificio y en una de las nuevas oficinas, junto a la fotocopiadora, me dice:

-Aquí hay un fantasma.

Trato de sobreactuar un gesto de sorpresa, pero no es necesario porque el relato de la cordial Lidia fluye naturalmente:

-Aparece con frecuencia, mucha gente lo ha visto. Una vez yo estaba en esta oficina, sacando una fotocopia junto a una compañera, las dos solas. Y cuando le voy a dar el papel veo que está sobresaltada, con los ojos muy abiertos. ¿Qué te pasa, le pregunté? Y me dijo: "Hay alguien detrás tuyo".

-Lidia, ¿y ustedes qué hicieron?

– Nada. Mi amiga me dijo que ese ser era muy luminoso. Y que tenía una actitud protectora conmigo. Después me dí cuenta del porqué: estoy segura de que ese fantasma es mi propio abuelo. Era el sereno de este mismo predio, hace muchísimos años. Por la descripción que han hecho quienes lo vieron, se trata de él, tiene su mismo aspecto.

Cuando nos despedimos, Lidia me regaló la última frase de la crónica:

-Mi abuelo se llamaba Anselmo Medina y sé que ahora está aquí para cuidarme.

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