Gabriel tenía 11 años cuando su papá lo llevó, por primera vez, a la cancha de Boca. Pasaron más de tres décadas pero todavía revive ese día con fascinación. No se acuerda del resultado del partido, ni siquiera está seguro de quién era el rival. Lo que recuerda es que sus padres habían tenido una separación complicada, y que fue en la Bombonera que él y su papá volvieron a conectar. Ahí, rodeados de gente pero solos, un gol sirvió de excusa para volver a abrazarse.

Agustín, su abuelo, le había contado las primeras historias, le había relatado jugadas épicas, le había hablado del ritual de la pizza de cancha. Eran anécdotas de la década del 60, que pronto incluyeron al pequeño Eduardo, el papá de Gabriel.

"Yo quería vivir todo eso que me contaba mi abuelo. Y esa primera vez que fui a la cancha con mi viejo me marcó a fuego. Sentí: 'Este es mi lugar, acá voy a ser feliz siempre'", cuenta Gabriel Martín (43) a Infobae. "La situación familiar era compleja, por eso no habíamos estado demasiado cerca. Pero en la cancha vos estás tan feliz que las barreras se caen: te abrazás con el de al lado y al lado estaba él".

Gabriel -que trabaja en el área de sistemas de una empresa- creció, se mudó a La Boca, tuvo dos hijos varones y sostuvo con ellos el mismo ritual que lo había mantenido unido a su padre. Se le quiebra la voz, del otro lado del teléfono, cuando cuenta una anécdota reciente junto a Pedro, su hijo de 14 años.

Una noche durante la Copa, padre e hijo juntos en la cancha
Una noche durante la Copa, padre e hijo juntos en la cancha

Fue durante un Boca-River, cuando quedaron atrapados en una marea de gente y mientras la policía tiraba gases y palazos. "Le pregunté: '¿Te la bancás?', y me contestó 'sí'. Lo abracé, aguantamos juntos y pudimos entrar. Ahora, cada vez que vamos a la cancha nos decimos: 'En las buenas y en las malas, eh'. Es el mismo sentimiento de conexión que yo tuve con mi papá y con mi abuelo".

La enfermedad
Fue un viernes de octubre de 2017. Gabriel se estaba preparando para un fin de semana de descanso, cuando su teléfono sonó. Alguien, desde el Hospital de Ituzaingó, le decía que su papá había tenido un ataque cardíaco y estaba internado.

Eduardo Martín, su papá, tenía 70 años. Había sido gerente de sistemas toda la vida y, aunque acababa de jubilarse, seguía trabajando. "Iba en su motito a hacer laburos de electricidad. Llevaba una mochila con herramientas de acero que pesaban un montón de kilos. Le decíamos que parara pero él no quería dejar de trabajar".

Le hicieron un cateterismo, pasó 15 días internado "y el médico me dijo: 'El 70% del corazón ya no funciona'. Que se olvide de un asado y de volver a fumar. Cuando le dieron el alta, quiso seguir trabajando pero después se dio cuenta de que ya no podía".

En febrero de 2018 –cuatro meses después del ataque al corazón- le detectaron cáncer de próstata con metástasis. Además, encontraron un daño importante en el hígado. Ya estaba débil cuando empezó la quimioterapia: "Y cada vez se sentía más débil, más caído. Fue en ese momento, cuando él ya se veía mal, que me dijo: 'No sabés lo que lamento no poder ir a la cancha a ver a Boca al menos una vez más'".

Cada vez que Gabriel iba a visitarlo, su papá le preguntaba lo mismo: "'¿Cómo va Boca?'. Era lo único que lo ponía contento". A medida que fue pasando el año, el deterioro fue mayor. Y en octubre de 2018 estuvo un mes internado con una infección grave. "Cuando lo estaban tratando, se agarró una infección intrahospitalaria que lo tiró todavía más. Estuvo tan mal que se me acercó la médica y me preguntó: 'Si deja de respirar, ¿qué hacemos?'".

Eduardo daba señales contradictorias: por un lado decía "no quiero más", "no me curen más", "me tienen harto", "me quiero morir", pero por otro "me pedía que le diera de comer para estar fuerte o que lo ayudara a sentarse así podía volver a pararse".

Los integrantes del programa de radio "Cadena Xeneixe", amigos de Gabriel, le mandaban mensajes durante el programa: "Fuerza, Eduardo, que estés bien". Además, le enviaron una camiseta firmada por los jugadores.

"Se la llevé un día que estaba muy mal, en terapia intensiva. Tenía fiebre todo el día, no daban en la tecla con la medicación. No sabés cómo se puso a llorar cuando vio la camiseta. Me decía: 'Les agradezco con el alma'".

Con la camiseta firmada por los jugadores
Con la camiseta firmada por los jugadores

No hubo ambulancia disponible cuando le dieron el alta. Gabriel, entonces, llamó a "un amigo de la cancha", consiguieron una silla de oficina con rueditas y lograron entrarlo a casa. Lo que siguió fue una internación domiciliaria, porque Eduardo "no tenía fuerza ni para pararse. Así que bueno…el sueño de volver a ir a la cancha estaba cada vez más lejos", cuenta.

El 15 de enero, el teléfono de Gabriel volvió a sonar. Su papá había tenido otro ataque cardíaco, lo habían llevado al hospital de Ciudad Evita y le habían hecho otro cateterismo. Por la suma de todo, Eduardo había tenido que suspender la quimioterapia.

En ese panorama negro y espeso, Gabriel vio una ventana. "Como había dejado la quimio, se sentía un poco mejor", explica. Esa leve mejoría vio el último sábado, unas horas antes de que arrancara el partido entre Boca y San Lorenzo.

"Llamé a un amigo de la cancha y le conté la situación. Mi idea era tratar de conseguir una entrada para discapacitados pero había que hacer un trámite y no había tiempo". Ese amigo le dijo "yo te doy la mía". Llamó a otro amigo, que le dijo "yo también te doy la mía". "Mirá lo que son las casualidades porque son plateas numeradas pero estaban una al lado de la otra".

No supieron, hasta último momento, si Eduardo iba a poder. Fue un camino de postas: la valla policial estaba a 3 cuadras de la cancha y Eduardo caminó, con la bolsa de la colostomía a cuestas, hasta la entrada del estadio. "Daba unos pasos y se agotaba. Paraba a respirar y seguía. Pero tenía tantas ganas, tanta emoción que llegó".

Pareció una función a medida para el agasajado: Boca le ganó a San Lorenzo 3 a 0. Gabriel sacó una foto de ese momento y la puso en su cuenta de Twitter. Él no está en la foto -está su papá y está León, su hijo de 17 años-, pero en su ausencia está el eslabón entre las dos generaciones.

El tuit ya tiene 63.000 likes, fue compartido más de 6.000 veces y tiene cientos de comentarios. Gabriel se sorprendió con algunos: "Uno me decía: 'Soy cuervo, lo único bueno que pasó ayer es esto. Si tu viejo estuvo feliz por un rato, valió la pena".

"Mi viejo todavía tiene algo de fe de que se va a salvar, aunque ya está flaqueando. No puedo decir que para él fue una despedida pero sí que se preparó para un cierre, cumplió el deseo que tenía pendiente. Es como la carta que dejan los soldados cuando se van a la guerra: ellos creen que van a volver pero por las dudas escriben su despedida".

Ayer, en la cancha
Ayer, en la cancha

Volvieron los tres en el auto y Gabriel vio que la expresión de su papá había cambiado. "Uno, cuando tiene un padre enfermo, quiere ayudar a que esté mejor, pero a veces no sabe cómo. El sábado volví a verlo feliz por un rato, y eso me dio tranquilidad. Haberlo visto así, tan contento y en paz, es …no sé cómo explicarlo. Es como cuando sos papá y ves jugar a tu hijo. Sentí que había podido devolverle algo: aquella vez, yo era un nene y él me llevó a la cancha para cumplir mi sueño. Ahora lo llevé yo a cumplir el suyo".